Arturo Balderas Rodríguez
Llama la atención el extravío de la democracia en Estados Unidos cuando una minoría en el Congreso puede boicotear las propuestas del presidente Biden para superar los problemas económicos y sociales del país.
El presidente planteó la necesidad de invertir dos trillones de dólares en infraestructura ampliando su concepto tradicional atado al uso de concreto y acero para la reparación y construcción de puentes y carreteras. Anunció que pretende darle una nueva dimensión mediante la rehabilitación de escuelas, clínicas y hospitales, ampliación de los programas de vivienda social, conducción y almacenamiento de agua, mantenimiento y ampliación de la red eléctrica y ferroviaria, acceso masivo a Internet, apoyo a los programas de inversión para cuidado del medio ambiente, capacitación de personal para un trato humanitario a quienes cruzan la frontera sin documentos y la creación de un fondo de apoyo a los países centroamericanos para combatir la pobreza. La propuesta cuenta con la aprobación de 80% de la población, según revelan diversas encuestas de opinión y, de acuerdo con numerosos especialistas, es el programa de gasto público más ambicioso en décadas. Garantizará la salida de la crisis derivada de la pandemia y será la plataforma para un crecimiento sostenido en el mediano y largo plazos. No es una ocurrencia ni tampoco un despilfarro que desequilibre las finanzas del país, como lo ha declarado el liderazgo del partido republicano. Lo acompaña un programa de financiamiento cuya esencia radica en el incremento de 7% en los impuestos de las grandes corporaciones y de 10% de la población que recibe y detenta más de 90% de toda la riqueza del país.
El presidente no paró ahí y la semana pasada develó su intención de incluir en el presupuesto fiscal del año entrante 1.5 trillones de dólares con el fin de ampliar el gasto en la protección del medio ambiente, asistencia para la educación, vivienda social y seguridad. También advirtió que es tiempo de abandonar la vieja conseja de que el gobierno es mejor con menos gobierno y añadió que es tiempo de que el gobierno participe con una mayor decisión en todos los niveles de la economía y la protección social.
El reto es avanzar con la mayoría que garantizó al gobierno actual llegar al poder con un margen de cinco millones de votos sobre su oponente o permitir que una minoría descarrile la posibilidad del cambio para superar uno de los periodos más obscuros y turbulentos en la historia del país.
Zona andina: vuelcos políticos
¿ Periódico La Jornada lunes 12 de abril de 2021 , p. 2
En Ecuador y Perú se celebraron ayer procesos electorales de gran relevancia: mientras en el primero de esos países se celebró una segunda vuelta en la que se disputaron la presidencia el empresario neoliberal Guillermo Lasso y el progresista Andrés Arauz, en el vecino Perú se llevó a cabo la primera vuelta de unos comicios presidenciales caracterizados por la atomización –se presentaron 18 candidatos–, la incertidumbre política, la desarticulación de los partidos tradicionales y una situación sanitaria crítica por el repunte de la pandemia de Covid-19.
Los resultados parciales disponibles de ambos comicios al cierre de esta edición indicaban tendencias contrastadas: en Ecuador, el derechista Lasso fue el candidato más votado; en Perú, las encuestas a boca de urna daban la delantera a Pedro Castillo, abanderado de la agrupación de izquierda Perú Libre.
Es previsible que el triunfo de Lasso, un banquero que ya había disputado la presidencia en dos ocasiones, profundizará el viraje a la derecha que ya está en curso en esa nación, se avanzará en el desmantelamiento del Estado de bienestar que fue construido durante la década en la que Rafael Correa ejerció el Poder Ejecutivo (2007-2017) y se retrocederá en materia de soberanía.
En suma, se consolidará la grave regresión impuesta por el presidente saliente, Lenín Moreno.
Una perspectiva ominosa adicional es que, una vez instalado en el Palacio de Carondelet, Lasso prosiga la infame persecución política emprendida por el actual mandatario en contra de la oposición correísta.
Este resultado tiene, además, un efecto retardatario en el ámbito regional. Como ha quedado de manifiesto con los desastrosos resultados de las presidencias de Mauricio Macri en Argentina, de Jair Bolsonaro en Brasil y del propio Moreno en Ecuador, además del régimen golpista que secuestró el poder político en Bolivia por un breve lapso, el neoliberalismo está agotado y el empecinamiento en aplicarlo se traduce en catástrofes sociales, económicas y políticas. Pero un gobierno de ese signo en Quito representará, sin dudarlo, un refuerzo internacional para mandatarios como Iván Duque, de Colombia, y el mismo Bolsonaro.
En contraste, la consolidación de una alternativa de izquierda en Perú podría abrir una perspectiva esperanzadora en esa nación, que ha vivido más de una década de inestabilidad institucional y en la que la política ha alcanzado preocupantes simas de descrédito.
Para ello falta, desde luego, que se confirme el triunfo de Castillo y que éste logre salir avante en una segunda vuelta que puede darse por segura.