sábado, 22 de diciembre de 2018

Acteal: pendiente histórico.

Hoy se conmemora un aniversario más de la masacre de Acteal, cuando paramilitares reclutados y entrenados por las fuerzas armadas y autoridades priístas atacaron con armas largas a unos 350 indígenas tzotziles integrantes del grupo civil pacifista Las Abejas, que en ese momento rezaban en la explanada del paraje del municipio de Chenalhó que dio nombre a este episodio. Los atacantes, quienes actuaron bajo la mirada impasible de elementos policiacos, asesinaron a 45 personas, entre las que se encontraban niños y mujeres embarazadas.
La masacre no fue producto, como sostuvo entonces la versión oficial, de los presuntos y reales conflictos intercomunitarios entre simpatizantes del Partido Revolucionario Institucional y las bases de apoyo del Ejército Zapatista de Liberación Nacional, sino de un crimen de lesa humanidad concertado en las más altas esferas del poder político, como se ha demostrado de manera plena y reiterada. Es también un crimen de Estado por cuanto existió tanto complicidad como omisión por parte de éste, antes, durante y después de los hechos de violencia.
A más de dos décadas, la justicia se encuentra incluso más lejana que al principio. Hasta la fecha, los asesinos intelectuales gozan de un manto de impunidad tal que ni siquiera se han iniciado las debidas investigaciones para establecer sus responsabilidades. Por su parte, los responsables materiales originalmente encarcelados se encuentran hoy en libertad merced a una serie de resoluciones emitidas por la Suprema Corte de Justicia de la Nación entre agosto de 2009 y abril de 2013. La liberación de los perpetradores de la masacre fue empujada, debe recordarse, por una intensa campaña legal y mediática que desde 2007 emprendieron varios intelectuales y el Centro de Investigación y Docencia Económicas.
No es posible exagerar la urgencia de esclarecer los hechos de Acteal: tanto por las dimensiones y la gravedad del crimen mismo, como por el alto perfil de los responsables y la vigencia del paramilitarismo en la región –a causa, en parte, de la impunidad con que se saldó la masacre–; lo sucedido el lunes 22 de diciembre de 1997 debiera estar en el centro de la agenda pública como un asunto que toca a la legitimidad y la credibilidad del Estado. Está claro que en México no podrá hablarse de la prevalencia de la justicia mientras ésta no reivindique a las víctimas de Acteal.

La pluralidad mexicana
José M. Murià
Hasta hace poco tenía entendido que en México se hablan 53 lenguas originarias de esta tierra, lo cual significa una riqueza cultural enorme que, desgraciadamente, no hemos aprovechado del todo.
Sabemos, incluso, que algunas han desaparecido para siempre, lo cual equivale a una pérdida enorme. De ello habla con dolor aquel poema de Miguel León-Portilla titulado Cuando se muere una lengua.
Pues bien, en el pasado III Encuentro de Literatura en Lenguas Originarias de América, llevado a cabo en la reciente FIL de Guadalajara, aprendí que son 67… No creo que hayan nacido tantos idiomas desde que pasé por las aulas. Es más probable que, simplemente, no las hayamos sabido contar bien, con lo cual se exhibe el lamentable desconocimiento que padecemos de nosotros mismos, basado primordialmente en el centralismo de que adolece, aún, a pesar de todo, la cultura mexicana.
A ello quisiera agregar la experiencia del viejo pata de perro que esto escribe, quien ha recorrido muchos caminos por toda la República y se ha dado cuenta clara de que la famosa lengua nacional, a pesar de la homologación televisiva y de otros medios, tiene aún enormes diferencias fonéticas y semánticas, muchas de ellas debidas precisamente a los idiomas indígenas, que casi nos llevan a hablar de varias lenguas nacionales.
Entre la gente culta, viajada o de postín la pluralidad se le nota menos, pero, al visitar pueblos y ciudades, quien se apersone en las cantinas baratas comprobará lo que le digo de manera palmaria.
Ya sé que es un lugar común hablar del mosaico mexicano, a pesar de lo cual parece haber gente en el uso del poder que se da el lujo de ignorarlo o simplemente soslayarlo.
¡Claro que aceptamos el sustrato común de mexicanos, aunque a muchos encopetados les moleste la convivencia y, más aún, la identificación con quienes no son de un código postal de su categoría! Pero hay que tener claro que la fuerza de la unidad la debemos forjar nosotros con base precisamente en el respeto de la pluralidad, de otro modo ésta acaba convirtiéndose en una causa de división y pérdida de energía.
Si la Cuarta Transformación, cuya necesidad se ha vuelto imperiosa después de tres décadas o más de neoporfiriato –prueba de ello es el gran éxito que alcanzó en las urnas el pasado primero de julio– no toma en cuenta la pluralidad regional mexicana, difícilmente podrá avanzar con preceptos democráticos, y ello resulta también indispensable para alcanzar los objetivos que se han propuesto.
Pero no cabe duda de que tiene a uno de sus peores enemigos en el feroz centralismo que padecen muchos de los hombres y de las mujeres a quienes se ha convocado para llevarla a cabo.
El hecho de que el pasado gobierno federal haya solapado la pillería de algunos gobernadores, aprovechándose de ella por cierto, ha contribuido a un descrédito general del llamado federalismo, pero ello no implica que deba hacerse caso omiso de la evidente e inevitable, a la vez que prometedora, pluralidad de los mexicanos.