Foto Iberdrola / archivo Foto autor
Beñat Zaldua
02 de mayo de 2026 00:01
Berlín, París, Madrid. Gas, nuclear, renovable. La pugna por la base energética de la industria europea del futuro está abierta de par en par y el campo de batalla es, ahora mismo, la Ley de Aceleración Industrial (IAA, por sus siglas en inglés) que se está debatiendo en la Unión Europea. No va a ser una directiva más, va a marcar el terreno de juego del desarrollo económico de las próximas décadas y va a decantar qué zonas y qué sectores lo van a protagonizar.
Esta norma, cuyo borrador presentaron en marzo, tiene múltiples capas de análisis. No van a caber todas aquí, pero son dos las que nos interesan. La primera es la que viene ocupando titulares y tiene como protagonista a China. La iniciativa europea, que también ha sido bautizada como “Ley Made in Europe”, busca revitalizar la deprimida industria europea y quiere, para ello, movilizar ayudas de Estado, financiación y subvenciones largamente demonizadas por la ortodoxia financiera impuesta por Alemania. Eso ya es noticia.
Pero entre las medidas para impulsar las fábricas del continente, Bruselas también ha incluido importantes medidas para defender la producción propia y controlar la inversión extranjera, especialmente la procedente de China, que ya ha amenazado con represalias. Pero si el pulso externo con Pekín se presenta intenso, no lo es menos la soterrada pugna desatada entre socios europeos.
En juego, la matriz energética de la industria del futuro. La IAA, que originalmente se llamaba “Ley aceleradora de la descarbonización”, no deja de ser un intento de combinar dos necesidades urgentes, conciliables en algunos aspectos y territorios, difícilmente compatibles en otros. Hablamos de la reindustrialización europea –con la que Bruselas aspira a recuperar la competitividad pérdida– y la transición energética que un día Europa aspiró a liderar.
Esta última llega a modo de mandamiento por la crisis climática, que exige dejar atrás los combustibles fósiles, pero también, conviene no llamarse a engaño, porque en el mundo que se está dibujando, la dependencia energética se paga muy cara. Europa tiene petróleo en Noruega y gas en Países Bajos, pero no cubre, ni mucho menos, sus necesidades.
No es soberana energéticamente y eso la penaliza. Parece de cajón que este intento de relanzar industrialmente Europa debería pasar por las renovables y la industria electrificable, pero las cosas no son tan fáciles, porque esto incorpora un nuevo actor a la tradicional ecuación germano-francesa que ha vertebrado históricamente la Unión Europea. Alemania, pulmón industrial del continente, ha basado la competitividad de su todopoderosa industria en el gas barato de Rusia.
Desde el fin de este suministro –al atacar Moscú a Ucrania en 2022–, la manufactura germana sufre. Francia, siempre peculiar, basa su producción industrial en la energía nuclear. Estos dos países han visto cómo, en los últimos cinco años, el descomunal despliegue de las instalaciones renovables en España ha cambiado el mapa energético del sur del continente. Se ha hecho de una forma discutible que traerá otros problemas en el futuro, sin cuestionar un modelo de negocio basado en el control de unas pocas empresas privadas, sin participación ciudadana y con operaciones que a nadie debería extrañar que acaben como casos de corrupción.
Esto es cierto y va a pesar, porque se está perdiendo una oportunidad de oro de ensayar nuevos modelos energéticos más democráticos. Pero igual de cierto es que, durante los últimos años, España ha producido la electricidad más barata de entre los grandes países europeos, consecuencia directa de una mayor generación renovable (55 por ciento del total, el año pasado). Esta, y no otras consideraciones, son las que han permitido a Madrid tirar del crecimiento europeo para arriba los últimos años.
Es algo que preocupa en Alemania, que ha estado mirando a las musarañas, quién sabe si a la espera de la recuperación del suministro ruso –este debate volverá, más pronto que tarde–. Según una reciente nota de Marc López Plana, bien informado sobre los laberintos europeos, Berlín está presionando para que la nueva Ley de Aceleración Industrial incluya criterios sobre la “proximidad logística al consumidor final” a la hora de financiar y ayudar a la industria. Busca así desincentivar una posible deslocalización de empresas hacia el sur energéticamente más barato. París también mira para abajo con recelo y aprieta para que la ley incluya la energía nuclear entre las “tecnologías estratégicas”.
El apagón registrado por la península hace ahora un año, cuando Portugal y España se quedaron sin electricidad, desató la furia contra las renovables, primeras señaladas. Un año después, todos los informes han descartado esta responsabilidad –de hecho, fallaron más las térmicas y los protocolos desfasados–, y el cierre de Ormuz ha revalorizado todo lo que aporte algo de soberanía energética. Madrid quiere sentarse en la mesa de los mayores, pero no está claro que Berlín y París vayan a permitírselo. No dejará grandes titulares, pero la batalla está servida.
Beñat Zaldua
02 de mayo de 2026 00:01
Berlín, París, Madrid. Gas, nuclear, renovable. La pugna por la base energética de la industria europea del futuro está abierta de par en par y el campo de batalla es, ahora mismo, la Ley de Aceleración Industrial (IAA, por sus siglas en inglés) que se está debatiendo en la Unión Europea. No va a ser una directiva más, va a marcar el terreno de juego del desarrollo económico de las próximas décadas y va a decantar qué zonas y qué sectores lo van a protagonizar.
Esta norma, cuyo borrador presentaron en marzo, tiene múltiples capas de análisis. No van a caber todas aquí, pero son dos las que nos interesan. La primera es la que viene ocupando titulares y tiene como protagonista a China. La iniciativa europea, que también ha sido bautizada como “Ley Made in Europe”, busca revitalizar la deprimida industria europea y quiere, para ello, movilizar ayudas de Estado, financiación y subvenciones largamente demonizadas por la ortodoxia financiera impuesta por Alemania. Eso ya es noticia.
Pero entre las medidas para impulsar las fábricas del continente, Bruselas también ha incluido importantes medidas para defender la producción propia y controlar la inversión extranjera, especialmente la procedente de China, que ya ha amenazado con represalias. Pero si el pulso externo con Pekín se presenta intenso, no lo es menos la soterrada pugna desatada entre socios europeos.
En juego, la matriz energética de la industria del futuro. La IAA, que originalmente se llamaba “Ley aceleradora de la descarbonización”, no deja de ser un intento de combinar dos necesidades urgentes, conciliables en algunos aspectos y territorios, difícilmente compatibles en otros. Hablamos de la reindustrialización europea –con la que Bruselas aspira a recuperar la competitividad pérdida– y la transición energética que un día Europa aspiró a liderar.
Esta última llega a modo de mandamiento por la crisis climática, que exige dejar atrás los combustibles fósiles, pero también, conviene no llamarse a engaño, porque en el mundo que se está dibujando, la dependencia energética se paga muy cara. Europa tiene petróleo en Noruega y gas en Países Bajos, pero no cubre, ni mucho menos, sus necesidades.
No es soberana energéticamente y eso la penaliza. Parece de cajón que este intento de relanzar industrialmente Europa debería pasar por las renovables y la industria electrificable, pero las cosas no son tan fáciles, porque esto incorpora un nuevo actor a la tradicional ecuación germano-francesa que ha vertebrado históricamente la Unión Europea. Alemania, pulmón industrial del continente, ha basado la competitividad de su todopoderosa industria en el gas barato de Rusia.
Desde el fin de este suministro –al atacar Moscú a Ucrania en 2022–, la manufactura germana sufre. Francia, siempre peculiar, basa su producción industrial en la energía nuclear. Estos dos países han visto cómo, en los últimos cinco años, el descomunal despliegue de las instalaciones renovables en España ha cambiado el mapa energético del sur del continente. Se ha hecho de una forma discutible que traerá otros problemas en el futuro, sin cuestionar un modelo de negocio basado en el control de unas pocas empresas privadas, sin participación ciudadana y con operaciones que a nadie debería extrañar que acaben como casos de corrupción.
Esto es cierto y va a pesar, porque se está perdiendo una oportunidad de oro de ensayar nuevos modelos energéticos más democráticos. Pero igual de cierto es que, durante los últimos años, España ha producido la electricidad más barata de entre los grandes países europeos, consecuencia directa de una mayor generación renovable (55 por ciento del total, el año pasado). Esta, y no otras consideraciones, son las que han permitido a Madrid tirar del crecimiento europeo para arriba los últimos años.
Es algo que preocupa en Alemania, que ha estado mirando a las musarañas, quién sabe si a la espera de la recuperación del suministro ruso –este debate volverá, más pronto que tarde–. Según una reciente nota de Marc López Plana, bien informado sobre los laberintos europeos, Berlín está presionando para que la nueva Ley de Aceleración Industrial incluya criterios sobre la “proximidad logística al consumidor final” a la hora de financiar y ayudar a la industria. Busca así desincentivar una posible deslocalización de empresas hacia el sur energéticamente más barato. París también mira para abajo con recelo y aprieta para que la ley incluya la energía nuclear entre las “tecnologías estratégicas”.
El apagón registrado por la península hace ahora un año, cuando Portugal y España se quedaron sin electricidad, desató la furia contra las renovables, primeras señaladas. Un año después, todos los informes han descartado esta responsabilidad –de hecho, fallaron más las térmicas y los protocolos desfasados–, y el cierre de Ormuz ha revalorizado todo lo que aporte algo de soberanía energética. Madrid quiere sentarse en la mesa de los mayores, pero no está claro que Berlín y París vayan a permitírselo. No dejará grandes titulares, pero la batalla está servida.
Crisis epocal: el agotamiento del capitalismo global
Coincidimos con Robinson en su idea de que lo único permanente es el cambio y que la ciencia social radical se basa en la identifi cación de contradicciones. Foto Siglo XXI
Foto autor
Gilberto López y Rivas
02 de mayo de 2026 00:03
William I. Robinson, profesor distinguido de sociología y estudios globales e internacionales de la Universidad de California, Santa Barbara, publicó una obra magistral: Crisis epocal: El agotamiento del capitalismo global (Cambridge University Press, 2025), en la que da continuidad a investigaciones de largo alcance contenidas en un libro que reseñé ampliamente en nuestro periódico hace una década. América Latina y el capitalismo global: una perspectiva crítica de la globalización (México, Siglo XXI, 2015).
Tomando en cuenta las inciertas condiciones que vive la humanidad en estos días turbulentos, destaca la vigencia, a pesar del tiempo trascurrido, del llamado de Robinson a los intelectuales a “ejercer una opción preferencial por la mayoría en la sociedad global; intelectuales capaces de proporcionar a las mayorías populares conocimientos teóricos como insumos para luchas por desarrollar relaciones sociales alternativas y una lógica social alternativa en el mundo real”. (https://www.jornada.com.mx/2016/10/14/opinion/021a2pol).
La obra en comento contiene una introducción en la que el autor expone su teoría en torno al agotamiento del capitalismo global, con base en una revisión de los principios esenciales de la economía política marxista, así como cinco capítulos en los que se analizan: 1.- La crisis estructural de sobreacumulación que conlleva la transnacionalización del proceso de producción a través de una integración orgánica mundial de los circuitos del capital. 2.- La crisis de la reproducción social, en la que millones de personas no pueden sobrevivir dada la creciente desintegración social. 3.- La crisis de legitimidad que se expresa en conflictos geopolíticos y en el Estado policiaco global, en los que los mecanismos de dominación se vienen abajo y los grupos dominantes recurren al autoritarismo, la dictadura y el fascismo. 4.- El colapso de la biosfera que se manifiesta en sus dimensiones ecológicas, las cuales ponen en riesgo la existencia misma de la vida en el planeta. 5.- Una reflexión final, con un título muy significativo: hacia el vórtice o la vorágine, por las profundas contradicciones sistémicas, las cuales deben ser enfrentadas con la lucha de clases, ya que es imposible separar la política de esta crisis epocal del capitalismo.
Coincidimos con Robinson en su perspectiva dialéctica de partida basada en la idea de que lo único permanente es el cambio, ya que todo se encuentra en un proceso de emergencia, desarrollo, transformación y, últimamente, la relevancia de algo cualitativamente nuevo, en el que el capitalismo no es la excepción, fundado en tres desarrollos claves: primero, el sistema ha llegado a ser universal a través de un proceso de globalización que data de la última parte del siglo XX. Segundo, el sistema está atravesando una nueva ronda de restructuración y transformación basada sobre todo en una cada vez más avanzada digitalización y financiarización de toda la economía y la sociedad global. Y tercero, el sistema enfrenta una crisis multidimensional sin precedente, que señala el inminente agotamiento de la capacidad de renovación del capitalismo global.
Fundamental para el análisis del capitalismo global es la utilización de lo que el autor denomina economía política radical, como instrumento teórico que va a la raíz de los problemas, identificando la dialéctica del cambio, lo que es nuevo y emergente, sin importar que las formas y las ideas aparezcan como estables y firmes. Totalmente de acuerdo en la posición que sostiene Robinson en cuanto que la ciencia social radical se basa en la identificación de contradicciones. El capitalismo global es conducido por sus contradicciones y la economía política radical no las encubre, sino busca las posibles conexiones entre las mismas. De esta manera, la economía política radical no separa la economía de los procesos políticos, sociales, culturales e ideológicos, tratando de evitar tres falacias ubicadas por el autor.
La primera es no distinguir la esencia subyacente de la apariencia de un fenómeno, en una realidad determinada. La segunda es evitar observar las contradicciones como anomalías, sino como aspectos intrínsecos de la realidad. La tercera es que para desarrollar un argumento deben presentarse datos y contra datos, pero los hechos deben interpretarse en todo momento, tomando en cuenta que éstas interpretaciones se organizan según teorías que no son neutrales con respecto a los intereses de clase vinculados a los fenómenos que nos conciernen, y considerando una posición clave de Robinson que afirma que la mejor ciencia social es aquella que plantea tantas preguntas como intenta responder, e inspira una mayor exploración, al tiempo que genera nuevas ideas en el ámbito académico y político.
No hay duda, esta obra debe ser publicada en castellano, dado su intrínseco valor para interpretar el colapso en curso y los caminos anticapitalistas para evitarlo.
Washington en llamas: tres vidas de una analogía
Foto autor
Maciek Wisniewski
02 de mayo de 2026 00:02
La analogía histórica es una herramienta tan útil como problemática. Cuando hecha bien, está diseñada como un “atajo cognitivo” para orientarnos ante lo nuevo y los desconocido mediante el recurso al pasado. Pero cuando ignora las diferencias y se deja de llevar solamente por las semejanzas superficiales y/o atractivas −a menudo en favor de una agenda o narrativa política conveniente de momento−, trivializa la historia, anula su alteridad y la especificidad de los hechos del pasado afectando nuestras capacidades de entender el presente.
Así, lo que observamos muchas veces no son las “repeticiones de la historia”, sino sus instrumentalizaciones y el caso de la toma y la quema de Washington en 1814 por los británicos (t.ly/Auu5H) −el suceso histórico que de vez en cuando “salta” como una analogía en la discusión pública en EU− es un buen ejemplo.
En los últimos años, este evento ha tenido al menos “tres vidas”, todas −sintomáticamente− en referencia a Trump y al trumpismo. Dos de ellas apenas en la última semana y dos fallidas por su incapacidad de entender la naturaleza de los eventos en cuestión o por su uso superficial y una atinadísima que funcionó bien para desnudar la farsa y la infantilidad detrás del reciente (y no tan reciente) guerrerismo estadunidense.
El más sonado momento fue después del ataque de los trumpistas al Capitolio en 2021, cuando los medios no paraban de decir que este era “el primer ataque al Congreso desde la quema de Washington por los británicos” −¡ejem, ejem!: Lolita Lebrón y su comando boricua (1954) quisieran decir algo…− y los columnistas, tanto liberales como conservadores, se tropezaban sobre sí mismos en trazar las analogías entre este evento y uno de los acordes finales de la −perdida “técnicamente” por EU− guerra anglo-estadunidense de 1812.
Recordemos: agraviado −entre otros− por el cobijo que ofrecía la colonia británica de Canadá a los esclavos fugitivos, el integrado por los esclavistas gobierno estadunidense decidió a invadir a su vecino y −tras triunfos militares iniciales− saqueó y redujo a cenizas la ciudad de York (actual Toronto). Dos años más tarde la suerte se revirtió: los británicos comandados por el almirante George Cockburn navegaron por el río Potomac y tras una escaramuza en el camino tomaron sin oposición la capital de la joven república incendiando el Congreso, la Corte Suprema y la Casa Blanca, no sin antes de disfrutar de la lujosa cena de victoria que Dolley, la esposa del presidente James Madison, ya había preparado para sus tropas.
Aunque evocativa, la analogía entre la quema de 1814 y los disturbios de 2021 representaba un vacío analítico. Se guiaba por las “semejanzas visuales”, la búsqueda de un mejor rating televisivo y estaba puesta al servicio de diferentes agendas: por un lado permitía sobredimensionar el carácter del evento que en realidad era caótico y desorganizado; por el otro, pintarlo como una “agresión foránea” e ignorar sus raíces internas y sistémicas.
Después de un aparente hiato, el martes pasado en uno de los discursos durante su visita oficial en Washington el rey Carlos III, en alusión a la polémica demolición del Ala Este por parte de Trump para construir su nuevo salón de baile −presentado incluso como “una medida de seguridad” tras los incidentes recientes−, recordó “que nosotros, los británicos, también hicimos nuestro propio pequeño intento de remodelación inmobiliaria de la Casa Blanca en 1814” (t.ly/-TmMi), una analogía que a su vez, no buscaba explicar nada de la remodelación de hoy, sino generar una risa cómplice que banalizaba el hecho histórico y evitaba una confrontación política real.
Pero cuando al día siguiente, el congresista demócrata Seth Moulton durante la deposición del Secretario de Guerra Pete Hegseth, comparó la quema de la capital de EU al “bloqueo estadunidense del bloqueo iraní” (sic), dio en el clavo: (Moulton) “Sr. Hegseth, ¿llama usted ‘victoria’ al cierre del Estrecho de Ormuz por parte de Irán?”; (Hegseth) “Diría que el bloqueo que nosotros mantenemos que no permite que nada entre o salga de los puertos iraníes...”; (Moulton) “Bien, así que hemos bloqueado su bloqueo. Eso es como decir ‘¡tú las traes!’, o como si el presidente Madison hubiera dicho ‘los británicos han quemado Washington, pero no se preocupen, nosotros también vamos a quemarlo’”.
Aquí la analogía histórica funcionó a la perfección: capturó la absurdidad de la lógica de la “reciprocidad destructiva” en una guerra de elección iniciada por Trump y su administración sin ningún objetivo estratégico claro y que, después de que Irán no se dobló “en tres días” como pensaban, apostaron sólo a infligir “el máximo daño” (militar, económico) y a ver “qué pasa”. El fantasma de 1814 sirvió aquí para evidenciar la ineptitud, pero también para resaltar algo más.
En 2012, en el bicentenario de la guerra anglo-estadunidense, recordada mucho más en Canadá que en EU, Patrick Cockburn el conocido periodista irlandés y corresponsal en Medio Oriente y… descendiente del oficial que mandó a quemar a Washington, apuntaba que éste muy mal calculado conflicto −Madison creyó que era un buen momento para conquistar Canadá (¿qué tal, Mr. Trump?)− puede ser visto como arquetipo de todas las guerras estadunidenses “de mala concepción y desastrosa ejecución” (t.ly/1M3rh).
Aparentemente fue también de allí que se volvió “tradicional” para los presidentes de EU el negarse a admitir las derrotas militares, por lo que las retiradas suelen llevarse bajo la retórica ritual de que “la intervención ha logrado de alguna manera sus objetivos”. Así fue en caso de Vietnam, Irak o Afganistán y así es y así será con la mal concebida y desastrosa guerra con Irán, por lo que la analogía histórica aquí “funcionó según lo diseñado”.
México SA
Carlos Fernández-Vega
▲ El ex presidente hondureño Juan Orlando Hernández, sentenciado a 45 años de prisión por contribuir al tráfico de más de 400 toneladas de cocaína a Estados Unidos, fue indultado por el presidente Donald Trump y salió de prisión el 2 de diciembre pasado.Foto Ap
Ronald Johnson, jefe de la CIA en México con disfraz de “embajador”, tiene la boca muy grande y los hechos de su propio presidente se la abofetean. Dice el “cazador de narcos” que toda corrupción que facilite el crimen organizado “será investigada y procesada en todos los casos en que aplique la jurisdicción de Estados Unidos”; combatirla, subraya, “es una prioridad” y su gobierno “se ha comprometido a hacer cumplir las leyes y defender el estado de derecho”, algo que, dicho sea de paso, la historia desmiente tajantemente.
Bien, el “diplomático” debería ser más cauteloso, dada la enorme cola que tiene el gobierno estadunidense –la cual crece cotidianamente–, por lo que, en un acto de contrición, debe meter sus palabras en el más recóndito rincón que se le ocurra, toda vez que los hechos lo desmienten, al igual que a su presidente. ¿Por qué? Va un ejemplo, que obviamente el halcón dejó de lado a la hora de “comprometerse” a “combatir al crimen organizado”.
Dice así: “el ex presidente de Honduras Juan Orlando Hernández, condenado en Estados Unidos a 45 años de cárcel por narcotráfico, salió de prisión (2 de diciembre de 2025) tras recibir el indulto del presidente Trump; el indulto y la liberación de Hernández ocurren en medio del despliegue estadunidense en el mar Caribe y el océano Pacífico, una operación que Washington asegura que tiene como objetivo frenar el tráfico de drogas hacia Estados Unidos; según la justicia estadunidense, Hernández (mandatario de 2014 a 2022) facilitó el ingreso al país de cientos de toneladas de drogas y convirtió a Honduras en un narcoestado, pero Trump considera que fue víctima de un ‘montaje’ de su antecesor, Joe Biden, y fue ‘tratado de forma muy dura e injusta’; en marzo de 2024, un jurado de Nueva York lo declaró culpable de haber facilitado el ingreso a Estados Unidos de unas 400 toneladas de cocaína a través de Honduras; según la justicia estadunidense, esos hechos comenzaron en 2004, mucho antes de que Hernández fuera presidente” ( La Jornada, Afp).
Entonces, el halcón Johnson asegura que lo anterior es sinónimo de “hacer cumplir las leyes y defender el estado de derecho”, y muestra nítida del “compromiso” de “combatir toda corrupción que facilite el crimen organizado”, la cual será, según dice, “investigada y procesada en todos los casos en que aplique la jurisdicción de Estados Unidos; es una prioridad”. Pues sí, porque al final de cuentas qué son ¡400 toneladas de cocaína! Un suspiro (bueno, muchas inhalaciones).
Pero el “indulto” no quedó ahí: cuatro meses después (8 de abril de 2026) de que Trump procedió, “una corte de apelaciones de Estados Unidos anuló la condena a 45 años de cárcel por narcotráfico impuesta en 2024 contra el ex presidente hondureño, quien fue acusado y sentenciado por introducir cientos de toneladas de droga a Estados Unidos “en alianza con capos como el mexicano Joaquín El Chapo Guzmán; la corte anuló la condena y ordenó al juez Kevin Castel (clave en la sentencia contra… El Chapo) eliminar por completo los cargos injustamente presentados” ( La Jornada, Afp).
Así es: de un plumazo, Trump dio una muestra fehaciente de lo mucho que le importa “combatir toda corrupción que facilite el crimen organizado”, concretamente el narcotráfico (se insiste: ¡400 toneladas de cocaína!), toda vez que, dice, Juan Orlando Hernández “fue tratado con injusticia y su condena fue una trampa política” (de pasadita, claro está, metió las manos y la billetera en las elecciones hondureñas para imponer a su candidato a la presidencia de ese país, Nasry Asfura).
Por las principales calles de ciudades estadunidenses deambulan miles y miles de adictos en condiciones inhumanas, quienes, entre otros consumos, tuvieron acceso, por la benevolencia de Trump y su pandilla, a la cocaína introducida a ese país por Hernández, un mafioso a quien ahora el magnate ególatra parece haberle asignado algunas “tareas” políticamente desestabilizadoras, especialmente contra México y Colombia.
Como se constata, ése es el alcance del “compromiso prioritario” de Trump, su jefe de estación de la CIA en México y algunos más de su gobierno para “combatir toda corrupción que facilite el crimen organizado”, siempre con el “deber” de hacer cumplir las leyes y defender el estado de derecho”. Y como se menciona, este discurso barato se lo pueden meter en el más recóndito rincón que encuentren.
Las rebanadas del pastel
Quitada de la pena se muestra la agente de la CIA Maru Campos (disfrazada de “gobernadora”), en la creencia que su jefe Johnson ya la sacó de la bronca. Pero es mejor que seleccione vestimenta de moda para presumirla en la cárcel.
X: @cafevega cfvmexico_sa@hotmail.com
