lunes, 13 de febrero de 2023

Popularidad, relección y legado.

Arturo Balderas Rodríguez
El martes de la semana pasada, el presidente de Estados Unidos, Joseph Biden, dio su segundo Informe a la Nación ante el pleno del Congreso. La contundencia con que destacó los logros de su administración fue algo que no había hecho en lo que va de su mandato: recuperación económica sin precedentes, después de la crisis producida por la pandemia; el mayor gasto en infraestructura de los últimos 70 años; reducción paulatina de la inflación; la menor tasa de desempleo de 53 años a la fecha, y baja en el costo de las medicinas. Destacó que fue el eje en el apoyo a Ucrania por parte de la comunidad internacional en respuesta al ataque de Rusia; etcétera. También fue importante su campaña en favor de los candidatos demócratas para evitar su derrumbe en la elección reciente, cuando se esperaba que perdieran ambas cámaras legislativas por amplio margen. A fin de cuentas, lograron conservar el Senado, y en la Cámara de Representantes la perdieron por nueve personas: 222 republicanos por 213 demócratas.
Durante su discurso puso en evidencia la conducta infantil de los legisladores republicanos, quienes, con gritos y silbidos, lo interrumpieron en varias ocasiones cuando mencionó que el seguro social no se tocaría, no reducirían los recursos que se destinan a esa institución y no permitiría que el país dejara de pagar sus deudas por la necedad de la oposición de condicionar la ampliación del límite de la deuda.
A pesar de los indudables logros en la gestión del presidente, cabe preguntar las razones de por qué su nivel de popularidad es de 45 por ciento, uno de los más bajos que haya tenido un mandatario en el segundo año de su gestión, tomando en cuenta que Biden, a diferencia de otros Ejecutivos, tuvo que enfrentar una grave crisis económica, demostrando su capacidad para superarla, como muestran las evidencias. Especialistas y observadores políticos no tienen una respuesta clara de por qué su bajo nivel de popularidad. Para algunos, tiene que ver el bajo perfil y el carisma un poco anquilosado del mandatario, para otros, con la polarización extrema del país. Otros más piensan que es resultado de la escasa difusión de sus logros y lo poco que la sociedad en general sabe de ellos. Pero, en el fondo de todas las especulaciones, yace una que parece ser determinante en su baja popularidad: su edad y la posibilidad de su relección.
En tal sentido, una de las razones que parecen ilustrar esa circunstancia es la cautela que han manifestado sus propios compañeros de partido con respecto a que una persona de más de 80 años conduzca los destinos de país más poderoso del orbe, con independencia del respeto que todos le guardan y de ser el más prominente miembro de su propio partido.
Ejemplo de ello es la cautela con que dos editorialistas, del New York Times, Michelle Goldberg y Frank Bruni, cuya característica es la objetividad y la mesura en sus juicios, se refieren al tema. Además del justo reconocimiento que ambos hacen por los logros del Ejecutivo, consideran que para Biden el riesgo es grande en una campaña para relegirse, por los desvelos y las turbulencias que implica, no sólo en el trance de una votación primaria, sino en la campaña por la presidencia en la que su oponente –Trump o cualquiera que sea el postulado republicano– no le perdonará el mínimo tropiezo. El desgaste derivado de los meses que dura esa empresa, con el añadido de sus obligaciones inherentes al gobierno, sería excesivo para cualquier persona de su edad. Coloquialmente, se pudiera rubricar: Biden ya no está para esos trotes. A esto cabe agregar que, en caso de que durante su segundo periodo la salud del presidente sufriera un tropiezo, quien lo supliera sería la vicepresidenta Kamala Harris, cuya visibilidad es casi nula, lo que aumenta las dudas de los demócratas. No hay necesidad de correr esos riesgos, parece ser la conclusión de ambos editorialistas, y con ellos la de muchos otros que aplauden al mandatario y reconocen la importancia de su legado.

Inflación pegajosa
León Bendesky
La tasa de interés que fija el Banco de México como referencia en el sistema financiero, la llamada tasa objetivo, se elevó el pasado 9 de febrero hasta un nivel de 11 por ciento. La inflación, entretanto, registró en enero una tasa mensual de 0.68 por ciento y 7.91 por ciento en términos anuales; por arriba de las del mes anterior.
La carrera entre la subida de los precios y las tasas de interés se ha extendido desde abril de 2020. Entonces la inflación anual fue 2.15 por ciento y en un comportamiento de zigzag volvió a repuntar en enero.
El alza de los precios y su alto nivel siguen siendo muy significativos y onerosos para la mayoría de los consumidores. La reacción de la política monetaria del banco central no fue la esperada por la cuantía y causó sorpresa en los mercados. La situación puede verse como la imagen de un perro tratando de morderse la cola.
Un largo periodo de tendencia inflacionaria al alza como la que prevalece en el país se dio anteriormente entre diciembre de 2015 con 2.13 por ciento y diciembre de 2017 con 6.77 por ciento. Las condiciones hoy son distintas.
Esta vez, los orígenes de la inflación alta y persistente se han ubicado preferentemente en las repercusiones de fenómenos como: la pandemia, las restricciones en el abasto de una serie de componentes industriales, el encarecimiento de alimentos y productos energéticos por la guerra que se desarrolla en Europa.
Los bancos centrales liderados por la Reserva Federal han usado el instrumento de las tasas en aumento, para contener la inflación. Al respecto ha habido una intensa discusión entre cuyos elementos está la capacidad de prever la tasa de inflación (véase https://www.imf.org/en/Publications/ fandd/issues/2023/03/the-costs-of-misreading-inflation-jonathan-ostry). Se puede decir que estamos en un momento, todavía poco claro, con respecto a la interacción de los precios y tasas; el proceso aun no se estabiliza.
La situación genera precios más altos y diferenciados entre las mercancías y los servicios, además de su efecto entre los diversos segmentos de la población y de las empresas. Igualmente, provoca ventajas para unos agentes económicos y costos para otros, en particular entre deudores y acreedores en el entramado de deudas en el mercado. El perro sigue persiguiéndose la cola.
Se ha dicho que el 0.68 por ciento mensual de enero es poco significativo: pero es claro que no se trata de la cifra por sí misma, sino del proceso acumulado de inflación y sus repercusiones adversas. La capacidad de consumo se ha ido deteriorando durante muchos meses. Se han castigado los ingresos derivados del trabajo, sea este formal o informal. De la misma manera, el creciente costo del crédito incide de modo negativo en el gasto en inversión productiva de las empresas, con un impacto mayor claramente sobre las de menor tamaño.
Hay otro efecto que no debe perderse de vista. Tiene que ver con la entrada de recursos que provoca el diferencial de tasas de interés con respecto de otros países, especialmente Estados Unidos. La reciente alza de la tasa de interés hasta 11 por ciento revaluó el peso 1.1 por ciento alcanzado una paridad de 18.73 por dólar.
La entrada de dólares revalúa al peso, pero su destino en el mercado de deuda pública acrecienta su costo cada vez que se aumenta la tasa de interés. Ese costo lo pagamos todos los ciudadanos mediante los impuestos. El gobierno, en esencia, no tiene recursos propios, aunque se asienten en las cuentas públicas y en las de empresas bajo control del Estado.
El subgobernador de Banco de México Jonathan Heath, buen y constante comunicador de la política monetaria en curso, ha expuesto claramente el modo de actuar en ese organismo. En su cuenta de Twitter ha asentado que: La política monetaria sube tasas de interés en el corto plazo para reducir la inflación y así tener tasas de interés más bajas en el mediano y largo plazos. El asunto es, precisamente, cuál es el corto y el largo plazos. Luego está la cuestión de la efectividad de mover la tasa de interés para conseguir menor inflación y, eventualmente, más crecimiento del producto. El argumento es abstracto, pero finalmente es frenar el gasto hoy para gastar más mañana. El hoy se conoce, no así el mañana.
Añade Heath que la política monetaria apoya al crecimiento contribuyendo con tasas de interés lo más bajas posibles y que esto se alcanza buscando tener la inflación y sus expectativas lo más bajo posible. Se entiende el dicho, pero es más complicado situar el razonamiento en el momento en que la inflación se ha extendido por muchos meses, es muy alta y aun no cede; cuando los intereses están por los cielos. Afirma que la mejor política monetaria ocurre en un ambiente de estabilidad de precios, pero hoy la estabilidad financiera no tiene asidero.
La dimensión temporal de los fenómenos sociales, en este caso centrados en la economía no son tan flexibles y asimilables como el pronunciamiento de la política monetaria lo sugiere. El problema que no debería eludirse, corresponde a la evolución en el trayecto y las distorsiones sociales, productivas y financieras que se provocan y que no desaparecen una vez que cede la inflación.