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lunes, 12 de agosto de 2024

Sacudida bursátil.

León Bendesky
Cuenta la anécdota que cuando un ansioso joven inversionista preguntó al famoso banquero J. P. Morgan cuál era su pronóstico del movimiento del mercado financiero, Morgan lo miró de lado, se frotó el bigote con la mano y respondió: Va a fluctuar, joven amigo. Va a fluctuar. Esta es una apreciación exacta, la más cercana a una opinión técnica. Nadie puede predecir y mucho menos atinar el momento en que las diversas tendencias que confluyen en las decisiones que se toman en los mercados provocarán una caída de la magnitud de la ocurrida el pasado lunes 5 de agosto, con las consiguientes dislocaciones en los flujos de dinero y de capitales y en la valuación de las inversiones.
Una vez que los operadores del mercado deciden vender ante la expectativa de una caída, esas decisiones se replican en un afán de salir antes de que se agranden las pérdidas; esto se conoce como efecto de manada, o bien como la consecuencia de los espíritus animales, según la célebre frase acuñada por Keynes. Una vez pasada la caída se despliegan las explicaciones de los analistas y los expertos financieros, en las que parece haber una lógica interna del porqué de la crisis, lógica esta que se manifiesta a toro pasado, como si todas las piezas del análisis se acomodaran igual que en un rompecabezas, y así se ofrece un relato para dar cuenta de lo ocurrido.
En esta ocasión el relato de las condiciones que habrían propiciado la caída de las bolsas de valores incluye las señales emitidas por la bolsa de Tokio, cuyo índice, el Nikkei, se desplomó 12.4 por ciento, el segundo mayor retroceso en casi cuatro décadas. Esto ocurrió cuando el Banco de Japón subió las tasas de interés y modificó las expectativas del comportamiento de esa economía, que es una de las más endeudadas del mundo; además, propició la apreciación del yen con las repercusiones esperables sobre el sector exportador. Del otro lado del Pacífico, en Estados Unidos, se anunciaba que la tasa de desempleo había subido a 4.3 por ciento en julio y, con ello, se sumaban cuatro trimestres consecutivos de contracción de las contrataciones. Esto alentaba el temor de que el mercado de trabajo se estaría deteriorando y empujando la economía a una posible recesión. Así, la atención se centra en la Reserva Federal y las decisiones que la junta de gobernadores tome respecto a las tasas de interés.
Esta serie de movimientos que precipitaron las caídas de las bolsas ha puesto en entredicho las premisas que se habían asentado con respecto a la estabilidad financiera, en un entorno de alta inflación y elevadas tasas de interés que se había estado haciendo menos apretado. Ese escenario de estabilidad con menor riesgo de contracción del nivel de la producción, al que se denominó aterrizaje suave, era el sustento de la confianza de los inversionistas y fue este ambiente el que se puso en duda con la caída de los mercados.
Había en el entorno otras cuestiones que indicaban que la situación financiera cojeaba. En los días previos a la caída las empresas relevantes habían presentado sus resultados del primer semestre y, a pesar de que se les consideraba buenos, rondaba la idea de que en la segunda parte del año lo serían bastante menos. Esto tiene que ver, por ejemplo, con la gestión de los inventarios, especialmente después de los problemas que hubo en las cadenas de suministro, y eso hacía prever que en adelante habría menos pedidos.
Las posturas de venta en las bolsas afectaron a 95 por ciento de las acciones que comprende el índice S&P 500; las de grandes empresas tecnológicas, que habían movido la mayor parte de la subida en los meses anteriores, estuvieron entre las de peor desempeño; esto ocurrió en una entorno en que la actividad especulativa había promovido la demanda y sobrevalorado el precio de las acciones. En la caída del lunes 5 de agosto éstas perdieron entre 3 y 6 por ciento de su valor. Los mercados se recuperaron en los días siguientes a la fuerte caída, pero prevalece la incertidumbre en torno a la percepción de que la Reserva Federal ha sido lenta en su respuesta ante los signos de debilitamiento de la economía y podría ser llevada una serie de reducciones rápidas en la tasa de interés.
Tal escenario tendrá una incidencia en México en el mismo terreno de la gestión de la tasa de interés. Hace unos días la Junta de Gobierno del Banco de México decidió con votación dividida reducir en un cuarto de punto porcentual la tasa de referencia. Se consideró que tal decisión no era totalmente compatible con el comportamiento de la inflación, que muestra aún resistencia a la baja y cuyo control ha sido el principal objetivo de la política monetaria. Una reducción de la tasa en Estados Unidos dejaría la tasa aquí con una brecha demasiado grande, lo que tendría un impacto sobre el tipo de cambio y una valorización en parte artificial del peso, atrayendo dólares en la compra de deuda pública.

México, SA
AHMSA muerde el polvo // CSG: razones prácticas // Alonso Ancira: gánster
Carlos Fernández-Vega
▲ Instalaciones de Altos Hornos de México, cuya fracasada privatización sigue generando altos costos para México.Foto tomada de la página web de la empresa
Orondo, como siempre, Carlos Salinas de Gortari promovía que su devastadora política privatizadora fue rotundamente exitosa y afirmaba, sin gramo de verdad, que la entrega de los consorcios propiedad del Estado al capital privado (es decir, al propio grupo compacto de sus amigos) se dio por razones prácticas, más allá de cualquier consideración de carácter ideológico, en el entendido, según decía, que los particulares son mejores administradores que el gobierno. La historia, desde luego, le ha dado una patada en el trasero, porque a las arcas nacionales les ha resultado onerosísimo el rescate de no pocos de esos mejores administradores.
De lo anterior existen muchos ejemplos (banca, aerolíneas, carreteras, ingenios azucareros etcétera, etcétera), pero uno de ellos es el de Alonso Ancira Elizondo (gánster disfrazado de empresario y asociado con la pandilla neoliberal), quien, junto con el farmacéutico Xavier Autrey Maza, se quedó con Altos Hornos de México (AHMSA) y 11 empresas adicionales –entre ellas seis mineras– por un precio de regalo: 145 millones de dólares, cuando su valor real se aproximaba a 4 mil millones de billetes verdes. Desde luego, los pasivos (2 mil 500 millones de dólares) íntegramente los asumió el Estado mexicano.
Eso fue en diciembre de 1991, cuando, como parte de su política privatizadora, Salinas de Gortari decretó que el acero no es estratégico para el país y por lo mismo privatizó AHMSA, Siderúrgica Lázaro Cárdenas Las Truchas y Fundidora Monterrey (esta finalmente causó baja), las tres paraestatales que daban cuerpo al gigante estatal Sidermex.
Los ingresos generados por la privatización masiva de bienes del Estado, según Salinas de Gortari, se destinarían a cubrir las necesidades sociales del país y a reducir la deuda pública. En los hechos, la pobreza creció al igual que el endeudamiento, pero de esa política surgió la nueva oligarquía nacional (el grupo compacto del propio ex mandatario); hoy, la mayoría de ellos forman parte del inventario Forbes.
Con Altos Hornos de México, Alonso Ancira cometió cualquier cantidad de excesos y fraudes (entre ellos al propio Estado que lo benefició), pero al barón se le acabó la buena suerte (léase la impunidad garantizada). Cuando Salinas le entregó AHMSA, el gánster aseguró: Tenemos un proyecto a prueba de balas, fue el mejor y creo que esto fue lo que le gustó al gobierno, y su socio, el farmacéutico Autrey Maza (quien también se quedó con el Banco Comermex, posteriormente rescatado por el Fobaproa y extranjerizado a favor de Scotiabank), se comprometió con el estado en donde operaba la ex paraestatal: No vamos a defraudar a Coahuila (incluso, entre los accionistas apareció Sandra López Benavides, propietaria entonces de Calzados Canadá, como los bostonianos).
¿Qué sucedió? Todo lo contrario; reventaron a la mayor productora de acero del país, que llegó a emplear a cerca de 20 mil trabajadores especializados (a partir de 2006, Ancira contrató a golpeadores y metió a un organismo gremial patronal), y como bien lo subraya el líder del sindicato minero Napoleón Gómez Urrutia, la quiebra de AHMSA es un ejemplo nefasto de las privatizaciones, de tal suerte que debe ser investigada a fondo para fincar responsabilidades a dueños, accionistas y directivos que la llevaron a esa situación por su ineficiencia y gran corrupción al operarla. El gánster Ancira dejó a la empresa como un gran cementerio: instalaciones abandonadas, saqueadas, vendió e hipotecó parte de la maquinaria, y a oscuras, porque la CFE les cortó la luz.
Gómez Urrutia detalla: La quiebra es un grave problema social y el mejor ejemplo de las consecuencias nefastas de la privatización que Salinas de Gortari llevó a cabo al entregar a amigos e incondicionales empresas públicas rentables. Ancira, deshonesto e involucrado en fraudes, no tenía ninguna experiencia en el sector siderúrgico; el desplome de AHMSA representa un reto enorme para Claudia Sheinbaum. Sin empleo, con una liquidación mínima o sin nada para los trabajadores, está en riesgo no sólo Monclova, sino toda la región Carbonífera de Coahuila ( La Jornada, Andrea Becerril).
He ahí un ejemplo, solo uno, de las razones prácticas, más allá de cualquier consideración de carácter ideológico.
Las rebanadas del pastel
Norma Piña y la justicia no descansan: sabadazo de por medio, el góber precioso, Mario Marín, se va a su casa… ¿Por qué será que al gobierno gringo nadie le cree?... Si de hampones se trata, el demócrata Alito Moreno se reeligió con 97 por ciento de los votos, a la vieja usanza.
X: @cafevega   cfvmexico_sa@hotmail.com

El PRI, en caída libre
Alejandro Moreno Cárdenas logró la relección como presidente nacional del Partido Revolucionario Institucional (PRI) con 97 por ciento de los votos de los consejeros. El proceso ha sido denunciado como una farsa por la serie de maniobras previas con que el ex gobernador de Campeche se aseguró el triunfo para encabezar al PRI hasta 2028: purgas de disidentes, cambios en los estatutos para excluir a la militancia de la votación, ausencia de contrincantes reales y control absoluto sobre el Consejo Político Nacional.
Más allá del desaseo comicial, destaca que la primera persona en relegirse como dirigente tricolor sea también la que condujo al antiguo partido hegemónico a la peor debacle de su historia. En los primeros cinco años de Alito, el PRI pasó de 12 a dos gubernaturas; de 6.7 millones a sólo 1.4 millones de militantes (una desbandada de 80 por ciento); de 9.2 a 5.7 millones de votos en la elección presidencial, con un punto de partida que ya era su peor marca hasta entonces. Después de una efímera recuperación en la Cámara de Diputados en 2021, se estima que tendrá apenas 35 asientos en la legislatura que comenzará el 1º de septiembre, con lo que sería la quinta fuerza parlamentaria.
Moreno Cárdenas asumió el cargo en 2019, cuando el partido ya había sufrido un descalabro histórico a manos de Morena y se había convertido en la fuerza más repudiada por la ciudadanía a raíz de la corrupción, el autoritarismo y el embate contra las clases populares que caracterizaron al sexenio de Enrique Peña Nieto. En aquel entonces afirmaba que su misión era emprender una reforma de fondo, pero las únicas reformas que concretó fueron las que le permitieron, primero, extender su mandato un año adicional y, ahora, relegirse para cumplir un segundo periodo y eliminar los contrapesos a sus decisiones.
Alito es tanto causa como efecto del desastre priísta: cuando la formación gobernaba dos terceras partes de las entidades federativas –como hizo hasta el sexenio pasado– y era la primera o segunda fuerza en el Congreso, habría sido imposible para un dirigente partidista concentrar tanto poder, puesto que los gobernadores y los líderes legislativos controlaban el voto corporativo y marcaban la agenda de acuerdo con sus intereses personales o regionales. Caídos los feudos y con números que los reducen a la insignificancia en las Cámaras, los priístas no tienen más referente que el interno. Así, se da la paradoja de que, con cada elección perdida, Moreno refuerza su dominio sobre el aparato del partido, en un proceso que inevitablemente recuerda a la acelerada decadencia del PRD a partir de que los Chuchos eligieron quedarse con el cascarón burocrático y dejar que Andrés Manuel López Obrador se marchara con toda la militancia.
En estos momentos, el PRI parece condenado a desaparecer o a convertirse en un satélite del PAN, su socio en el cogobierno neoliberal vigente entre 1988 y 2018. Y, de acuerdo con los estudios demoscópicos sobre simpatías partidistas, nadie lo va a extrañar.