jueves, 7 de mayo de 2026

La patria se defiende.

Foto Afp   Foto autor
Rosa Miriam Elizalde
07 de mayo de 2026 00:02
El primero de mayo de 2026 quedará como una jornada de enorme densidad política para Cuba. Mientras más de 5 millones de personas se movilizaban en todo el país, con más de 600 mil habaneros concentrados frente a la embajada de Estados Unidos en el malecón, la Casa Blanca respondió con una nueva orden ejecutiva contra la isla. Fue una señal. Cuba llenó las calles para afirmar su voluntad de defenderse; Washington contestó endureciendo el cerco.
Foto Luis Castillo
La orden ejecutiva firmada por Donald Trump no es simplemente “más bloqueo”. Su gravedad no está sólo en que congela bienes, impide transacciones y amplía castigos. Reside, sobre todo, en que no se dirige únicamente contra estadunidenses que violen las leyes del bloqueo, sino contra “cualquier persona extranjera” que, a juicio del secretario de Estado o del Tesoro, opere en sectores de la economía cubana o preste apoyo material, financiero o tecnológico al gobierno de Cuba. Es decir, convierte a funcionarios estadunidenses en jueces globales con capacidad para castigar a ciudadanos, empresas y bancos de terceros países por relacionarse con la isla.
La discrecionalidad es el corazón del mecanismo. No hace falta una sentencia ni un delito probado ni una violación cometida dentro de Estados Unidos. Basta con que la burocracia de Washington determine que alguien ha tenido relación económica o institucional con Cuba para activar sanciones. Ése es el verdadero salto: el bloqueo deja de ser política bilateral abusiva y se reafirma como pretensión de jurisdicción mundial. Estados Unidos no sólo sanciona: pretende decidir quién puede comerciar, financiar, invertir o cooperar con la nación caribeña.
Por eso la fecha importa. La orden fue emitida el mismo día en que Cuba demostraba músculo político, organización social y capacidad de movilización. El mensaje de la Casa Blanca fue transparente: frente a la calle cubana, más castigo; frente a la soberanía, más presión; frente a la resistencia, más asfixia económica.
Horas después, Trump completó el cuadro con una intervención en Florida en la que afirmó que “tomará el control” de Cuba “casi de inmediato” y que la isla sería su siguiente objetivo después de “terminar” el trabajo en Irán. Añadió que quizá haría detener el portaviones USS Abraham Lincoln a “unas 100 yardas” (91.44 metros) de la costa cubana, hasta que los cubanos dijeran: “muchas gracias, nos rendimos”. La frase no sólo es agresiva: es absurda. Un portaviones de ese tamaño no se coloca a esa distancia de la costa. Sería técnicamente inviable, militarmente irracional y operativamente ridículo.
Pero el problema no es sólo la bravuconería: es la ignorancia con poder. Trump ya había dicho que por Cuba no pasan huracanes, como si desconociera la geografía elemental del Caribe. También afirmó que no le importaba que un buque ruso llevara petróleo a la isla porque “la gente necesita calefacción”, confundiendo la realidad energética cubana con la de países de invierno continental. Ahora imagina un portaviones estacionado a un palmo del malecón. La acumulación de disparates revela que se amenaza alegremente a un país que ni siquiera se conoce.
El primero de mayo mostró dos imágenes opuestas. En La Habana y en toda Cuba, un pueblo movilizado bajo la consigna “La patria se defiende”. En Washington y Florida, un poder que responde con sanciones y fantasías de rendición. Pero cuando se amenaza a una nación que no se conoce, el error no es sólo político, es estratégico.
Cuba es una sociedad organizada, con memoria histórica, con experiencia en resistir bajo duras presiones y con clara disposición a defender su soberanía. Pensar que una aventura bélica sería rápida o indolora es una peligrosa subestimación de la realidad. Lo que Trump imagina como trámite que le reportará el gesto canalla del “muchas gracias, nos rendimos”, en la práctica podría convertirse en conflicto imprevisible, costoso y cualquier otra cosa, menos un “paseo” por el Caribe.

Fidel como teórico-político: dos lecturas
Fidel Castro, líder de la Revolución Cubana y referente político internacional. 
Foto tomada de la página web misiones.cubaminrex.cu   Foto autor
Jaime Ortega*
07 de mayo de 2026 00:04
El centenario de Fidel Castro obliga a dimensionar las múltiples facetas de un personaje que ni sus más enconados adversarios pueden eludir como figura central del derrotero de la segunda mitad del siglo XX. Si bien en Cuba existe una creciente publicación de artículos y libros que evocan aspectos de su vida o personalidad, es notable la ausencia de aproximaciones que contribuyan a pensar su adscripción dentro de un campo teórico–político más amplio.
Es bien sabido que existe una longeva polémica sobre el momento en el que Fidel se adhiere a ideas marxistas, tensionando la veta entre el socialismo como horizonte político, a la liberación nacional como escenario central del drama social y las formas nacional–revolucionarias o republicanas radicales como mecanismo táctico.
Como sea que se le considere, lo cierto es que han sido pocas las caracterizaciones y aproximaciones a su pensamiento, más allá de aportes puntuales. Pienso, por ejemplo, en el vínculo estratégico que Fidel tuvo con la ganadería, que ha sido desarrollado por Reinaldo Funes.
Por ello es preciso mirar desde otro mirador, pues como decía Louis Althusser, la teorización política no siempre se encuentra en tratados y más bien aparece en “estado práctico”. El caso de Fidel parece corroborar plenamente esto: el gris de las aulas universitarias donde se lee “teoría” no permite dimensionar el verde olivo de la cualidad política.
Es por ello que en esta ocasión queremos evocar dos lecturas en clave teórico–política: la que hizo el triunvirato de Mirta Aguirre, Isabel Monal y Dania García y publicado en 1980 bajo el título El leninismo en la historia me absolverá y la que ejerció Marta Harnecker en La estrategia política de Fidel. Ambos documentos hacen parte ya de un ejercicio de relectura de la práctica teórica de Fidel, donde ya no es solo un líder popular, sino el forjador de lo que Debray llamó “un leninismo apresurado” y el poeta haitiano Depestre colocó así: “Camarada Lenin/ la en Cuba la leyenda de tu regreso lleva/ una gran bara negra”. Sobre la presencia de Fidel con la poesía habrá que explayarse después.
Aguirre, Monal y García ejercieron una tensión sobre el famoso discurso de defensa que Fidel redactó en la cárcel y posteriormente se volvió uno de los libros más editados en nuestro continente. Ahí, bajo el auspicio de una concepción del leninismo como una lectura de las condiciones concretas de la coyuntura, el conjunto del texto elabora una concepción a partir de la figura de Lenin y del paso del momento “nacional–liberador” al socialista. Ello les permitió, además, releer La historia me absolverá más allá del canon republicano y mirar, por ejemplo, que las demandas contenidas en el discurso poco operaban en una realidad que orillaba a una transición socialista si querían ser vigentes. Igualmente, con Lenin como compañero de ruta y no como modelo a calcar, las autoras demarcaban la categorización del sujeto político actuante en el discurso de Fidel: el pueblo. Esto resultaba importante pues habilitó una gran coalición política que sustentó el proceso revolucionario.
Por su parte, la chilena Harnecker comienza su libro deslindando la capacidad del líder como estratega militar y su posición como estratega político. Es de esto último que trata el libro en cuestión: presentar la capacidad de emplazamiento de hegemonía, de construcción de alianzas, de relectura de la coyuntura y no sólo de su virtud en el campo de batalla. Lo que la pensadora chilena mira a partir de la narración conocida del derrotero del líder es la capacidad de articulación de fuerzas políticas. Al igual que otros en la época, la autora piensa que “Fidel ha sido el máximo exponente del leninismo en nuestro continente”. 
Esto es así no porque este haya leído o “aplicado” la teoría política del conductor de la revolución soviética, sino porque construyó las condiciones para lograr hacer confluir a diversas fuerzas sociales mediante consignas, programas y alianzas, colocándolas en un escenario que obligaba, poco a poco, a tomar las decisiones cruciales para lograr los objetivos, sin preocuparse por la “pureza revolucionaria abstracta”. 
Es cierto que falta mucho para que en las aulas latinoamericanas Fidel pase de ser el polémico personaje histórico al motivador de una reflexión política de largo alcance. Sin embargo, ello no impide que señalemos aquí el adelanto fundamental: las aproximaciones aquí expuestas, con sus diferencias, muestran un Fidel constructor de hegemonía política al amparo de la noción de pueblo y alianzas amplias. Esto no como manual o receta, sino como capacidad de tomar el pulso tanto a los deseos populares como a los procesos de ampliación de la conciencia. Ambos en un marco de disputa de horizonte de sentido del vínculo entre nación y revolución y que hoy son clave para reimaginar los horizontes de la liberación nacional, tan urgente en tiempos de ofensiva imperial e ignominioso vasallaje oligárquico.
*Investigador UAM

Hechos y percepciones para que haya desarrollo
Orlando Delgado Selley
La información sobre el desempeño de la economía nacional en el primer trimestre del año resultó decepcionante: el PIB decreció 0.8 por ciento. Para el gobierno federal hay tres razones que explican ese desempeño, dos externas y una interna. Las externas fueron un entorno internacional más incierto que el esperado y las políticas comerciales de Trump; la interna fue una debilidad generalizada en los tres sectores de la economía: primario, secundario y terciario. Las razones externas no son novedosas. Están presentes desde hace tiempo y, sin duda, persistirán en los próximos meses.
La debilidad generalizada de la economía tiene que ver con que la industria, en particular la manufactura, ha sido afectada por el desempeño de la economía estadunidense, que creció en el primer trimestre menos de lo esperado, lo que se explica porque el gasto de los consumidores estadunidenses se está conteniendo ante la incertidumbre generada por la guerra con Irán y por el incremento de la inflación. Hacia adelante, todo parece indicar que estos factores permanecerán, de modo que nuestras exportaciones hacia su industria no crecerán lo suficiente para impulsar nuestra economía.
Por esto, si el gobierno de México realmente se propone alcanzar la meta de crecimiento prevista de 2.3 por ciento, la inversión pública tiene que crecer sustancial y rápidamente. El sector privado lo tiene claro: “El desempeño económico dependerá de los proyectos de infraestructura del gobierno federal”, dijo el director de BBVA. Si el gobierno es capaz de ejecutar sus planes de infraestructura, habrá contratos con empresas privadas, la demanda de crédito podría aumentar, los bancos prestarían los recursos y, en ese momento, la inversión privada repuntaría. Como siempre, los privados advierten que para que este ciclo se dé es necesario que se “fortalezca la confianza del sector privado”. En consecuencia, condicionan sus decisiones de inversión a que haya “confianza”.
Los banqueros y otros empresarios indican que esta confianza se conseguiría si se resuelven incertidumbres sobre reglas y procedimientos institucionales. Estas incertidumbres se explican por percepciones, no por hechos económicos que cuestionen la viabilidad y rentabilidad de sus inversiones. Percepciones sobre la situación política y económica y sobre los riesgos del país. No se trata de información sobre la situación financiera de sus empresas. Para los grandes empresarios, para los banqueros, pese a que la economía crece muy poco y se mantiene estable, las utilidades que generan sus empresas fluyen y son muy razonables.
Y cuando se trata de percepciones las cosas se complican. El tema no es novedoso. Keynes, en la Teoría general, habló de los espíritus animales, refiriéndose a un resorte que impulsa la acción económica, en lugar de la quietud. Los empresarios invierten no por una previsión matemática que confirma sus ganancias futuras, sino por las esperanzas con que miran al futuro. Nuestros grandes empresarios parecen actuar al revés: aunque sus inversiones están seguras, generando altas tasas de rendimiento, insisten en que el entorno institucional debe darles certidumbre.
Claramente, el entorno institucional nacional no genera incertidumbre. La incertidumbre está fuera del país. Los espíritus animales de los grandes empresarios mexicanos no los llevan a arriesgar, sino a exigir seguridades que el gobierno ha atendido. El gobierno de la 4T ha presentado el Plan México y el Plan de Inversión en Infraestructura para el Desarrollo con Bienestar y en ellos la inversión privada ocupa un lugar fundamental. El gobierno dedicará 5.6 billones de pesos que operarán con inversiones privadas en proyectos mixtos.
La estrategia del gobierno está sustentada en la hipótesis de que, si la propuesta gubernamental está bien planteada y se ejecuta eficientemente, los capitales privados responderán y cumplirán las condiciones para que no solamente crezca la economía, sino que lo haga de manera incluyente. Porque lo que pretende la 4T es lograr desarrollo con bienestar. Desarrollo que no puede conseguirse cuando el crecimiento es mediocre, como el que hemos tenido durante varios lustros.
La economía mexicana está en una situación de semiestancamiento de la que no podemos salir. Se ha confiado en que, con un marco normativo claro, habiendo limitado la corrupción y con instrumentos para que las inversiones mixtas fluyan, como la Oficina Presidencial para la Promoción de Inversiones, crecerá la formación bruta de capital. Las hipótesis optimistas no se han cumplido en el pasado y probablemente en esta ocasión tampoco se corroborarán. Por eso el Estado debe empujar sus proyectos, no esperar a los privados. Se trata, otra vez, de que el Estado asuma su función de verdadero rector del desarrollo.
odselley@gmail.com