martes, 14 de julio de 2020

La carcoma suicida.

Hermann Bellinghausen
Son días de carcoma. Y de termitas. La madera y lo sólido se ahuecan hacia adentro. La ciudad, inmóvil en un primer largo momento de cuarentena, se vio removida de donde estaba y puesta en otra parte, donde experimenta una aceleración del tiempo, imperceptible como la corrosión que producen los coleópteros mal llamados domésticos, inmaduros y salvajes devoradores de madera y papel. Si el virus de 2020, el año chino de la Rata, es rápido, y al que ha de consumir se lo despacha en cuestión de días o semanas, las termitas ejercen su acción casi inaparentes, y le dedican todo el tiempo del mundo. Su jerarquía recuerda a las abejas, aunque el ciclo sea más caótico e improductivo. La abeja construye y produce, la termita carcome y destruye.
Conviene precisar los términos. Se habla de carcoma en un sentido amplio y figurado, como la consunción interna de algo. También designa la fase larvaria de ciertos escarabajos, suerte de gusanos que cavan túneles en el corazón de la madera.
Las termitas cuando las vemos es porque salieron a volar por primera y última vez. Y lo hacen de la manera más estúpida, van sin ton ni son, atraídas en la noche por un foco o una veladora, y de día extraviadas en la luminosidad. Pierden las alas con facilidad y quedan convertidas en bichos repugnantes de oscuro destino. Son las termitas voladoras, cuya función es encontrar nuevas colonias. En el nido permanecen las obreras y la reina.
¿Qué hacer contra ellas? Siendo termitas las carcomas más comunes en la ciudad, la piedra de toque de cualquier estrategia es localizar y liquidar a la termita reina, más secreta y temible que cualquier abeja reina. A lo mejor de ellas nacen los mitos y creencias que oponen la reina de la noche a la del día.
Uno puede perder el tiempo en escaramuzas contra las torpes termitas voladoras o fumigar los orificios por donde brotan insidiosas. La opción del flit matabichos es la primera que se le ocurre a cualquier urbanita, así que pide a la tienda de la esquina que le manden el espray más letal en existencia. Cierra puertas y ventanas. Se prepara para salir huyendo del inmueble en cuanto la nebulización haya invadido la atmósfera, en particular los muebles y los soportes donde se consumen los pilares de la casa. Lo bueno es que estos días tenemos a la mano filtros faciales y máscaras antigases que facilitan la tarea. Habrá oportunidad de pasear en el parque recién reabierto, echarse una cascarita clandestina en un estacionamiento vacío, vagar por ahí como perros sin dueño. O ir de compras, que es lo primero que a la gente se le ocurre. Quizás algo ayudan los insecticidas de la esquina, pero la única manera de veras efectiva es fumigar profesionalmente, contratando cazafantasmas en escafandra que disparen armas químicas de alto calibre. No que falten métodos artesanales, pero, como en toda panoplia moderna, tienen menor alcance.
Una noche apacible escuchando música y jugando con fuego, sufrimos el embate de una flota de termitas que abandonaba su escondite para venirnos a caer en la cabeza y perderse en nuestro pelo, o girar hipnotizadas y agónicas en torno a los focos del techo. Decidimos apagar las luces y disponer velas en dos o tres puntos. Los bichos dejaron de molestar y proseguimos con la música y los brindis. Mejor aún, a la mañana siguiente confirmamos que las flamas esbeltas y pulcras fueron letales y exterminaron gran cantidad de termitas voladoras cuyos cuerpos y alas, ni siquiera tatemadas, se esparcían por los alrededores de las velas consumidas.
Menos eficaz, pero satisfactoria en términos emocionales, esta forma de combatir las plagas, con su dejo anacrónico, tiene un elemento de crueldad específicamente humano, el mismo que nos llena de placer asesino contra mosquitos, hormigas y cucarachas crujientes. Ecológicamente más responsable, no envenena el aire, sin más energía que la flama de un pabilo.
Si uno mismo sucumbe a la flama de sugerentes formas y gama de amarillos, como a los rojos rescoldos de una hoguera o las volutas en gris del incienso.
Cayeron también un par de polillas que sin duda preparaban la siguiente carcoma. Dura advertencia. Por las noches nos desvelamos cavilando cuál será la próxima batalla, contra qué clase de coleóptero invasor, dónde se oculta la maldita reina.
Las arañas completan el cuadro, tejiendo con parsimonia en los rincones más altos o recónditos sus telares de plata y polvo, que les permiten cazar su desayuno, que incluye en el menú a las odiosas termitas, las moscas, los malvados mosquitos y toda clase de diminutos enemigos que roban el sueño. Nos acechan el temor y los instintos primarios de sobrevivencia, que llamamos bajos instintos, tachonados de imaginación que, esa sí, es una mutación específica de los humanos.

Negocios y empresas
La sociedad de consumo
Miguel Pineda
Mientras hay millones de personas que no tienen lo suficiente para comer, los sectores medios y altos de la sociedad compran más de lo que necesitan para vivir con cómodidad.
Muchas personas se convierten en compradoras compulsivas y almacenan todo tipo de bienes. Algunos coleccionan autos clásicos o deportivos, otros compran todos los tenis de alguna marca y hay millones que acumulan trajes, vestidos, zapatos, juguetes y cualquier otra cosa que se le ocurra. Son bienes que no necesitamos para vivir, pero en una sociedad de consumo las compras resuelven carencias sicológicas y en muchas ocasiones sirven para mostrar nuestro poder, ya que para mucha gente no es lo mismo manejar un automóvil compacto que uno de lujo.
Ahora que nos encontramos encerrados muchas personas se han dado cuenta de que no necesitan cientos de bienes que almacenan y han reducido su consumo. Sólo en abril de este año, el comercio al por menor tuvo una caída récord de 22 por ciento, de acuerdo con el Inegi.
Esta reducción de las compras es positiva desde la perspectiva personal, del ahorro y del cuidado del ambiente. Sin embargo, también tiene una contraparte difícil de resolver. Los productores y comerciantes de todo tipo de bienes y servicios no pueden vender sus mercancías y el resultado es la quiebra de empresas, la caída del empleo y la baja del poder adquisitivo de la población, sobre todo de la de menores recursos.
Como señaló el Presidente hace unas semanas, podemos vivir tan sólo con un par de zapatos. Sin embargo, si la gente mantiene el bajo consumo de mercancías, la economía no repuntará y, por lo tanto, el desempleo permanecerá por largo tiempo.
La racionalidad en el consumo a largo plazo puede generar un mundo más equilibrado, pero si dejamos de viajar, de salir a restaurantes, a centros comerciales y a comprar más que un par de zapatos que nos duren dos o tres años, los trabajadores de todo tipo de industrias y de servicios lo resentirán profundamente.
No se trata de defender al capitalismo y a una sociedad de consumo, de lo que se trata es de generar las condiciones para que los obreros y empleados puedan trabajar y mantener adecuadamente a sus familias.
miguelpineda.ice@hotmail.com