La jefa del Gobierno de Ciudad de México, Claudia Sheinbaum Pardo, informó ayer que el índice de homicidios dolosos en la capital se incrementó en el curso de este año respecto de 2017, hasta alcanzar un promedio de tres asesinatos al día, aunque, de acuerdo con la funcionaria, en algunas jornadas de este mes de diciembre se han registrado hasta cinco homicidios.
Sheinabum afirmó que la Procuraduría General de Justicia (PGJ) revisa las estadísticas de este delito para determinar si en realidad hay un incremento de las muertes violentas o si la administración anterior dejó de reportar una parte. Asimismo, dijo que ya se realizan acciones para hacer frente a esta crisis, como la instauración de un grupo de inteligencia integrado por la Secretaría de Seguridad Pública y Protección Ciudadana y la propia PGJ.
Más allá de si las administraciones de Miguel Ángel Mancera (2012-2018) y José Ramón Amieva (2018) ocultaron o maquillaron las cifras sobre homicidios en la ciudad capital –asunto que debe esclarecerse en aras de la transparencia y la rendición de cuentas–, es indudable que en el sexenio anterior se experimentó en la capital de la República un gravísimo incremento de los fenómenos delictivos; la autoridad perdió el control de las calles en diversas delegaciones (hoy alcaldías) y barrios, y la percepción de seguridad se desplomó en forma inversamente proporcional. No puede soslayarse el contexto nacional del deterioro descrito: en ese periodo se mantuvieron la violencia delictiva y la ruptura del estado de derecho en el país, incluso crecieron respecto del sexenio 2006-2012, de por sí catastrófico en materia de criminalidad y muertes violentas, y la capital de la República no habría podido mantenerse al margen de tal escenario.
Sin embargo, no todo el desastre capitalino en materia de seguridad pública puede explicarse por el telón de fondo del resto del país: hubo también factores locales que agudizaron la situación, como el incremento de la corrupción en las oficinas públicas y el asentamiento en esta entidad de cárteles del narcotráfico. Aunque Mancera se empecinó en negar la presencia del tráfico de drogas y de sus organizaciones, la propia escalada de enfrentamientos entre éstas o con las fuerzas públicas hicieron inocultable el hecho de que para el narcotráfico la capital de la República se había convertido en una plaza codiciada.
En suma, la violencia delictiva y las muertes que por ello se han registrado este mes en la ciudad son, en lo fundamental, expresión de una herencia desastrosa, agudizada acaso por las afectaciones que pudieron haber sufrido las redes de complicidad entre funcionarios de las administraciones anteriores y grupos delictivos, a consecuencia del cambio de gobierno federal y local.
En la circunstancia actual, Ciudad de México habrá de ser una suerte de campo de pruebas del cambio de paradigma anunciado por la presidencia de Andrés Manuel López Obrador, y compartido en lo fundamental por el gobierno de Claudia Sheinbaum, en materia de seguridad y combate a la delincuencia: abandonar el énfasis en las medidas policiales y militares, y emprender el ataque a las causas profundas de la inseguridad, que son sociales y económicas.
La apuesta por abatir el desempleo, integrar a los jóvenes al trabajo o a la educación, combatir el lavado de dinero y la impunidad, fortalecer los servicios de salud y dignificar y sanear las cárceles, entre otras medidas.
En principio, tales acciones deberían reducir en forma significativa las expresiones de la ilegalidad, la violencia y el crimen. Por lo avanzado de sus leyes y programas sociales y por la sintonía entre sus autoridades y el Ejecutivo federal, la ciudad capital es un escenario privilegiado para demostrarlo.
Carlos Payán y la nueva palabra
Luis Hernández Navarro
En esa especie de tarjeta de presentación identitaria que es la obra gráfica colgada en las paredes de una oficina, Carlos Payán mostraba a sus visitantes dos de sus grandes referencias creativas e intelectuales. De los muros en su despacho de La Jornada en la calle de Balderas de Ciudad de México pendían una gran foto enmarcada de Enrico Berlinguer, el dirigente comunista italiano creador del eurocomunismo, y un cartel del poeta y periodista portugués Fernando Pessoa.
La referencia a Berlinguer no es gratuita. Carlos Payán, fundador de dos grandes diarios (unomásuno y La Jornada), no proviene del periodismo sino de las filas del comunismo. Ese partido, al que ingresó en 1958 con 29 años de edad, en pleno movimiento ferrocarrilero, le dio una ética y un compromiso. Arnoldo Martínez Verdugo, su dirigente durante 18 años, es el político que más ha respetado.
Tampoco la de Pessoa. Payán fue, durante años, bardo clandestino. En su juventud, asistía, por invitación de Juan José Arreola, a los recitales de Poesía en Voz Alta en la Casa del Lago. En los 70, publicó en el periódico comunista La voz de México, con el seudónimo de Juan Rodríguez, un poema dedicado a un campesino defensor de la tierra. Sus libros, Lejanías y Memorial del viento fueron publicados hasta hace muy poco tiempo.
El director fundador de La Jornada vivió los primeros años de su vida en condiciones muy precarias en la calle de Academia 6, en el Centro de Ciudad de México. En ese barrio, con apenas ocho años de edad, un malandro le robó los zapatos nuevos que los Reyes Magos le habían traído en lugar de juguetes. La afrenta lo marcó para siempre. Allí le nació el repudio a todo acto de injusticia.
Antes de ser periodista, Payán fue abogado. Estudió en la facultad de Juriprudencia de la UNAM, y fue becado en Israel para conocer los kibutzin y los mosavin. Trabajó en la Secretaría de Economía, donde fue subdirector de Fomento Cooperativo. Se zambulló de lleno en las aguas de la prensa cuando asistió a la asam-blea del naciente unomásuno para asesorar a sus promotores en la formación de una cooperativa.
Aunque nunca antes había sido reportero ni columnista ni trabajado en la mesa de redacción, Payán fue nombrado secreta-rio general de la cooperativa y subdirector general de la nueva publicación. Manuel Becerra Acosta, su amigo y maestro, le enseñó la profesión. Poco a poco comenzó a hacerse cargo de la conducción del periódico.
El nuevo diario, como lo ha hecho después La Jornada, se dedicó a contar lo que pasaba en el país (y en el mundo), y a dar voz a quienes los demás medios consideraban silentes.
Muy pronto, aprendió a no usar la profesión para mentir y calumniar. A no ocultar lo que pasa con fines aviesos. A estar del lado de las víctimas, de los ofendidos, de los pobres de la tierra. A que el periodista debe estar donde hay violencia, despojos, atropellos, a sabiendas de que su acción puede hacer ceder la represión y la violencia. A no cejar en todo aquello que sea luchar por la libertad de expresión y por la democracia. A no prevaricar con la profesión.
Carlos Payán tiene, según decía Rodolfo F. Peña, bigote zapatista y barriga villista. Viste con frecuencia trajes de pana color caqui o verde olivo, con suéteres de cuello de tortuga, o pantalones y camisola de mezclilla, con paliacate rojo al cuello. Es un apasionado de los tacos en todas sus variedades (desde los de carnitas y chicharrón hasta los de canasta). Durante años, fueron célebres las comidas y cenas que su cocinera Pinita preparaba en casa del periodista para sus múltiples comensales.
Payán siempre ha tenido un agudo colmillo político y una sofisticada capacidad de persuasión. Sencillo en el trato, es un hombre seductor. Su inteligencia camina de la mano de su generosidad. En la lista de sus amigos se encuentran figuras como Gabriel García Márquez, Carlos Fuentes, Alicia Martínez Medrano, Carlos Slim, Juan José Gurrola, Carmen Parra, Rufino Tamayo, Carlos Monsiváis y José Luis Cuevas.
Usualmente reacciona con ingenio y buen humor. Un día en el que Supebarrio se presentó a La Jornada, Payán lo recibió con un paliacate en el rostro. Y cuando los trabajadores lo buscaban en bola para hacerle alguna demanda, les decía: No sean montoneros, vénganse de ocho en ocho.
Convencido de que un periódico es producto de un quehacer colectivo, Payán trabajó siempre cerca de sus colaboradores, especialmente de Carmen Lira. La directora de La Jornada –ha dicho él en varias ocasiones– es la mujer con la que más tiempo he vivido en mi vida, porque desde el unomásuno pasábamos 16 horas diarias trabajando, después con el sindicato, salíamos a las cuatro o cinco de la madrugada para estar otra vez a las 12, a veces a las 10, en el periódico. Con ella, comenzamos a contar historias de los que no eran noticia: la izquierda, los obreros, los indígenas y los estudiantes.
En un acto de justicia, el Senado le otorgó a Carlos Payán, que le abrió la puerta a la nueva palabra, la medalla Belisario Domínguez. ¡Salud don Carlos!
Twitter: @lhan55