Hace unos días, en su conferencia matutina, el presidente López Obrador propuso incluir dentro de nuestras celebraciones, la conmemoración de la soberanía nacional el 18 de marzo, en el marco del aniversario de la Expropiación Petrolera en la administración del presidente Lázaro Cárdenas.
Cuando hacemos hincapié en la transformación por la que atraviesa México no nos referimos únicamente a la resolución de las problemáticas estructurales que frenaban el pleno desarrollo; también enunciamos la recuperación de la soberanía nacional en varias escalas. Este tema permanece en nuestro horizonte político y social porque es esencial para el fortalecimiento y avance que buscamos.
En los últimos cuatro años hemos ampliado y robustecido nuestras relaciones comerciales y diplomáticas con la región norte y sur del continente, marcando pautas saludables y democráticas. Empero, en la actual administración también dirigimos esfuerzos en articular una política de soberanía alimentaria, energética, laboral y cultural, entre otras aristas, para recuperar la historia mexicana en su conjunto con miras a fortalecer la identidad nacional. En suma, recobrar la soberanía mexicana es recuperar un elemento vital para el crecimiento autónomo del país.
El espíritu del concepto de defensa de la soberanía consiste en el derecho de una nación para decidir sobre sus riquezas y el manejo de éstas; es ese poder de, a través del Estado, emplear los recursos según el beneficio del país, buscando el desarrollo sustentable y equitativo. Las recientes reformas, al igual que las proyectadas para el futuro, en los temas de energía, minería y aeronáutica son un ejercicio de soberanía, pues las modificaciones se orientan en favor de los mexicanos. Asimismo, garantizan el derecho de las futuras generaciones a exigir que el Estado explote los recursos del modo más provechoso en ese contexto; aseguramos que nuestra riqueza natural se dirija a la población y no en beneficio de algunas empresas nacionales y extranjeras que sólo buscan depredar nuestro territorio.
Si bien en México tenemos una inmensa riqueza de recursos minerales, la grave realidad es que las administraciones pasadas no sólo no protegieron suficientemente los procesos de explotación mineral, sino que además, fueron los responsables de su descontrolado aprovechamiento, resultando en una serie de obstáculos para el correcto desarrollo de la industria y pasando por alto la soberanía nacional. Frente a estas dos situaciones, hemos apostado por la nacionalización de los minerales estratégicos, con la intención de que genuinamente beneficien al país. La protección del litio muestra una visión clara de defensa nacional, soberanía e integración regional, pues es clave en la transición energética de las próximas décadas y esencial en la producción de baterías y automóviles eléctricos; por tanto, será pieza central en el crecimiento económico mexicano. América Latina en su conjunto concentra cerca de 60 por ciento de las reservas de litio del mundo y México ocupa el décimo lugar en riqueza de este recurso. Por lo anterior, es que seguiré impulsando la reforma integral a la Ley Minera, que reivindique el trabajo de los mineros, proteja a nuestras comunidades, amplíe la posibilidad de competencia comercial y cuide el impacto ambiental de la industria. En ese sentido, la explotación minera deberá buscar la cooperación internacional para fomentar la prosperidad compartida en la región latinoamericana.
Respecto de la soberanía energética, es importante considerar que las naciones tienen el derecho de tomar sus propias decisiones en la generación, consumo y distribución de energía, de modo tal que la explotación de los recursos sea apropiada a las circunstancias ecológicas y promueva mejoras en lo económico, cultural y social. Un país autónomo energéticamente tiene la capacidad de transformar las estructuras del poder que sólo impactan positivamente a las cúpulas empresariales o políticas, construyendo realidades desde abajo, que verdaderamente favorezcan a la población. Nuevamente, la actual administración se ha enfocado en salvaguardar y promover la soberanía: la reforma energética logró mantener la propiedad de la nación sobre los hidrocarburos, además de modernizar y vigorizar a Petróleos Mexicanos (Pemex) y a la Comisión Federal de Electricidad (CFE) para lograr empresas completamente públicas y al servicio del pueblo. Dicha reforma permite que México ejerza, exclusivamente, el control y la planeación del sistema eléctrico nacional, beneficiando un sistema competitivo que reduzca los precios de la energía eléctrica. Precisamente aquí observamos que procurar la soberanía protege y suscita un mayor desarrollo nacional, con una mejor proyección al futuro.
Por último, la industria aeronáutica también atraviesa cambios sustanciales en términos de autonomía. Este sector es vital para aumentar nuestros alcances económicos, militares, tecnológicos y de seguridad nacional. La infraestructura que precisa México para establecer mayor conectividad y colocarnos junto a naciones más avanzadas en esta área implica concentrar esfuerzos en adecuar el marco legal aeroportuario y aeronáutico. El Presidente presentó una iniciativa ante la Cámara de Diputados para reformar 218 artículos de la Ley de Aviación Civil y la Ley de Aeropuertos. Aunada a la inversión en la renovación y modernización de los aeropuertos nacionales, la construcción del Aeropuerto Internacional Felipe Ángeles y el aeropuerto de Tulum, también se trabaja para recuperar la categoría uno en seguridad aérea. En efecto, los estados que tienen más capacidades de defensa y salvaguarda de su soberanía aérea y marítima pueden prevenir, con mayor eficacia, influencias e intervenciones externas.
En el fondo, además de ser un elemento indispensable en el desarrollo económico, la soberanía nacional es imprescindible para fortalecer y proteger nuestra democracia. Si bien nuestras relaciones comerciales tienden a la solidaridad y la cooperación, estas características sólo son posibles cuando salvaguardamos nuestra autonomía: precisamente ahí encontramos un viraje entre los vínculos internacionales de dependencia y los de ayuda mutua. Además, un principio democrático es el cuidado de su población, priorizando su avance y progreso. Cuando los recursos pertenecen al pueblo, las decisiones políticas se orientan a la voluntad general y no se adecuan a los intereses externos que, en muchas ocasiones, no tienen como objetivo primario la ganancia mexicana. En esa línea, proteger y procurar la autonomía energética, mineral y aeronáutica es un acto de cuidado de nuestros recursos, un compromiso con el futuro de las próximas generaciones y, por tanto, es un amparo de la democracia.
Gente terriblemente normal
Rosa Miriam Elizalde
La nueva banalidad del mal es el turismo, capaz de convertir en objeto de consumo un campo de concentración nazi, donde 200 mil personas fueron recluidas entre 1936 y 1945. En Sachsenhausen, cerca de Berlín, más de 30 mil murieron a causa de enfermedades, hambre, experimentos médicos, torturas o la cámara de gas.
Fue un centro concebido por su líder, Heinrich Himmler, como un campo modelo de su política de exterminio, que comenzó encarcelando a adversarios del régimen fascista, pero luego incluyó a todos los que los nazis consideraban inferiores racial o biológicamente. A partir de 1939, incluyó a los ciudadanos de los países ocupados por Alemania. Entre todos ellos hubo comunistas, socialistas, anarquistas, negros, gitanos, homosexuales, judíos, católicos, evangélicos y soldados de diferentes ejércitos.
El régimen nazi estuvo desde sus inicios inextricablemente unido a la brutalización de la política, a la necesidad de purificar con la violencia una sociedad decadente, como la Alemania del Tercer Reich. Lo hizo además construyendo una maquinaria perfecta de dolor y muerte como este campo de concentración que, mirado desde lejos, parece armado de bloques perfectos y ordenados, como un juego de Lego en que las piezas más inocentes pueden ser pervertidas y transformadas en elementos de destrucción.
Mientras caminas por ahí, una guía electrónica que te colocas en la oreja te va contando en tono impersonal cuál era la función de cada bloque, y no pierde ocasión para reiterar que los soviéticos que liberaron a los prisioneros en abril de 1945 cometieron tantos abusos como los nazis. Olvida muchos detalles, como que después de la guerra, apenas 6 por ciento de los soldados alemanes de Sachsenhausen fueron juzgados. Si se te ocurre pasar por la casa de Bertolt Brecht en Berlín oriental, convertida en museo, la empleada a cargo tratará de convencerte de que el autor de La ópera de los tres centavos y El círculo de tiza caucasiano no era tan marxista como él mismo se empeña en subrayar en toda su obra.
Estoy en Berlín, invitada a la Conferencia Rosa Luxemburgo, que cada año recuerda a la brillante intelectual marxista, ejecutada con un disparo en la nuca el mismo día en que le dispararon por la espalda a su compañero de luchas, Karl Liebknecht, el 15 de enero de 1919. Los que cometieron esos crímenes más tarde ayudaron a Hitler a alzarse con el poder. Para la filósofa Hannah Arendt, el asesinato de Rosa y Liebknecht supuso un punto de inflexión en la historia, que definió como la línea que separaba la Alemania de antes y de después de la Primera Guerra Mundial.
El sentimiento que impera ahora entre la izquierda alemana es de suma preocupación, porque de nuevo se ha cruzado la línea. El vocero del gobierno federal, Steffen Hebestreit, confirmó el envío de tanques Leopard a Ucrania con el argumento de que para Alemania es una cuestión de vida o muerte con respecto a la defensa del propio país. Los discípulos del general prusiano Clausewitz se empeñan en creer que es mejor una buena guerra que una mala paz, y resuenan los tambores de lo que podría acabar siendo una tercera guerra mundial.
Si la lógica de las armas intenta conducir a Alemania rearmada hacia una conflagración mundial devastadora, las armas de la lógica hace rato legislan y gobiernan las subjetividades, al punto de que algunos de los turistas de Sachsenhausen, sin el más mínimo pudor, se toman selfies haciendo equilibrio sobre las ruinas de una cámara de gas. El determinismo económico más grosero, la eliminación de referentes históricos y la perspectiva de futuro, la trivialización y la manipulación de la vida, ni siquiera tienen que cruzar los límites del sentido común. Están aquí, con violencia literal y tácita normalizada en los medios de comunicación y las plataformas sociales.
La banalidad del mal es la negación del pensamiento. Hannah Arendt acuñó el concepto tras presenciar el juicio al oficial nazi Adolf Eichmann, de quien ella afirmó que era un hombre terriblemente y temiblemente normal, un burócrata, parte de un engranaje asesino. Él se había limitado a hacer la parte que le correspondía. El mal no olía a azufre ni tenía cuernos. Era banal, era un buen vecino, gente como uno. Gente que consume y crea comida rápida virtual de cualquier cosa y sin pensar demasiado, mientras Berlín envía 14 Leopard a la guerra.