En las cinco semanas transcurridas del gobierno que encabeza Andrés Manuel López Obrador, las asignaciones presupuestales ha sido uno de los asuntos más polémicos y que ha suscitado mayores disensos y expresiones de descontento. Los cambios han tenido en consecuencia protestas institucionales –como las de varias universidades–, sectoriales, gremiales y sociales, y se han traducido en despidos en algunas áreas de la administración pública.
Sería tan improcedente desconocer la pertinencia de algunos reclamos particulares como abstenerse de poner en perspectiva histórica la actual situación. Debe recordarse, a este respecto, que año con año la aprobación del Presupuesto de Egresos genera descontentos por la simple razón de que los recursos no son ilimitados y no hay forma de repartirlos a satisfacción de todos. Ha de señalarse, asimismo, que en cada transición sexenal se llevan a cabo movimientos de personal, particularmente de empleados de confianza, ocurren retrasos en los pagos y se presentan reducciones o cancelaciones de programas gubernamentales.
Esas situaciones son particularmente acentuadas cuando el cambio de gobierno conlleva una alternancia de partidos, como ocurrió entre las administraciones de Ernesto Zedillo y Vicente Fox.
A lo anterior debe agregarse que muchos afectados por los ceses se han situado de tiempo atrás en el bando de los adversarios acérrimos de López Obrador, y las oposiciones políticas –tampoco los propios partidarios del actual presidente– no parecen haber superado aún el desconcierto de las elecciones del primero de julio anterior.
Las autoridades tienen ante sí el deber de revisar circunstancias y casos específicos en los cuales hubieran podido cometerse injusticias o errores y de separar, para ello, los reclamos fundados de las críticas apriorísticas y de los intentos por capitalizar el cambio de gobierno por mera táctica opositora. Al mismo tiempo, quienes descalifican al actual gobierno por los crujidos del aparato administrativo deberían tomar en cuenta que el país asiste a una reorientación presupuestal sin precedente en función de un programa de gobierno que se ha planteado una transformación nacional de fondo que en su momento dio cauce electoral a los anhelos y las insatisfacciones de la mayoría de los ciudadanos y que, de manera inevitable, está sacudiendo al aparato gubernamental y a las instituciones en una forma hasta ahora inédita.
La prudencia y la serenidad son, en suma, actitudes necesarias en todos los campos. Al fin de cuentas, los cambios en la administración pública ya eran impostergables y, habida cuenta de las enormes diferencias entre el gobierno que terminó el 30 de noviembre y el que empezó al día siguiente, lo sorprendente no es que tales variaciones ocurran sino que no hayan sido, hasta ahora, mucho más problemáticas.
Negocios y empresas
La rentabilidad del Tren Maya
Miguel Pineda
Los críticos del Tren Maya señalan que la inversión en ese proyecto no será rentable, ya que de cada 100 pesos que se canalicen no se recuperarán ni siquiera 80 pesos, por lo que generará grandes pérdidas que pagaremos todos los mexicanos.
Si simplemente se ve el costo contra los ingresos, los críticos tienen razón. Sin embargo, el tren va más allá de esa contabilidad básica. De lo que se trata es de un proyecto de integración y de inclusión al desarrollo del sureste del país.
Desde la construcción de las vías se generará una gran derrama económica, con miles de nuevos empleos y un consumo creciente de bienes y servicios. En forma paralela, los inversionistas potenciales ya estudian lugares para construir hoteles, restaurantes y todo tipo de infraestructura para el turismo. Así como surgió el fenómeno de Cancún y luego la Riviera Maya, la ruta del Tren Maya se convertirá en detonador del turismo. Lo único que hay que cuidar al máximo es el tema de la ecología, la arqueología y el desarrollo regional, que son las bases de la riqueza en la región.
En el caso de Cancún, el ferrocarril atraerá a más turistas. Es un proyecto que Fernando Chico Pardo, presidente de Asur, impulsa desde hace años, por la derrama de recursos que traerá a la zona. Además, con el desarrollo del tren se desecha la idea de construir un aeropuerto alterno en la zona maya, tomando en cuenta que el de Cancún es uno de los mejores del mundo, atiende en tiempo y forma la creciente demanda de los viajeros y es el que recibe más visitantes del extranjero en nuestro país.
En el caso de la Riviera Maya, el tren revalorará la tierra, impulsará la mejora de los servicios y convertirá la región en una de las más visitadas a escala internacional.
Para los trabajadores de la zona, el ferrocarril también será una alternativa y los turistas podrán visitar la región en la comodidad de un transporte moderno y eficiente. Hay que señalar que ese nuevo transporte también acabará con prácticas monopólicas de los taxistas en el aeropuerto de Cancún, quienes cobran precios excesivos.
No hay duda. El ferrocarril maya será uno de los detonadores más importantes del desarrollo del sureste de México.
miguelpineda.ice@hotmail.com