domingo, 21 de junio de 2026

Redes sociales benefician a los neobancos para captar ahorro.

Aventajan a la banca tradicional
Revela estudio del BIS las nuevas dinámicas por las que los clientes deciden invertir su dinero
▲ Las personas reciben en su celular opciones para mejorar el rendimiento de su dinero.Foto Afp
Julio Gutiérrez
Periódico La Jornada   Domingo 21 de junio de 2026, p. 13
La velocidad con la que circula la información por medio de las plataformas digitales ha modificado la forma en la que los bancos compiten por captar depósitos. Lo que antes requería campañas publicitarias millonarias o una amplia red de sucursales, hoy puede comenzar con una simple publicación que muestre qué institución paga más por el dinero de los ahorradores.
Un nuevo estudio realizado por el Banco de Pagos Internacionales (BIS, por sus siglas en inglés) encontró que las redes sociales facilitan que los usuarios comparen rendimientos, busquen alternativas y trasladen sus recursos con una facilidad sin precedente, lo que ha incrementado la competencia entre las instituciones financieras por atraer y retener ahorro.
El fenómeno es especialmente visible entre los bancos digitales o neobancos, que se ven obligados a ajustar con mayor rapidez las tasas que ofrecen a sus clientes para evitar la salida de depósitos cuando otras instituciones presentan mejores rendimientos, señala el informe “La digitalización de la banca y las redes sociales: implicaciones para la fijación de precios de los depósitos”.
Cabe destacar que, aunque el fenómeno de la digitalización es global, los hallazgos de la institución financiera internacional se basan en un análisis profundo del mercado de Estados Unidos. Mediante el seguimiento de datos por condado, los investigadores lograron documentar cómo la intensidad de la conversación digital en comunidades específicas impacta directamente en la velocidad con la que los ahorradores mueven su capital de un banco a otro.
Velocidad de reacción
Los investigadores encontraron que los bancos digitales suelen ofrecer rendimientos más altos que las financieras tradicionales, especialmente en productos de ahorro y depósitos a plazo. La diferencia, explican, obedece a que sus clientes son más sensibles a los cambios en las tasas y tienen menos obstáculos para mover su dinero hacia una alternativa más rentable.
El estudio señala que ese comportamiento se intensifica en las regiones con una mayor actividad en ambientes de Internet .
En el caso específico de Estados Unidos, en comunidades en las que hay más publicaciones, los denominados neobancos no sólo pagan más por captar recursos, sino que reaccionan con mayor rapidez cuando cambian las tasas de interés fijadas por los bancos centrales, una señal de que la información viaja más rápido y los ahorradores responden con mayor velocidad. De acuerdo con el BIS, un aumento de 100 puntos base en las tasas de referencia se traduce en incrementos más pronunciados en la remuneración que ofrecen los bancos digitales frente a las instituciones tradicionales.
En algunos productos de ahorro a plazo –los que pagan mejores rendimientos– estas empresas terminan por trasladar a sus clientes casi todo el incremento de las tasas de mercado, lo que resulta una muestra de la creciente presión que enfrentan para retener los recursos de sus ahorradores.
La información mueve dinero
El estudio precisa que, durante años, los bancos centrales han utilizado las tasas de interés como una de sus principales herramientas para influir en la economía. Cuando las elevan, buscan encarecer el crédito y fomentar el ahorro; cuando las reducen, intentan estimular el consumo y la inversión.
Sin embargo, el BIS plantea que la digitalización de los servicios financieros y el auge de las redes sociales han modificado la velocidad con la que esas decisiones llegan a los ahorradores; en otras palabras, la política monetaria ya no sólo depende de los movimientos de los bancos centrales, sino también de qué tan rápido circula la información entre los usuarios.
Los investigadores encontraron que los bancos digitales ajustan con mayor rapidez los rendimientos que ofrecen cuando cambian las tasas de referencia. Mientras los tradicionales suelen trasladar esos movimientos de forma gradual, los neobancos reaccionan con mayor agilidad ante el riesgo de que sus clientes encuentren mejores opciones y decidan mover su dinero.
“Las tasas de depósito de los bancos digitales son más altas y reaccionan a mayor prontitud a los cambios en las tasas de interés. Además, ofrecen mayores rendimientos y reaccionan con más fuerza a los cambios en las tasas en las regiones con mayor actividad en redes sociales”, señalan los autores del estudio.
La sucursal pierde terreno
La transformación no sólo se refleja en las tasas que pagan los bancos por el ahorro, pues también ha modificado una de las ventajas históricas de la banca tradicional: la cercanía física con los clientes.
De acuerdo con el BIS, las financieras con amplias redes de sucursales solían contar con una mayor capacidad para retener depósitos gracias a la relación que construyen con sus usuarios y a la presencia que mantienen en los mercados donde operan. Pero la digitalización cambió esa dinámica, ya que las instituciones que operan por medio de plataformas en línea dependen menos de la relación presencial y más de la capacidad para ofrecer productos competitivos.
Como resultado, aclara, sus clientes muestran una mayor disposición a comparar alternativas y trasladar su dinero cuando encuentran mejores condiciones.
Los autores del estudio sostienen que esta diferencia explica por qué los bancos digitales suelen reaccionar con mayor rapidez a los cambios en las tasas de interés y pagan rendimientos más altos que las instituciones tradicionales, especialmente en los productos de ahorro que ofrecen una mayor remuneración.
“Una elevada actividad en redes sociales está asociada con una transmisión más rápida de los cambios en las tasas de interés por parte de los bancos digitales”, indica el estudio del BIS.

La inteligencia artificial aumenta los riesgos en el sistema financiero
Los reguladores no tienen capacidad plena de supervisar: Bdem
Insta al sector o a mantener el control de las ventajas de la nueva tecnología
Braulio Carbajal
Periódico La Jornada   Domingo 21 de junio de 2026, p. 12
El Banco de México advirtió que la expansión de la inteligencia artificial (IA) en el sistema financiero trae consigo riesgos debido a que los reguladores aún no tienen capacidad plena de supervisar, y que en ciertos escenarios podría amplificar, en lugar de amortiguar, episodios de crisis.
En un análisis, el banco central destacó que uno de los riesgos más relevantes es que varias instituciones financieras utilicen los mismos modelos de IA, lo que podría provocar que reaccionen de manera idéntica ante una crisis.
Explicó que si todos los bancos venden los mismos activos al mismo tiempo porque sus sistemas así lo indican, las caídas de precios se aceleraría y la liquidez se agotaría justo cuando más se necesita.
El reporte recuerda el desplome de los mercados financieros el lunes 19 de octubre de 1987, que desencadenó una crisis global. En aquella ocasión, el uso de estrategias automatizadas para negociar acciones contribuyeron a que el índice Dow Jones perdiera cerca de 23 por ciento en un solo día.
A eso se suma, indicó, que los modelos de IA más utilizados por los bancos funcionan como cajas negras; es decir, toman decisiones que ni las propias instituciones pueden explicar con claridad. El reporte ilustra el problema con el caso de un banco alemán que rechazó una tarjeta de crédito a un cliente con buen historial crediticio sin que el banco ni el afectado pudieran entender los motivos.
La autoridad financiera europea sancionó a esa institución con 300 mil euros por falta de transparencia. Para el BdeM, este tipo de opacidad complica el trabajo de auditores y reguladores, y puede derivar en exclusiones injustificadas de ciertos grupos de la población.
También advierte sobre el peso creciente de las empresas vinculadas a la IA en los mercados bursátiles del orbe.
Actualmente representan cerca de 45 por ciento de la capitalización del S&P 500, sostenidas por expectativas de crecimiento que podrían no materializarse.
El banco central traza un paralelo con la burbuja puntocom, al señalar que cuando esas expectativas colapsaron a principios de los años 2000, el índice Nasdaq cayó 77 por ciento, con efectos que se extendieron a la economía global de manera significativa.
En México, el reporte señala que la amenaza es la generación de contenido falso, el cual ha derivado en fraudes financieros que afectan la confianza de los usuarios en el sistema. Al respecto, destacó que los casos en América del Norte crecieron mil 740 por ciento entre 2022 y 2023, de acuerdo con el Foro Económico Mundial.
La consultora Deloitte estima que las pérdidas por este tipo de fraudes podrían alcanzar 40 mil millones de dólares en Estados Unidos hacia 2027.
Ante este panorama, el BdeM señala que autoridades y empresas financieras deben fortalecer sus herramientas de supervisión y desarrollar capacidades para identificar riesgos emergentes antes de que se propaguen.
Además, el banco central afirma que continuará dando seguimiento a estos desarrollos tecnológicos “con el fin de contribuir a la identificación temprana de riesgos y al diseño de respuestas oportunas”.

Por el bien de todos, primero los profes… también
Foto Jair Cabrera Torres   Foto autor
Fernando Buen Abad Domínguez*
21 de junio de 2026 00:01
En la lucha histórica de la Coordinadora Nacional de Trabajadores de la Educación (CNTE) se cultiva uno de los laboratorios semióticos de combate más fecundos de la historia contemporánea mexicana porque exhibe, con singular nitidez, la disputa material por la producción de sentido en una sociedad atravesada por los peores antagonismos estructurales del capitalismo. No se trata únicamente de una confrontación gremial, ni de una secuencia caprichosa de demandas salariales o administrativas. Lo que emerge en cada movilización, en cada plantón, en cada asamblea, en cada consigna y en cada acto de resistencia organizada es una batalla por la significación social del trabajo educativo, por la legitimidad de las formas democráticas de representación colectiva y por la capacidad de los sectores populares para convertirse en sujetos conscientes de su propia historia. Allí donde los aparatos ideológicos dominantes procuran reducir la experiencia política a la obediencia electoral periódica o a la aceptación pasiva de decisiones verticales, la práctica de la CNTE instala una pedagogía social de la deliberación, de la crítica y de la acción colectiva. 
Bajo el capitalismo se producen sistemas simbólicos destinados a naturalizar las relaciones de poder vigentes. Las clases dominantes requieren que sus intereses particulares aparezcan revestidos de universalidad. Para ello despliegan maquinarias de narrativas, imágenes, categorías y rituales cuyo propósito consiste en transformar relaciones históricas y contradictorias en supuestas evidencias inmutables. La educación, la escuela, los medios de comunicación, ciertas burocracias sindicales, los dispositivos publicitarios y numerosos mecanismos institucionales participan en esa elaboración permanente de consensos. La lucha de la CNTE adquiere relevancia semiótica porque interrumpe esa circulación aparentemente armónica de significados y revela las tensiones ocultas bajo la superficie de la normalidad. 
Uno de los aportes más significativos radica en la recuperación del cuerpo colectivo como signo político. Frente a la fragmentación individualista promovida por la racionalidad mercantil, las concentraciones masivas, las marchas y los campamentos producen una gramática visible de la solidaridad. Miles de trabajadores reunidos en un mismo espacio transforman su presencia física en una declaración semántica de enorme potencia. El cuerpo aislado expresa vulnerabilidad; el cuerpo organizado comunica fuerza histórica. 
Cada contingente que ocupa una plaza pública modifica el paisaje simbólico de la ciudad y cuestiona la distribución habitual de los lugares sociales. El espacio deja de ser una mercancía administrada por el poder para convertirse en territorio de deliberación popular. La experiencia organizativa de la Coordinadora también ilumina la dimensión semiótica de la democracia. La diferencia no es meramente procedimental. Allí se enfrentan dos modelos de significación. En uno, la palabra circula desde arriba hacia abajo y busca consolidar jerarquías. En el otro, la palabra emerge del debate, de la confrontación argumentativa y de la elaboración colectiva. 
Y las campañas mediáticas dirigidas contra la CNTE ofrecen, por contraste, una enseñanza perniciosa. Con frecuencia, los grandes consorcios informativos construyen marcos narrativos orientados a presentar la protesta social como perturbación, peligro, atraso o amenaza. La atención se concentra en afectaciones viales, molestias circunstanciales o episodios aislados, mientras permanecen invisibilizadas las condiciones estructurales que originan el conflicto. Esta operación constituye un ejemplo clásico de control semiótico: se desplaza el foco desde las causas hacia los efectos, desde las relaciones de explotación hacia las incomodidades superficiales que la resistencia genera. El resultado buscado consiste en desactivar la empatía social y remplazar el análisis por la reacción emocional inmediata. 
Sin embargo, toda hegemonía simbólica enfrenta límites cuando las contradicciones materiales adquieren suficiente intensidad. Las narrativas oficiales pueden modelar percepciones durante cierto tiempo, aunque encuentran obstáculos crecientes cuando amplios sectores experimentan directamente las consecuencias de la precarización laboral, la desigualdad educativa y el deterioro de los servicios públicos. La lucha organizada funciona entonces como instancia de verificación colectiva. La experiencia concreta somete a prueba los discursos dominantes. Allí donde la propaganda proclama armonía, la realidad exhibe antagonismos. 
Allí donde se promete prosperidad generalizada, emergen evidencias de concentración de riqueza y exclusión social. La defensa de la educación pública posee además una densidad semiótica excepcional porque involucra la disputa por la producción futura de subjetividades. Educar nunca ha sido una actividad neutral. Toda pedagogía transmite visiones del mundo, criterios éticos, horizontes culturales y formas específicas de comprender la convivencia humana. Cuando los trabajadores de la educación intervienen políticamente en defensa de condiciones dignas para enseñar y aprender, están disputando simultáneamente el significado social del conocimiento. 
Así la CNTE enseña que ningún signo es inocente, que ninguna representación carece de intereses históricos y que toda palabra relevante se encuentra inserta en relaciones concretas de fuerza. Enseña también que la democracia auténtica exige sujetos capaces de interpretar críticamente los mensajes que reciben y de producir sentidos alternativos desde su propia experiencia organizada. Cada asamblea, cada documento colectivo, cada movilización y cada gesto de solidaridad constituyen actos de producción simbólica que amplían la capacidad popular para nombrar el mundo desde perspectivas emancipadoras. 
Y la mayor lección semiótica de esta trayectoria radica en demostrar que la conciencia colectiva no nace de abstracciones académicas aisladas de la realidad viva. Surge del trabajo, del conflicto, de la reflexión compartida y de la práctica transformadora. Allí donde el charrismo promueve pasividad, delegación y dependencia, la organización democrática impulsa interpretación crítica, responsabilidad colectiva y protagonismo histórico. La disputa por el sentido se convierte así en disputa por el poder de comprender, por el derecho a narrar la propia experiencia y por la posibilidad de construir una sociedad donde la dignidad humana prevalezca sobre todas las formas de dominación. En esa convergencia entre educación, organización y conciencia histórica se encuentra una de las contribuciones más profundas de la lucha magisterial mexicana al patrimonio intelectual de los pueblos. 
*Doctor en filosofía

Valentín Campa en campaña, medio siglo después
Foto Cuartoscuro   Foto autor
Jaime Ortega*
21 de junio de 2026 00:03
En la forma en la que se recuerdan momentos claves de la historia también se trazan las concepciones sobre el presente y, en no pocas ocasiones, las aspiraciones de futuro. En buena parte de la intelectualidad mexicana, el año 1976 es evocado como aquel en el que un proceso electoral no tuvo más que un solo candidato: José López Portillo. Esta referencia, casi de un lugar común compartido por historiadores progresistas como por maquiladores de documentales de contenido neoliberal, expresa la ceguera frente a quienes, desde el suelo de la sociedad, y casi siempre reprimidos y perseguidos, colocaron su voluntad y esfuerzo por democratizar a la nación mexicana. 
Aquel fue el año de la elección de un solo candidato, sólo si se omite el sostenido esfuerzo de las y los militantes, que desde distintas fuerzas de izquierda, pero sobre todo del Partido Comunista Mexicano, levantaron contra viento y marea la candidatura de Valentín Campa. Bajo el título “El candidato de los obreros en lucha”, el líder sindical de 62 años, que llevaba en su haber más de cuatro décadas de incansable militancia comunista, se presentó como la alternativa al modelo autoritario del priísmo. No mucho tiempo antes, había recuperado la libertad del último de sus encierros, tras la salvaje represión de López Mateos contra la insurgencia proletaria de 1959. 
Campa era un militante comunista convencido de sus ideas, firme en sus posiciones, inflexible en sus principios. Era, también, un hombre de partido, disciplinado y capaz de modificar sus posiciones si se consideraba, colectivamente, que era preciso hacerlo. Y es que el México de 1976 era abismalmente distinto al nuestro: un sólo partido ganaba por mayoría aplastante, los derechos de otras organizaciones estaban limitados o francamente vetados, la protesta social era reprimida salvajemente. Apenas unos años antes, una minoritaria pero intensa franja de la militancia de izquierda había empuñado las armas en respuesta a la asfixiante condición política. Debilitada y golpeada hacia 1974, la perspectiva armada no era ya una opción real de construcción política y el PCM, que había debatido y sufrido la alborada radical, recompuso con sensibilidad e inteligencia el camino, visualizando que en el área de confrontación política, sólo la lucha democrática era la que interpelaba a las grandes mayorías sociales. 
No era, por cierto, la primera ocasión en que los comunistas concurrían a las elecciones. Sin derechos plenos, el PCM había acompañado la campaña de Lombardo Toledano en 1952 y presentó candidato propio –sin obtener el ansiado reconocimiento legal– en 1958 con Miguel Mendoza López como su candidato, y con un mayor éxito en 1964 con Ramón Danzós Palomino. Sólo en 1970 se decidió decididamente por la promoción abierta de la abstención, tras la media noche represiva asociada al año 1968. Sin embargo, a diferencia de las concurrencias electorales pasadas, la de Campa en 1976 fue la que logró una mayor visibilidad. Los comunistas tuvieron que aprender a hacer algo que la realidad extralegal del país les impedía: presentarse en público, exponer sus ideas, transmitir su horizonte de futuro, es decir, ser una fuerza nacional.
Pese al menosprecio que la versión académica muestra hacia los miles de personas militantes de aquellas organizaciones, su presencia es innegable en la formación de una cultura política progresista y su contribución a la democratización de la vida colectiva. Fue la candidatura de Valentín Campa la expresión de aquel deseo profundo, que mostraba tanto la clásica experiencia de la búsqueda proletaria por la autodeterminación, como los nuevos aires que extendía hacia horizontes vastos del tiempo histórico la necesaria ampliación de derechos y libertades. 
La campaña de 1976 dejó dignas experiencias; la más importante para aquella fuerza política era la prueba de fuego de que el comunismo era una fuerza nacional, con derecho propio a ser considerada entre la ciudadanía. Pero también, la certeza de que no era por medio de concepciones anacrónicas de vanguardismo autoconferido (que el PCM rechazaba desde la década de 1960) ni mediante la acción de minorías audaces o violentas, que el cambio democrático se podía lograr. Era la acción colectiva de masas, que convocaba al conjunto de la sociedad, la llave para la democratización. Y esta era una visión revolucionaria de la vieja idea de la república burguesa, porque para los comunistas, la democracia no era recambio de élites, sino autodeterminación de la sociedad. 
La campaña de 1976 obligó a los comunistas a ponerse a tono con la demanda de la sociedad: entender el lugar de las mujeres, de los niños, de los religiosos y del ejército. En buena medida, aquella gesta adelanta en destellos lo que programáticamente se logrará en el 19 congreso, que es sin duda la máxima conquista conceptual de las izquierdas del siglo XX. Una visión al mismo tiempo revolucionaria, socialista pero profundamente democrática. 
*Investigador UAM