Carlos Fernández-Vega
En medio de la euforia por la aprobación de la reforma energética peñanietista, funcionarios de ese gobierno y empresarios afines presumían que llegaría un río de inversión privada al sector petrolero (tanto como 200 mil millones de dólares) para reflotar a la empresa productiva del Estado sin perder soberanía, según presumían.
Por ejemplo, allá por febrero de 2018 el entonces secretario de Energía, Pedro Joaquín Coldwell, celebraba que el renovado modelo energético mexicano permitió comprometer inversiones, que hoy suman 175 mil millones de dólares para la exploración y extracción de hidrocarburos, sísmica, nuevos gasoductos y centrales de energías limpias, y con los proyectos a realizar este año las inversiones totales comprometidas rebasarán los 200 mil millones de dólares.
Un par de meses después el mismo personaje aseguraba que “el mayor error que pudiera cometer el siguiente gobierno, cualquiera que sea su ideología, es echar atrás la reforma energética, porque cancelaría más de 820 mil empleos que se van a generar en el país en los próximos años, y cerrar las inversiones –cerca de 200 mil millones de dólares– que van a llegar a todo el país; no es sensato pensar echar abajo ese caudal de inversiones y de empleo; necesitamos incrementar la producción de gas y de petróleo para disminuir nuestra dependencia de Estados Unidos… La reforma se encuentra consolidada con contratos de exploración y extracción de petróleo, que a su ver generarán más de 815 mil millones de dólares durante los próximos años”.
De cereza en el pastel del cuento de hadas petroleras, se prometía que para finales de 2018, y gracias a la reforma energética, México extraería no menos de 3 millones de barriles diarios (en los hechos, ese año cerró con una producción de 1.8 millones de barriles, con todo y reforma). Y el discurso se repetía un día sí y el siguiente también, mientras Petróleos Mexicanos zozobraba.
Una maravilla, pues, pero con la llegada del nuevo gobierno nadie cerró la llave de la inversión privada en el sector petrolero, porque no hubo necesidad, dado que ésta nunca llegó al menos en la idílica proporción que machaconamente narraba el discurso peñanietista. En uno de sus primeros actos como presidente de la República, Andrés Manuel López Obrador documentó que de los 200 mil millones de dólares prometidos a duras penas habían llegado 800 millones, es decir, 0.4 por ciento de lo comprometido, y de todo esto no se habla mucho, porque se pensaba que iba a ser la panacea la reforma energética; se dedicaron a aplaudir, porque iba a llegar la dolariza y nos iba a salvar la apertura del sector energético.
Bien, sirva lo anterior para contextualizar la información publicada ayer por La Jornada (Julio Gutiérrez): aunque las empresas privadas de energía tienen inversiones aprobadas por 4 mil 270 millones de dólares para 2021, hasta el segundo mes del año el monto que han ejercido es de 115 millones de dólares, lo que representa solamente 2.6 por ciento, revelan las cifras más recientes de la Comisión Nacional de Hidrocarburos (CNH).
De acuerdo con la información de la CNH, de 2015, año en que se dio la liberalización del sector energético en el país, a febrero de este año, entre las empresas privadas de energía y las subsidiarias de Pemex se han invertido recursos por un monto de 7 mil 28 millones de dólares. Los privados sólo participan con 3 por ciento en la plataforma de producción mientras que la petrolera mexicana (Pemex) soporta 97 por ciento.
De las cuantiosas inversiones que –Pedro Joaquín dixit– que llegarían gracias a la reforma energética. ¿cuáles son las empresas que, en 2021, han metido más dinero? La información de La Jornada lo detalla así: de acuerdo con la CNH, Hokchi Energy, hasta febrero de este año, 21 millones de dólares, que resulta ser el que ha destinado un mayor número de recursos para actividades de exploración y extracción de energéticos. Le sigue la italiana ENI, con 20 millones de dólares; Carigali México 12 millones y BHP Billiton 10 millones. En total, 63 millones de billetes verdes, que no son más que una gotita frente al río prometido.
Las rebanadas del pastel
Como en los partidos de futbol, Lorenzo Córdova se ha ganado a pulso el grito de la afición: ¡árbitro vendido!... Pues nada, que hoy ponemos la velita número 20 al pastel de México SA. Gracias a todos ustedes.
cfvmexico_sa@hotmail.com
El renacido
Arturo Balderas
Sólo denme una oportunidad y les demostraré de qué estoy hecho. A los 78 años, Joseph Biden parece haberlo demostrado.
En los momentos en que todos los adultos mayores están felices por haber sido vacunados y un poco tristes por cumplir el requisito de siete décadas de vida; para el inminente octogenario presidente de Estados Unidos, la edad no ha sido un obstáculo para poner a consideración uno de los más espectaculares programas de inversión pública en la historia de ese país, cuyos beneficios disfrutarán los hijos y nietos de quienes lo aprueben.
Los 2 trillones de dólares con que Biden pretende recrear la decaída infraestructura de la nación abren un nuevo capítulo en su desarrollo, y de esa forma refrenda la memoria de Keynes.
Pero primero lo primero. Hace tan sólo seis meses Biden era considerado un cartucho quemado en la política estadunidense, entre otras razones por sus frecuentes lapsos discursivos y su avanzada edad. Dentro y fuera del universo demócrata, varios de los precandidatos tenían mejores cartas para lograr la candidatura. Una vez que la ganó, persistía la duda sobre la fuerza necesaria y su determinación para sacar al país de la barranca en que Trump lo había metido. Pero, ¡oh sorpresa!, no sólo tuvo la energía, sino la claridad suficiente para emprender un camino que marcará el rumbo de la nación. Hizo a un lado la nociva idea de que el Estado debe abstenerse de participar activamente en el desarrollo económico y promover la austeridad a toda costa, sin importar el daño que con esa cortedad de visión se causa a la parte más necesitada de la población.
Primero, desafió los obstáculos de los legisladores republicanos, y logró la aprobación de un paquete para superar la crisis ocasionada por la pandemia que ha dañado tan profundamente la vida de tantos millones. Uno de los efectos del paquete es que a la fecha se vacuna a más de dos millones diarios, y la probabilidad de que para mayo todos los adultos estarán vacunados. Biden ha ganado el reconocimiento de la nación entera, y ha superado el pesimismo y el desorden heredado de la administración que le antecedió.
Segundo, con el anuncio de su plan de rehabilitación de la infraestructura inaugura un periodo de crecimiento económico comparable al que otro presidente (Eisenhower) abrió en los años 50 mediante el programa carretero, que inició una expansión económica en Estados Unidos sin precedente. La diferencia es que, en esta ocasión, conceptualmente el plan es más amplio, al igual que sus alcances. A los componentes tradicionales de infraestructura (carreteras, puertos, aeropuertos, etc.) se integran incentivos para el uso de vehículos eléctricos en el transporte público y privado, ampliación de la red de internet, inversión en la manufactura de tecnología limpia, la construcción de escuelas y habitación de bajo costo con la participación de comunidades rurales. Visto más ampliamente, se puede decir que todos esos conceptos apuntan a un aumento de la productividad, que en última instancia debe beneficiar a toda la población. Uno de los objetivos más ambiciosos es la protección del medio ambiente, aumentando el uso del transporte masivo, como los ferrocarriles. Se estima que el programa se desarrollará en los próximos 15 años.
Con un importante pie de página, su costo se financiará con un incremento de 7 por ciento en los impuestos a las grandes corporaciones a quienes reciben más de 90 por ciento de los ingresos que generan todos los estadunidenses.
La derrama y beneficios del plan probablemente se extenderán a otros países, uno de ellos México. La propuesta de Biden ha sido acogida con beneplácito por 80 por ciento de la población estadunidense, excluidos, por supuesto, los legisladores republicanos y sus líderes. Sólo queda por agregar que, contrario al hecho que irremediablemente plantea la finitud, hay quienes, para bien de todos, se atreven a continuar desafiándola, no importando la edad ni los obstáculos. Bienvenido el desafío.