
David Brooks
▲ Donald Trump acusó a México hace unos días de aprovecharse de Estados Unidos durante décadas; el mismo guion con que arrancó su campaña presidencial y que al parecer le reditúa para sus fines político-electorales. En la imagen, el mandatario con su esposa, Melania, ayer al abordar el Air Force One para viajar a Londres.Foto Afp
Trump, líder del partido cuyo símbolo es un elefante, acusa a México de aprovecharse de Estados Unidos durante décadas, de permitir una invasión de personas y drogas y que no hay nada de que hablar con sus contrapartes mexicanas hasta que cumplan sus órdenes.
O sea, el mismo guion con que arrancó su campaña presidencial y que aparentemente funciona para sus fines político electorales internos. Esto no tienen nada que ver con los hechos, los datos y los argumentos sobre una de las relaciones bilaterales más complejas en el mundo.
Una invitación al diálogo para resolver el actual conflicto binacional tiene un problema de inicio: no hay problema más que el provocado por Trump a través de su fabricada emergencia nacional en la frontera. O sea, ¿qué se está negociando, si no existe el problema?
¿Qué es lo que quiere Trump? Primero, nutrir la histeria de sus bases con fines electorales; segundo, desviar la atención de las investigaciones sobre su corrupción, sus engaños y encubrimiento y, tercero, según su propio jefe de gabinete, que México sea su migra, que incluye aceptar el acuerdo de ser un tercer país seguro.
Ceder ante esto sólo llevará a nuevas exigencias de más concesiones al ritmo de lo que la Casa Blanca necesite para sus fines electorales, y el tema de la migración, queda claro, está y estará al centro de la campaña de relección de Trump. O sea, todo indica que el uso de la crisis inventada con México empeorará.
La historia, la literatura y la filosofía universales ofrecen ejemplos de que ceder ante un bully, y peor aún, un bully imperial, abre la puerta a más y más de lo mismo, un cuento de no acabar.
¿Y qué tal si ya no se coopera con esta Casa Blanca? Esa ha sido palabra sagrada en la relación bilateral. Pero él es quien no está cooperando y por lo tanto, tal vez es tiempo de ignorarlo. ¡Uy no!, se escucha el coro de expertos de ambos lados de la frontera. Pero qué tal si se le presenta una serie de demandas que él tiene que cumplir para comprobar que él está cooperando, afirmar que México y otros países se comprometen a cumplir con sus obligaciones según el derecho internacional, bajo los acuerdos y los tratados que imperan desde el ámbito de derechos humanos hasta los derechos del capital y su comercio, y que se espera lo mismo de Trump. Le corresponde a los estadunidenses aceptar o no el comportamiento de su presidente, incluyendo las consecuencias económicas de sus amenazas para su propio país (economistas, empresarios y políticos de ambos partidos advierten de que el uso de los aranceles contra México podrían detonar una recesión en Estados Unidos).
No sería dejar de cooperar con Estados Unidos, con sus empresas, gobernadores, alcaldes, legisladores respetuosos y diversos sectores de esta sociedad. Sólo no con el insultador en jefe.
Pero, responde el coro muy experto, eso llevará a cosas peores. Ofender al pueblo mexicano (y otros), perseguir con violencia a los migrantes, generar odio peligroso, enjaular a niños y familias, violar los derechos humanos y civiles de ellos y sus defensores, y hasta amenazar con fuerza militar en la frontera. ¿Algo peor?
Una de las voces más influyentes entre las filas y apologistas de Trump, el locutor Tucker Carlson, de Fox News, acaba de declarar que México es un poder extranjero hostil ante el cual Estados Unidos tiene que defenderse. Varios asesores de la Casa Blanca están de acuerdo. ¿Estamos en guerra?
¿O será que el autoproclamado genio extremadamente estable sólo necesita un poco de simpatía y que alguien lo agarre de la manita para decirle que no se asuste tanto, que ya nos portaremos mejor (bueno, tantito)? El líder del país más poderoso de la historia insiste en que otros países se han aprovechado de su país, y que niños y sus padres huyendo de la pobreza y la violencia son tal amenaza que han tenido que declarar una emergencia nacional. Pobrecito, tanto miedo.
La cooperación y la diplomacia es una danza, pero es imposible bailar con los elefantes (por lo menos, éste). Ante la locura, no funciona la racionalidad. Es hora de nombrarlo persona non grata y dejar de invitarlo al baile.
Trump: portazo al diálogo
En una nueva embestida contra México, el presidente estadunidense, Donald Trump, reforzó ayer el ultimátum que lanzó el pasado jueves al anunciar que su gobierno impondrá este mismo mes un arancel generalizado de 5 por ciento a todas las exportaciones mexicanas, en caso de que que el país no detenga el tránsito de migrantes centroamericanos que buscan llegar, a través de nuestro territorio, a la frontera norte.
En momentos en que se encuentra en Washington una delegación de primer nivel, encabezada por el canciller Marcelo Ebrard, con el propósito de buscar vías de solución al diferendo creado por la propia Casa Blanca, el magnate republicano difundió un tuit en el que afirma: “México está enviando una gran delegación para platicar sobre la frontera. El problema es que ellos han estado ‘hablando’ durante 25 años. Queremos acción, no platicar”; y agregó que los mexicanos podrían resolver la crisis fronteriza en un día si lo desearan.
El grosero mensaje no es una mera expresión de la personalidad sulfúrica del mandatario, sino también una calculada vuelta de tuerca para llevar la tensión bilateral al límite, en la modalidad característica del estilo trumpiano de negociar. Lo grave es que el propio jefe de Estado queda cada vez más atrapado en sus palabras –formuladas, en buena medida, para consumo de sus bases electorales más atrasadas, chovinistas y agresivas– y no parece fácil que pueda evitar la imposición de aranceles con la que él mismo amenazó.
Sin embargo, este ensayo de extorsión injerencista, que tendría consecuencias sumamente negativas para la economía mexicana, ha encendido las alarmas en sectores empresariales estadunidenses que perciben el peligro inminente de una hostilidad comercial que les resultaría sumamente adversa: México exporta a su vecino del norte productos por 307 mil millones de dólares, pero Estados Unidos recibe 181 mil millones de dólares de sus exportaciones a México; si bien es cierto que existe un elevado superávit a nuestro favor, ello no le resta letalidad a las respuestas que las autoridades mexicanas deberían adoptar ante la escalada proteccionista que impulsa la Casa Blanca. Significativamente, por lo pronto, la amenaza del jueves pasado se tradujo al día siguiente en una caída generalizada de los indicadores bursátiles en ambos países.
Es difícil calcular hasta dónde llegará Trump en su afán por tensar la cuerda, pero es claro que el gobierno mexicano tiene ante sí la necesidad de elaborar una estrategia de respuesta a partir de cuatro ejes: en lo inmediato, insistir en el diálogo y la negociación como la vía correcta para resolver el diferendo, sin caer en las provocaciones del presidente republicano; responder puntualmente a las agresiones comerciales estadunidenses con medidas recíprocas y proporcionales; no ceder al chantaje trumpista ni permitir que Washington dicte las políticas mexicanas migratoria y de seguridad pública y, por último, impulsar y operar, con toda la urgencia que el caso amerita, una diversificación de las relaciones comerciales, industriales y tecnológicas, de manera especial hacia América Latina, Europa y Asia.
El país vive una situación sumamente difícil y parece inevitable que los disparates de Trump tengan efectos negativos en nuestra economía; pero la combinación del trabajo diplomático, las gestiones comerciales multilaterales y la firmeza en la defensa de la soberanía, en un entorno de necesaria unidad nacional, pueden lograr que la crisis resulte transitable y, a la larga, se traduzca en una economía robustecida y una soberanía reafirmada.