jueves, 28 de mayo de 2020

Pandemia, ciencia y migración.

Ana María Aragonés
Una vez que se vaya superando la pandemia del coronavirus y se pueda llegar a la llamada nueva normalidad, concepto que en sí mismo involucra una dosis de gran incertidumbre, pero también de ilusión, se podrán poner en marcha actividades pensadas con nostalgia en el confinamiento. Pero también valdrá la pena abordar algunas de las lecciones que tan dura experiencia mos ha dejado. Una que parece importante será analizar ¿por qué el divorcio entre ciencia, científicos y gobiernos? Como afirma Ignacio Ramonet, no se les escuchó, a pesar de señalar la inminencia de una enfermedad respiratoria altamente transmisible y virulenta que podría convertirse en pandemia tampoco los avisos re-petidos de la Organización Mundial de la Salud (OMS) quien urgía en septiembre de 2019 sobre una pandemia fulminante y sumamente mortífera. Al mismo tiempo muchos gobiernos habían reducido los presupuestos para la ciencia y para la investigación, se les consideran gastos y no inversiones indispensables y necesarias. Con la pandemia quedó claro que varias profesiones no eran valoradas ni promovidas, todas aquellas que tienen que ver con el sector salud y cuyos actores se convirtieron en verdaderos héroes durante esta pandemia. Fueron evidentes las graves carencias y déficits de personal tan absolutamente necesario, y con ellos la escasez de material e instrumental de primera necesidad, como mascarillas, guantes, ventiladores, tapabocas y batas, entre otros. Y lo peor, la rebatinga entre países por piratear los embarques con ese material y que intentaban llegar a su destino.
En México el secretario de Salud, Jorge Alcocer Varela, explicó que hay un déficit de 200 mil médicos/as, 123 mil generales y 76 mil especialistas, así como 300 mil enfermeras/os y las especialidades más deficitarias son pediatría, ginecobstetricia, geriatría y varias relacionadas con urgencias y terapia intensiva. El presidente Andrés Manuel López Obrador propuso implementar un programa de becas para que ninguna persona egresada de medicina se quede sin estudiar una especialidad por los pocos lugares que se ofertan en México. Y si bien es una propuesta importante, en realidad la nación vive una verdadera tragedia, pues los presupuestos para ciencia y para investigación son reducidos y nunca alcanzan los niveles planteados por las Naciones Unidas; para colmo y paradójicamente, la carrera que en la Universidad Nacional Autónoma de México está siempre saturada es justamente la de medicina. Por eso miles de estudiantes tienen que buscar otras opciones educativas, desperdiciando este importante recurso que podría suplir la enorme carencia de estos profesionales y especialistas. La razón es falta de presupuesto, por eso todos los años el peregrinar de las autoridades universitarias al Congreso a suplicar que lo incremente, o por lo menos que no lo bajen, una pelea muy desigual e injusta.
México recibió al coronavirus prácticamente a un año dos meses de la llegada del gobierno del presidente Andrés Manuel López Obrador –diciembre 2018–, quien ha puesto en marcha una política económica centrada en hacer importantes inversiones en programas sociales con la idea de apoyar a los grupos que han sido históricamente los más desprotegidos. Este enorme esfuerzo se lleva a cabo en un contexto de enorme austeridad y un combate frontal contra la la corrupción, a la que el gobierno considera como el verdadero cáncer para el país. Pero este proyecto debe ir acompañado de apoyos a la educación integral y crítica, a lasciencias, la investigación, a la tecnología, la innovación, laboratorios, universidades. Sólo así se podrá alcanzar el tan ansiado desarrollo con su enorme potencialidad como factor de igualdad. Sin embargo, este objetivo debe ser apoyado, secundado y alentado por un sistema tributario que grave con mayor intensidad el capital que los salarios (Thomas Piketty).
De no ser así, seguiremos viendo, entre otras calamidades, cómo los migrantes altamente calificados tienen que abandonar la nación por falta de condiciones para poner en práctica sus altas especialidades y profesiones. Los números son apabullantes, pues según lo señalado por la doctora María Elena Álvarez-Buylla, directora del Conacyt, sólo en Estados Unidos se encuentran 30 mil investigadores mexicanos, mayor cantidad de los que en México pertenecen al Sistema Nacional de Investigadores. La propuesta para retenerlos es otorgar becas para posdoctorantes, lo cual es absolutamente insuficiente, pues una vez alcanzado el grado no hay ninguna seguridad de que puedan incorporarse a alguna institución, es decir, después de toda una vida de estudio, predomina la inseguridad laboral.
Migración no es destino, debe ser una opción no una necesidad.
amaragones@gmail.com

Pandemia: incógnitas, más que certezas
Jorge Eduardo Navarrete
Hacia principios del mes, en los momentos más álgidos de expansión de la pandemia de Covid-19 y como se señaló en el artículo del 14 de mayo, surgió la más promisoria de las escasas iniciativas amplias de colaboración multilateral para enfrentarla: la Respuesta global al coronavirus, impulsada por la Unión Europea, que pronto reunió adhesiones y promesas de apoyo, el de México entre muchos otros. La Respuesta, de alguna manera, se entronca con el empeño multilateral iniciado con la resolución 34/274 de la Asamblea General de Naciones Unidas, del pasado 21 de abril, que propone un enfoque de alcance global. Empero, el panorama sigue dominado por los esfuerzos nacionales, o subnacionales, carentes de coordinación, que responden a necesidades o urgencias localizadas. Quizá no podría ser de otro modo, pues apenas ha transcurrido un semestre desde el surgimiento de la pandemia en forma reconocible.
A unos días del inicio de junio, el foco global de atención –determinado en buena medida por las acciones de las naciones avanzadas más afectadas: en Norteamérica y Europa occidental sobre todo– se ha desplazado de las acciones de contención, al diseño e instrumentación de su retiro gradual y paulatino. Ha sido notorio el cambio de énfasis hacia la reanudación de las actividades paralizadas por la estrategia de aislamiento domiciliario a la que acudió la mayoría de los países y, más ampliamente, hacia la recuperación de las formas de vida y hábitos sociales del pasado reciente; hacia una normalidad que muchos quisieran fuera nueva en muy diversos aspectos.
Como es evidente para quien haya seguido la evolución territorial de la pandemia, ha sido constante el desplazamiento de sus epicentros sucesivos. Tras China misma, Europa y Norteamérica han entrado en una primera declinación –que no excluye el peligro de nuevos brotes y focos de alto contagio–, en tanto que América Latina, el Mediterráneo oriental, según la regionalización de la OMS, y África han llegado a momentos de expansión rápida o muy veloz. Coexisten dos mapas no coincidentes: el de demandas de atención médico-hospitalaria y suministros de equipo y materiales, que no cesan de crecer, y el de alcance, eficiencia y capacidad de los sistemas de salud pública establecidos. En un segundo momento territorial de la pandemia, los epicentros aparecen en áreas mucho menos provistas de recursos para hacerles frente. Los costos de esta segunda fase territorial de la pandemia pueden, por tanto, ser mucho mayores.
Los costos y consecuencias de la pandemia y de las acciones generalmente adoptadas para contenerla se han dejado sentir, con inmediatez y particular virulencia, en el mundo del trabajo. De acuerdo con los cálculos y estimaciones de la Organización Internacional del Trabajo, a resultas de las acciones de contención de la pandemia que requirieron o recomendaron el cierre de fuentes de trabajo, en el primer trimestre de 2020 –frente al último anterior a esta crisis: el cuarto de 2019– las horas trabajadas en el mundo se redujeron en 4.5 por ciento, lo que equivale a aproximadamente 130 millones de puestos de trabajo de tiempo completo (48 horas semanales). Para el segundo trimestre, comparado también con el último de 2019, la reducción llegaría a 10.5 por ciento. Expresada en número de puestos de trabajo esta caída equivale a 305 millones. Sólo unas semanas antes la pérdida se había estimado en menos de 200 millones, pero el cierre de fuentes de trabajo se prolongó en algunas naciones y muchas otras acudieron a esta medida de distanciamiento social. Hasta ahora, América del norte, Europa y Asia central han sido las regiones más afectadas. Esta situación cambiará conforme se muevan los epicentros territoriales de la pandemia, como antes se señaló.
Uno de los escasos tópicos de consenso en la discusión global es la noción de que nadie podrá afirmar que se ha vuelto la página sobre la pandemia en tanto no se disponga de una vacuna y un tratamiento efectivos, disponibles y universalmente asequibles. Quizá lo esencial de la Respuesta europea sea su compromiso con la búsqueda de “respuestas terapeúticas y vacunas… que permitan controlar la pandemia y se reconozcan como bienes públicos globales, disponibles y accesibles para todos”. Lo que se ha presenciado hasta ahora, sin embargo, es la pugna usual de la bigPharma por controlar la investigación, desarrollo, producción y comercialización de esos productos como bienes privados apropiables en beneficio propio. Cuando en días pasados Merck anunció la compra de Themis Bioscience, una firma austriaca, y proclamó que nadie podría desarrollar una vacuna efectiva en menos de año o año y medio ( FT, 26/5/20), quizás anunciaba más el lapso que como empresa requerirá para llegar al resultado, que respondía al llamado global lanzado por un grupo de personalidades –de Cyril Rhamaphosa a Joseph Stiglitz– de una vacuna libre de patentes, producida en escala suficiente y puesta a disposición sin costo en todos los países.