sábado, 3 de abril de 2021

Vida y muerte en una gran ciudad.

500 años de la conquista de México-Tenochtitlan
Enrique Semo* / I
Este año de 2021 se conmemoran 700 años de la fundación de México-Tenochtitlan, 500 de su valerosa defensa contra los conquistadores y 200 de la consumación de la Independencia. Los artículos que siguen están dedicados a la gran capital de los mexicas en tiempos de la Conquista.
Una maravilla del ingenio humano: una ciudad de 300 mil habitantes, la más grande de su época, anfibia como Venecia. Fue construida inicialmente en una zona pantanosa, en dos islas: Tenochtitlan y Tlatelolco. Los esforzados habitantes supieron aprovechar los pantanos para ganar territorio al lago y los núcleos de población se fueron uniendo mediante la construcción de chinampas, no sólo las que servían como áreas de cultivo, sino también como base para la edificación de viviendas. Una de las técnicas de construcción más socorridas por mexicas y tlatelolcas es el uso de plataformas con cimientos de pilotes de madera que unen una apretada base de troncos que a su vez soportan las construcciones. Los centros ceremoniales y las casas de los nobles son de tezontle, piedra fuerte y porosa, de poco peso, fácil de tallar, con enlucido blanco; las de los comunes eran construcciones modestas de adobes o bien de madera y paja.
En los 15.3 kilómetros cuadrados de su superficie, la percepción del espacio difiere profundamente de la que seguían los europeos en sus ciudades feudales: México-Tenochtitlan es una combinación de lo urbano y lo campestre, un altépetl que incluye los dos elementos en una abigarrada unidad en que los jardines y los cultivos se combinan con los barrios apretados y las construcciones monumentales para crear un espectáculo original de gran belleza.
Las calles y los canales que cuadriculan la ciudad son –según Antonio de Solís– espaciosos y nivelados; las de agua contaban con numerosos puentes para la comunicación de los vecinos; las que únicamente eran de tierra habían sido hechas a mano. Y finalmente las calles mixtas de tierra y agua tienen a los lados un espacio por donde las personas podían caminar y en el centro un canal que permitía el paso de las canoas de diferentes dimensiones que transportaban pasajeros y mercancías. La conquista del suelo exige mucho trabajo, había braseros que desecaban la atmósfera y producían ceniza que a su vez enriquecía el suelo. Se plantaban sauces y se rellenaban los estanques y las partes más pantanosas para evitar que el lago avanzara. El tráfico de canoas que surcaban los canales de Tenochtitlan rondaba 50 mil embarcaciones, cuyos tamaños iban desde el personal a las de las trajineras que podían transportar a varias decenas de personas. Cortés asegura que el comercio principal se hacía en embarcaciones y Torquemada sostiene que no había vecino en toda la laguna que no tuviera una barquilla.
Los medios de transporte acuáticos representaban un ahorro sustancial respecto a los terrestres, que dependían exclusivamente de un sistema de miles de tamemes (cargadores profesionales). México-Tenochtitlan se unía a tierra firme mediante tres grandes calzadas. Hacia el sur, la calzada de Iztapalapa, que según los conquistadores media dos leguas de largo (unos 10 km), lo que la convertía en la calzada de mayor longitud conectando con los pueblos de las chinampas.
A la altura de Mexicaltzingo la calzada se dividía en dos direcciones, una hacia Iztapalapa y la otra hacia Coyoacán. Al norte, la calzada del Tepeyac unía a la ciudad con dicha población. Por último la calzada de Tlacopan (Tacuba) conectaba a Tenochtitlan con la capital de uno de los aliados de la Triple Alianza. Las calzadas más transitadas eran la de Iztapalapa en dirección sur y la de Tacuba en dirección occidental y, en menor medida, la del Tepeyac hacia el norte. Fuera de las calzadas había numerosos embarcaderos que permitían a la ciudad comunicarse directamente con cualquier punto en el complejo de lagos. Bernal Díaz describe así la entrada de los españoles por la calzada de Iztapalapa:
Íbamos por nuestra calzada adelante, la cual es ancha de ocho pasos, y va tan derecha a la ciudad de México, que me parece que no se torcía poco ni mucho, y aunque, toda iba llena de aquellas gentes que no cabían, unos que entraban en México y otros salían...
Para una sociedad en que la ideología es religión, se comprende que el centro de la ciudad sea ante todo un espacio ceremonial, pero también sede del poder político. Sobre aproximadamente 250 mil metros cuadrados se agrupaban las casas de las divinidades, de sacerdotes y sacerdotisas, los colegios, los patios, los lugares para el sacrificio, es decir, un conjunto de más de 60 grandes edificios. Dominando esta zona ceremonial, la pirámide del Templo Mayor se elevaba hacia el cielo. Los santuarios gemelos de Huitzilopochtli, colibrí zurdo, dios de la guerra, y de Tláloc, dios de la lluvia y los agricultores, ocupaban la cúspide. Dos tramos de escaleras conducían a esos oratorios desde donde la vista se extendía sobre la ciudad y los lagos, abarcando el conjunto del valle hasta los volcanes resplandecientes de nieve.
El Palacio de Moctezuma II era uno de los edificios más elaborados y grandiosos del imperio azteca. Estaba situado sobre el lado sur del Templo Mayor, donde actualmente se erige el Palacio Presidencial de México. Es un gran complejo que alberga mil guardias, sirvientes, cocineros y miembros del harem del rey. Aproximadamente 600 nobles estaban presentes en todo momento. El palacio estaba rodeado por un gran jardín, otros palacios menores, residencias, arsenales y otras estructuras para las órdenes militares.
* Historiador mexicano. Autor del libro La conquista, catástrofe de los pueblos originarios

El cuerpo esquizo
Ilán Semo
Se podrían imaginar dos leyendas sobre el destino de Thor, el hijo de Wotán –dios de la guerra– y de Jard, la Tierra. En la primera, Fenrir, un lobo gigante y siniestro, amenaza a los dioses constantemente. Éstos le tienden una trampa sutil que el lobo descubre, pero acepta someterse a ella bajo una sola condición: que el trato entre él y los dioses se selle con el lobo encajando sus fauces sobre la muñeca del dios Tyr. Y así sucedió. Fenrir devoró la mano de Tyr, y éste, al encadenarlo, devino el signatario de la justicia, los debates y las asambleas. En la segunda leyenda, Tyr ve cómo su mano vuelve a crecer y el lobo demanda devorarla de nuevo. La lucha se prolongará sin fin. El deseo de Fenrir se vuelve innumerable –para sostener el contrato– y la disponibilidad de Thyr también –para mantenerse como el signatario del orden–.
Para imaginar los emplazamientos simbólicos que se juegan en una pandemia cabría imaginar la sórdida lealtad que une al lobo con Tyr. Si se trata de una sola ocasión, el responsable de impartir justicia será el signatario –con todas las implicaciones que ello contrae–. Pero si el caso es de una innumerable repetición –si nos referimos a la pandemia, de una enfermedad infinita–, es la enfermedad misma la que se convertirá en la vigilante de la vida, relegando el lugar de los encargados del orden.
¿No es ahí acaso donde nos encontramos en la situación de la pandemia actual que asola en particular a las naciones de Occidente? (léase Europa y América). Si se revisan, aunque sea someramente, las estadísticas al respecto, se trata no de una sino de dos pandemias, o mejor dicho, de su entrecruzamiento: por un lado, la que ha desatado el Covid 19; por el otro, los así llamados factores de morbilidad, la diabetes y la hipertensión en particular, que la ciencia actual define como pandemias sistémicas.
La relación entre ambas es asimétrica. La mortandad producida tan sólo por la diabetes en las últimas dos décadas es, en términos proporcionales, decenas de veces mayor que la causada por el virus. Y sin embargo, nunca apareció el cuentacadáveres equivalente a López-Gatell o Fauci, que rindiera informes en los medios sobre sus efectos y las estrategias que se podrían seguir para enfrentarlos. ¿Por qué hay epidemias que paralizan a una sociedad entera, mientras otras cobran sus saldos en la desapercibida inercia de la vida cotidiana?
Todas las estrategias que se han seguido para enfrentar los estragos del Covid-19 tienen un denominador común: depositar en el individuo, y no en la sociedad, la responsabilidad sobre el propio cuerpo. Los gestos barrera (el cubrebocas, la sana distancia, el encierro, etcétera) no producen actos de solidaridad. Menos de duelo compartido. Son las reglas de una radical individuación. Si se suman el desempleo, los colapsos familiares y el hundimiento de expectativas, el panorama es elocuente: cuerpos esquizos, rotos, deambulando en su propio aislamiento. A flote tan sólo por la esperanza de ser salvados por una vacuna que no hará más que afirmar su soledad. No es que las vacunas no surtan su probable efecto (mucho más lento de lo esperado, por lo visto), sino que la retórica que la sostiene eclipsa todas las dimensiones en que la sociedad podría actuar de manera asociada. El virus cayó como anillo al dedo para hundir a las técnicas de gobierno en la peor versión de la biopolítica: un sálvese quien pueda y quien cuente con recursos para lograrlo.
La diabetes, por el contrario, no resulta de un virus, sino de un laberinto mucho más intrincado: las fábricas de una industria alimentaria que han hecho del cuerpo una obsolescencia anticipada. Una vida entregada a consumir medicamentos para reparar lo irreparable: no la dependencia de la comida chatarra, sino de la chatarra que hoy contiene toda la comida contemporánea. Y el argumento es siempre el mismo: en última instancia, tú eres el culpable de tu diabetes y la que espera a tus hijos. Nada más falso. Vivimos en una sociedad entrecruzada por la neurosis de acceder a los espectáculos de la comida y replegarse en dietas interminables; en el caso crítico, entre la bulimia y la anorexia. Una sociedad dedicada, en todos sus niveles, a preservar el deseo insatisfecho por los agentes de un deseo del que todos quieren, en cierto momento, liberarse.
Porque la lógica del capital bulímico –si así se le puede llamar– está dedicada no a abaratar los precios de lo que se consume –el argumento tradicional–, sino a crear dependencias. De eso trata toda la industria alimentaria actual: desde la masacre cotidiana de animales insuflados con hormonas y enzimas para lucir suculentos, ya descuartizados, en el supermercado, hasta los sulfitos con los que se preservan las marcas más lucrativas de vinos.
Tal como se entiende hoy en día, el combate a la diabetes hace del cuerpo una cosa que deviene una causa de sí misma. Sólo para reforzar al capital bulímico. En ello el animalismo tiene un punto fuerte: ¿no ha sido la masacre de animales la que ha producido los virus de las pandemias recientes?
Hasta que llegó la crisis. La pandemia provocada por un virus se conjugó con las pandemias sistémicas. ¿Cuántas de las muertes actuales no fueron preparadas por esa industria? Este dilema, y no las políticas de individuación, deberían regir el debate. Y no simplemente para colgar amuletos con el Exceso de sodio y calorías que hacen más coloridos los templos de Oxxo.