sábado, 18 de abril de 2026

A Orbán se le han acabado los enemigos.

Beñat Zaldua
La política, como la vida, tiene giros inesperados. Por eso nos gusta. Por ejemplo, ¿quién nos iba a decir que nos íbamos a alegrar de la victoria de un candidato conservador en un país europeo? Tan atrás habíamos ido, que aquí estamos ahora mismo, celebrando la victoria de Péter Magyar en Hungría. Sí, celebrándola. Ya nos han recordado que es muy de derechas, que odia a los migrantes e, ideológicamente, lo separa un suspiro de Viktor Orbán. Ok.
Pero, era Orbán el que había recibido todo el apoyo de la extrema derecha occidental, empezando por Donald Trump y su vicepresidente, JD Vance, que participó directamente en la campaña con un mitin en Budapest. Era Orbán el que llevaba 16 años minando los derechos de la mujer, haciendo la vida imposible a migrantes y refugiados, y poniendo cada pliegue del Estado a su servicio, desde el Poder Judicial al control mediático, pasando por un sistema electoral que diseñó para asegurarse amplias mayorías, pero que ahora se le giró en contra. Con 52 por ciento de los votos, Magyar obtuvo 69 por ciento de los asientos en el nuevo Parlamento. Una mayoría de dos tercios que le permite revertir las reformas constitucionales de Orbán.
Pero identificar a todos los votantes de Magyar con su línea ideológica no parece muy inteligente en un Parlamento en el que no hay ni un sólo representante de partidos de izquierda. ¿No quedan votantes progresistas en Hungría? Quizá sea más ajustado a la realidad pensar que Magyar acaparó un voto útil masivo ante la oportunidad, real por primera vez en 16 años, de dar una patada en el trasero a Orbán. Se estima que 70 por ciento de los jóvenes apostaron por él.
Qué será de Hungría a partir de ahora, no lo sabe nadie. No merece la pena perder demasiado tiempo en cábalas. Bastante tenemos con tratar de situar las cosas e intentar entender las lecciones húngaras.
La derrota de Orbán no es un caso aislado. Hace un mes, Giorgia Meloni vio roto su idilio con el votante italiano que tumbó su primer intento, sigiloso y sutil, de empezar a mover los cimientos del Estado italiano a través de una reforma judicial. El mismo fin de semana, Janesz Janša, ex primer ministro de Eslovenia, amigo de Orbán, volvió a perder las elecciones de su país pese a tener todas las encuestas a favor. A estas derrotas electorales se suma el monumental descrédito acumulado por el señor de todas las bestias, Donald Trump, encallado en el estrecho de Ormuz. La imparable corriente que empujaba para arriba a la extrema derecha ha perdido fuerza en aguas del golfo Pérsico. Tanto que, hasta Meloni, cuya mayor baza en Bruselas era la interlocución directa con la Casa Blanca, acaba de plantar a Estados Unidos e Israel. La batalla abierta con el Papa es el último despropósito de una larga lista. Roma está más cerca del Vaticano que de Washington.
Si es verdad que el freno en el ascenso de la extrema derecha es una tendencia general en diversos países, debe tener rasgos compartidos en todos ellos. Explicaciones comunes. ¿Hungría nos deja alguna lección al respecto?
Las causas de la derrota de Orbán hay que buscarlas sobre todo en la economía. Los numerosos casos de corrupción y el hartazgo ante el sistema clientelar desarrollado por el partido de gobierno, Fidesz, han ido haciendo mella, por supuesto, pero ha sido el paupérrimo desempeño económico de los últimos cuatro años el que ha sentenciado a Orbán. Sentirse más pobres que los vecinos rumanos es humillante para el torturado orgullo nacional húngaro. La inflación galopante, el desmantelamiento progresivo del estado de bienestar y la pérdida de calidad de vida, en resumen, han hecho más en contra de Orbán que su relación con Moscú o la corrupción.
Pero a la causa económica principal, investigadores como Robert Csehi añaden un elemento sugerente. Este politólogo, autor de una extensa monografía sobre los años de Orbán en el gobierno, considera que una de las claves de su éxito ha sido la permanente reconstrucción del “pueblo”, del sujeto de soberanía, frente al cual ha ido redefiniendo también de forma constante la “élite” y otros “enemigos” de ese pueblo. “Cada cuatro años había un nuevo enemigo y una nueva élite que conspiraba contra Hungría y el gobierno”, explica.
Por ese catálogo de adversarios en constante renovación han pasado, entre otros, la antigua clase dirigente húngara, el feminismo, los funcionarios de Bruselas, los refugiados y Volodymir Zelensky. Esta inventiva, según Csehi, se ha secado. El principal tema de campaña de Orbán ha sido la guerra de Ucrania y sus consecuencias, el mismo marco con el que ya concurrió a las elecciones parlamentarias de 2022 y a las europeas de 2024. La capacidad de encontrar nuevos culpables a viejas crisis se ha extinguido, lo que lleva a Csehi a concluir que su discurso “se ha vuelto menos ceativo, ha perdido su novedad”.
Hay, por lo tanto, un discurso agotado que ya no logra tapar una gestión económica deficiente. En ese momento emerge la alternativa. Y como aquí hemos venido a construir esperanza, ¿por qué no pensar en que Trump, Milei y toda la pléyade de autócratas pueden seguir la misma pauta?

Edición génica, un hacha desafilada
Silvia Ribeiro
La edición génica (o edición genética o genómica) refiere a un conjunto de nuevas biotecnologías para manipular el genoma de los seres vivos: plantas, animales y microorganismos. Pese a que las empresas de transgénicos y sus promotores la presentan como una tecnología “más exacta”, que permite alterar con precisión los genomas, la realidad contradice esta afirmación. Pero aun si así fuera, no significa que estas alteraciones sean inocuas. Los organismos manipulados con edición génica conllevan una enorme cantidad de incertidumbres y nuevos riesgos: al medio ambiente y a la biodiversidad, a la salud de plantas, animales y humanos, a los sistemas de alimentación campesinos, a la seguridad y soberanía alimentarias. Aquí siguen algunas de las razones para ello.
Toda edición génica es ingeniería genética. La técnica más usada es CRISPR, una construcción sintética que imita la de una bacteria, a la que se le adosa un sistema asociado para alterar el genoma (Cas). Se le ha llamado “GPS con tijeras”, porque puede reconocer un sitio específico en un genoma y cortar las dos hebras del ADN. Ese corte daña al gen y puede silenciarlo, o si se inserta nuevo material genético es un transgénico. En todos los casos altera las funciones naturales del organismo.
La edición génica no es precisa. Aunque con CRISPR-Cas se pueda intervenir en un sitio elegido como objetivo, ahí termina la supuesta precisión. La “reparación” de esa rotura no puede ser controlada por quien usa la técnica y en muchos casos es defectuosa, con impactos imprevistos. Además, es frecuente que CRISPR-Cas cause mutaciones no intencionales en otras partes del genoma, con efectos potencialmente peligrosos y alterar funciones vitales de los organismos. Por ejemplo, se han encontrado vértebras extras en cerdos manipulados con CRISPR para tener más músculo, para lo cual los científicos no tienen explicación. Los cambios inesperados en el genoma derivados de CRISPR son tantos que Georges Church, de Harvard, llamó a CRISPR “un hacha desafilada”. Agregó: “Le llaman edición, pero en realidad es vandalismo genómico”. (https://tinyurl.com/bdemuzps).
Es riesgosa y los productos no son seguros. Por las incertidumbres y falta de control de la edición génica, los productos resultantes pueden ser riesgosos para el consumo. Las alteraciones genómicas, intencionales o no, pueden ser origen de alergias, toxicidades y/o exacerbar esas propiedades en productos de consumo. También pueden producir resistencia a antibióticos en humanos y animales, un grave problema de salud en el mundo. Esto debido a que usan plásmidos para introducir CRISPR-Cas a los organismos, una molécula de ADN de bacterias que se ha asociado a la trasferencia de genes con resistencia a antibióticos. (https://tinyurl.com/CortandoGenes).
Expande el uso de agrotóxicos. Se afirma que los productos de edición génica tendrían beneficios nutricionales, resistencia a la sequía, a plagas, etc. Pero un gran porcentaje está manipulado para hacerlos tolerantes a nuevos agrotóxicos aún más peligrosos, porque las malezas se han hecho resistentes a los más usados por los transgénicos. Adicionalmente, la industria quiere desarrollar con CRISPR-Cas “impulsores genéticos”, una técnica de edición génica de alta peligrosidad, para que las malezas vuelvan a ser susceptibles a glifosato y otros agrotóxicos, o para extinguir especies enteras de malezas y plagas.
No es “mejoramiento” convencional. La industria y científicos afines afirman que si no detectan material genético foráneo en una planta “editada”, sería igual que una de mejoramiento convencional y no es transgénica. Esto es una falsedad, ya que las alteraciones que se provocan en el genoma nunca ocurrirían de forma natural. También es falso que no se puedan detectar los cambios genómicos y que no se introduce nuevo material genético, intencional o no, por ejemplo, de plásmidos. Para supervisarlos, habría que adecuar los métodos de detección y análisis de riesgo, pero eso es lo que la industria quiere evitar.
No hay bioseguridad ni información a productores y consumidores. Con el falso argumento de que los organismos editados no serían transgénicos si no se detecta ADN ajeno en el producto final, la industria ha conseguido cambiar las normas de bioseguridad de 11 países en América Latina para evadir las evaluaciones de riesgo y bioseguridad. También que no se informe al público, porque se comercializan como cultivos convencionales. Es muy grave, porque son productos manipulados genéticamente que acarrean nuevos riesgos.
Asalto a productos básicos de la alimentación humana. La mayor parte de la manipulación edición génica en nuestro continente se está haciendo con arroz y varios países lo han liberado para siembra y venta como “cultivo convencional”, también con trigo manipulado genéticamente, bajo las falsas premisas descritas arriba. Son cultivos que van directamente a la alimentación humana y que pueden llegar a nuestra mesa sin que sepamos de sus riesgos.
Controlada por grandes de agronegocios y transgénicos. Corteva, Bayer-Monsanto y Syngenta controlan la vasta mayoría de patentes de CRISPR-Cas en agricultura. Aunque surjan nuevos nombres, de empresas que parecen “nacionales”, como Bioheuris en Argentina o Neocrop en Chile, en realidad dependen de las trasnacionales de agronegocios para comercializar sus productos.
Fuente: GMWatch, Mitos y riesgos de la edición génica (https://tinyurl.com/zruy9wrc).

Riesgo de guerra mundial si las potencias no se moderan
Reunión del APEC, oportunidad de diálogo: académico chino
▲ Shenzhen, ubicada en la costa sur de China y colindante con Hong Kong, se convirtió en la primera Zona Económica Especial del país en agosto de 1980. Este pequeño poblado pesquero se transformó con el tiempo en una metrópoli cosmopolita cuyo producto interno bruto alcanzó 3.8 billones de yuanes en 2025, con lo cual se situó en tercer lugar nacional. Conocida como el “Silicon Valley de China” y el “centro tecnológico del sur”, es un polo industrial estratégico y sede de compañías como Huawei y BYD. Esta ciudad, que albergará la reunión del APEC en noviembre, busca convertirse en el centro económico de mayor influencia global y en uno de los motores de la modernización china.Foto tomada del sitio del APEC 2026
Dora Villanueva   Enviada
Periódico La Jornada  Sábado 18 de abril de 2026, p. 12
Pekín. En términos del número de países involucrados y personas afectadas, “estamos al borde de una tercera guerra mundial si algunas potencias o hegemonías no ejercen restricciones, especialmente en lo que respecta a maximizar sus propios intereses”, consideró Ran Jijun, decano del Departamento de Inglés de la Universidad de Asuntos Exteriores de China, afiliada al ministerio de Asuntos Exteriores.
En un mundo sacudido por pugnas económicas y militares, destacó el académico, el Foro de Cooperación Económica Asia-Pacífico (APEC), que se reunirá en noviembre en Shenzhen, China, puede convertirse en una plataformas para que los líderes políticos “encuentren una solución a los conflictos actuales”, aunque, enfatizó, es un espacio centrado en la cooperación económica.
El peso de la APEC no es menor. El foro no sólo incluye a Estados Unidos y China; las 21 economías que la conforman –entre ellas Japón, Canadá, Rusia, México, Corea del Sur e Indonesia– concentran la mitad del comercio global, 60 por ciento del producto bruto mundial y un tercio de la población.
Sin embargo, es un espacio de diálogo sobre comercio, inversión y cooperación económica, no geopolítica, y sus determinaciones no son vinculantes para sus “economías” (no Estados miembros).
Ran Jijun detalló que la idea de crear el APEC surgió en 1989, cuando la guerra fría estaba llegando a su fin y las tensiones internacionales comenzaban a relajarse. La cooperación económica estaba remplazando la confrontación militar como prioridad en las relaciones internacionales. Los países europeos se alistaban para establecer un mercado único, lo que también generó una presión competitiva para la región de Asia-Pacífico, explicó el académico.
Hoy el paradigma es otro. Sobre todo desde 2017, cuando, en su primer mandato, el estadunidense Donald Trump lanzó su primera estrategia de seguridad nacional que definía a China como un competidor estratégico. El año no es casual, explicó Ran Jijun. En 2017 el PIB de la potencia asiática equivalía a más del 66 por ciento del estadunidense.
Esto ha llevado a que Estados Unidos obligue a otros países a tomar partido, mientras China permanece abierta, sostuvo.
“Estamos desarrollando un modelo basado en la asociación en lugar de la alianza, lo que permite crear oportunidades de beneficios recíprocos para todos los miembros que participan en ella”, destacó. El problema con el concepto de alianza, amplió, es que “los países no están en condiciones de igualdad. Los miembros de menor envergadura terminan pagando más y recibiendo menos. Hoy se suele comentar que la alianza ya no se trata de la política del palo y la zanahoria. Sólo existe el palo”.
Añadió que el mundo está “experimentando cambios que tal vez no se habían visto en 100 años”, lo que obliga a preguntar si se puede seguir con una comunidad dinámica y en armonía. “Creo que ello dependerá de los esfuerzos conjuntos y concertados de todas las economías involucradas (...) En el contexto actual, China necesita cada vez más al resto del mundo y viceversa”.