domingo, 30 de diciembre de 2018

Dinámica económica de hoy: la undécima.

José Antonio Rojas Nieto
Ninguna economía sobrequipada tiene buen futuro. El equipamiento excesivo –siempre en relación con los niveles de producción y su correlato, la demanda social solvente– genera graves problemas.
El primero –indudable–, una capacidad utilizada menor. Pero no sólo. También la depresión de la rentabilidad general de la economía. Y, con ello, entre otras cosas, el agudo ataque a las condiciones laborales. Control y disminución de salarios y prestaciones sociales. Asimismo, precariedad del empleo. Finalmente, desocupación.
Bien aclara Perogrullo. Si la producción industrial crece menos que la capacidad instalada, la capacidad utilizada disminuye. O sea, la capacidad ociosa se incrementa. Y, con ello, el aumento de los costos de producción. No siempre inhibido por la productividad. Se producen efectos nocivos para los propietarios del capital y para toda la economía. Los empresarios buscan salida a una capacidad ociosa que, pese a su evolución cíclica, tiende a crecer con el tiempo. Una vez más, observemos el ejemplo de la endeudada economía estadunidense.
Descubrimos que en la primavera de 2009 se alcanzó el máximo histórico de 33 por ciento de capacidad industrial ociosa. ¡Terrible fenómeno! Fue muy pero muy costoso. Ello impide la amortización adecuada de la inversión, es decir, la transferencia de su valor en el periodo adecuado a su duración.
También inhibe los niveles de rentabilidad asociados con esa amortización adecuada. Imagínese además, como suele suceder, que el crecimiento de la capacidad instalada está asociado con determinado nivel de endeudamiento. Que además debe ser amortizado en tiempo y forma específicos.
Es el caso –reitera Perogrullo– de la economía estadunidense, donde múltiples activos industriales (del acero, cemento, producción de hidrocarburos, refinación, generación de electricidad, y ramas como la metalmecánica, electrónica y automotriz, entre otras) con periodos de depreciación de entre 10 y 25 años y tasas de descuento no inferiores a 10 por ciento. Y con presiones cambiarias en caso de economías con la mexicana.
¿Imagina usted, entonces, lo que significa un sobrequipamiento que no registra la adecuada depreciación y que corre el riesgo de deprimir aún más la rentabilidad general de una economía? ¿Y más cuando un volumen creciente de trabajo social debe destinarse al pago del endeudamiento asociado con la instalación de esos activos? ¿Incluso ampliado por la desvalorización de la moneda nacional? Se trata de fenómenos que introducen una crisis tremenda. Nuestros vecinos no están exentos de estos problemas, incluido el de la devaluación. ¿Por qué? Por su creciente endeudamiento en monedas extranjeras.
Termino señalando que –justo en la economía vecina– es posible identificar periodos económicos con crecimiento acelerado de equipamiento industrial por encima del de la producción. Incluso, con crecimientos de la productividad que no logran evitar el fenómeno indicado. De 1988 a 1998, sin duda. De ahí la búsqueda de salidas. Ampliación del crédito, endeudamiento global, financiarización, búsqueda de movilidad internacional de capitales. Y los ya señalados de ataque a las condiciones laborales y de vida de los asalariados. En general, de toda la sociedad. Autores críticos, como el británico David Harvey, han tratado de documentar esos fenómenos, y con gran tino. Vale la pena estudiarlo. De veras.
antoniorn@economia.unam.mx

Migración en tiempos de amor y paz
Alexander Naime Sánchez-Henkel*
Sus ojos oscuros, no recuerdo si cafés o negros, brillaban con lágrimas. Su vestir era viejo y sostenido con descuido. Pensaba o soñaba quién sabe qué cosa. Se ponía a mirar y mirar la puerta por la cual entraría a Estados Unidos, a la clara luz de un futuro mejor. De todo su ser fluía una gran tristeza. Su dolor era a la vez una secreta y ostensible condición. A primera vista pudiera parecer tranquilidad, pero hay ahí algo profundamente desgarrador en el migrante que uno no entiende, sino siente, con toda la despierta y alerta sensibilidad: la persona perdida sin un lugar suyo en la tierra.
La migración, en sí, no postula una resentida revancha política, sino más bien una redención personal, que, experimentada en masa, debe convertirse en una redención colectiva.
Tanto para nuestros pueblos latinos, como los árabes y africanos, los migrantes se encuentran entre la nostalgia del paraíso perdido (su nación) y el acoso del mundo hostil que los humilla (otras naciones).
La razón hay que buscarla en su origen, en la intensa situación de conflicto que sustentan los países donde la falta de los primarios y elementales derechos humanos conmueven al individuo al fatalista sentido de su nación. Saliendo de las coordenadas geográficas de su identidad, su humanidad debe simbolizar la patria mundial.
Así, el migrante presenta su desolación ante el imperio de las naciones -dominado por la insuficiencia de la expresión y lleno de símbolos del vacío y vallas de lo irracional.
Para todos los que llegaron con esperanza de una mejor vida a puertos fronterizos en México hacia Estados Unidos, su itinerario es el de fugitivos, que huyen, buscando, y no encuentran, su lugar soñado. El abandono de su patria, por voluntad o necesidad, es una pérdida que con la realidad de su indigencia se vuelve el dolor de una orfandad permanente.
Y los gobiernos hacen todo lo posible para empeorar su situación ambulante, arriesgando su salud mental y física. Por ejemplo, en el gobierno de Obama comenzó un sistema que restringe la cantidad de personas que pueden solicitar asilo cada día en Tijuana. Donald Trump ahora utiliza ese sistema para detener el flujo en los puertos de entrada, creando una población vulnerable a tempestades sociales y climáticas en la frontera.
Ante la deshumanización de la burocracia, los personajes de este vasto drama geográfico, en mayoría originarios de Centroamérica, gradualmente pierden la voz y las energías, resignándose a una expresión –explicable en parte por esa peculiar apatía del que no tiene hogar– que será una constante en su vida: la angustia.
Ese dolor inconcreto, y a la vez total, despierta la solidaridad colectiva o la ambición personal, aunque nada puede nunca llegar a ser consuelo para quien ha perdido el derecho de vida en su propia nación.
Una de las soluciones es que México coordine un programa de desarrollo con el fin de que la región, y sus pueblos, integre esfuerzos para responsabilizarse de su futuro. No habrá sentido en un programa de desarrollo sin una conciencia regional: sin la participación de los gobiernos y los pueblos de toda la región esto se vuelven imposiciones.
La vida migrante se aturde siempre entre dos tonos que brincan de corazón: el canto azul y verde de su tierra latina, de su hogar, de su raza, y el llanto de la necesidad de salir del asfixiante y opresivo ambiente en su tierra natal. Y rápidamente su vida se torna en una cacofonía, como de quien confunde la realidad con el sueño o una lágrima con el sol. Migrar a Estados Unidos no debe ser nunca la mejor opción.
* Sociólogo