
David Brooks
▲ Bernie Sanders, precandidato presidencial demócrata, pronunció un discurso la semana pasada en Washington en el cual explicó que él define el socialismo democrático como la continuación del legado de Franklin D. Roosevelt. Subrayó que una democracia requiere tanto derechos políticos como derechos económicos básicos.Foto Afp
Abajo y a los lados, a veces casi invisible, y por supuesto sin captar la misma atención que la perversidad, engaño, ataques, obscenidad y crueldad que proviene desde la Casa Blanca y sus alrededores, hay una sorprendente ola de rebeliones, algunas expresadas en las calles, otras en la naciente contienda electoral presidencial, y muchas no temen autoidentificarse como luchas de clase y hasta socialistas.
Sarah Nelson, presidenta del gremio nacional de sobrecargos, Association of Flight Attendants, representando a 50 mil miembros de 20 aerolíneas (gremio que se negó a trabajar en todo vuelo que se usó para la separación de familias inmigrantes ordenada por Trump), recientemente ofreció un discurso ante los Socialistas Democráticos de Estados Unidos (DSA), vieja organización social demócrata que en los últimos tres años ha experimentado un renacimiento dramático.
Recordando que Eugene Debs, Helen Keller, Albert Einstein, fundadores de sindicatos como el automotriz, fueron socialistas democráticos, Nelson señaló que ante toda la oscuridad y el odio generado por las fuerzas derechistas, en el último año cientos de miles de maestras/os, decenas de miles de trabajadores de supermercados, miles de trabajadores de hoteles, ingenieros de Google y choferes de Uber, participaron en huelgas; más de las que se había registrado en décadas. “Estas huelgas eran trabajadores tomando la ofensiva… Estas huelgas eran visionarias, porque construyeron poder, porque construyeron ahí mismo en el piquete el tipo de país que queremos ser; donde nos cuidamos entre nosotros, donde luchamos mano en mano por nuestra democracia, donde nuestra multitud –nuestras muchas nacionalidades y razas y religiones y diversidad de género e identidad de género– es fuente de orgullo, fuerza y amor. Y porque ganamos. Ganamos contra los jefes de avaricia de Wall Street y sus peones políticos que deseaban destruir las escuelas de Los Ángeles al servicio de sus ganancias. Ganamos contra los tecnobarones de Google… Ganamos contra las empresas multinacionales que son dueñas de los hoteles y los supermercados de nuestra nación, quienes ganan miles de millones pero dejan que nuestros niños pasen hambre”. Habló de la solidaridad, incluyendo la internacional con la gente trabajadora de México y otros países, como clave en la lucha para el bien de todos.
Son palabras que no hace tanto habrían sonado nostálgicas, pero son muy contemporáneas, y este tipo de mensaje de repente ya no es sólo para veteranos de otras historias, sino por y para jóvenes que desean hacer historia aquí y ahora.
Y no deja de sorprender que dentro de estas luchas, y sobre todo entre los jóvenes, muchos –muchísimos– no temen declarar su simpatía por algo que llaman socialismo.
Cuatro de cada 10 estadunidenses preferirían vivir en un país socialista que en uno capitalista, mientras 55 por ciento de mujeres entre 18 y 54 años expresaron una preferencia por el socialismo, según encuestas recientes (vale recordar que la gente entiende socialismo de múltiples maneras). Al medirlo en términos muy generales, se puede hasta afirmar que, según las encuestas más recientes, el socialismo es más popular que Trump.
El senador y candidato presidencial demócrata Bernie Sanders es tal vez la figura política de mayor perfil de esta expresión y la semana pasada pronunció un discurso explicando su socialismo democrático como la continuación del legado de Franklin D. Roosevelt. Subrayó que una democracia requiere tanto derechos políticos como derechos económicos básicos, los cuales son derechos humanos, y que se requiere una revolución política con la participación masiva electoral para lograr esto y argumentó que el futuro en este y otros países se disputa entre una derecha nacionalista y el socialismo democrático. (https://berniesanders.com/sanders- calls-for-21st-century-bill-of-rights/).
El solo hecho de que el socialismo sea ahora parte del debate nacional cotidiano en Estados Unidos (algo que asusta tanto a Trump como a la cúpula demócrata) no deja de asombrar.
Boeing y FAA: negligencia criminal
El director general del consorcio aeroespacial Boeing, Dennis Muilenburg, admitió ayer la existencia de un error, al no informar de la instalación de un sistema de compensación instalado en sus aviones 737 Max a las instancias reguladoras, las líneas aéreas y los pilotos. De acuerdo con los indicios disponibles, esa omisión desencadenó dos catástrofes aéreas: la del vuelo 610 de Lion Air, que el 28 de octubre pasado cayó a tierra poco después de despegar del aeropuerto de Yakarta, causando la muerte de 188 personas, y la del vuelo 302 de Ethiopian Airlines, que se estrelló el 10 de marzo pasado seis minutos después de salir de la terminal de Addis Abeba, lo que costó la vida a las 157 personas que viajaban en la aeronave.
De acuerdo con información de la propia compañía, la sustitución de los motores tradicionales de los aviones Boeing 737 por unos de mayor potencia hizo necesario agregar un sistema automático que evitaba la elevación excesiva de la proa de los aparatos e introducía en el sistema de vuelo órdenes de nariz abajo; el desconocimiento de los pilotos de la existencia de tal sistema y del procedimiento para neutralizarlo habría causado que ambas aeronaves cayeran en picada. Para colmo, el software de los simuladores de entrenamiento –fabricados por la propia Boeing– era incapaz de reproducir algunas condiciones de vuelo, según lo admitió la empresa el mes pasado.
Un factor de contexto insoslayable es que el desarrollo del 737 Max se llevó a cabo a un ritmo frenético, a fin de enfrentar el avance en el mercado del modelo A320neo del consorcio europeo Airbus, que amenazaba con arrebatar a Boeing algunos de sus clientes tradicionales, como American Airlines. A la postre, la segunda logró que su aeronave entrara en servicio en mayo de 2017, 16 meses después que el avión europeo, pero todo indica que el entorno de encarnizada competencia llevó a la empresa estadunidense a lanzar un producto que aún no cumplía con las condiciones de seguridad requeridas.
No debe dejarse de lado, por otra parte, el hecho de que la Administración Federal de Aviación de Estados Unidos (FAA, por sus iniciales en inglés), cuyos veredictos son considerados guía fundamental por autoridades aeronáuticas de muchos países, dio su aprobación para que esa peligrosa aeronave iniciara operaciones comerciales sin una supervisión exhaustiva de sus sistemas de navegación. Aunque ahora la FAA culpa a Boeing por no haber informado a los reguladores del mal funcionamiento del sistema de seguridad incorporado de última hora al modelo, es claro que fue omisa en el desempeño de sus obligaciones. Esta cadena de irresponsabilidades desembocó, a la postre, en la muerte de 345 personas y en daños astronómicos a las finanzas de unas 60 aerolíneas –Aeroméxico, entre ellas– que tienen en sus flotas ejemplares del 737 Max, todos los cuales permanecen en tierra en tanto no se realice una corrección definitiva de la falla.
En rigor, Boeing debería responder por el homicidio doloso de centenares de personas y por las afectaciones económicas causadas a una multitud de líneas aéreas. Pero parece poco probable que la justicia estadunidense, la primera que tendría que reaccionar de oficio ante esta situación, se atreva a actuar contra uno de los principales componentes del complejo militar-industrial de su propio país.