jueves, 8 de abril de 2021

¿Cambia Brasil su política exterior?

Emir Sader
Los seis nuevos ministros del gobierno de Jair Bolsonaro finalmente asumieron. En ceremonias cerradas, sin medios y sin mayor participación de personas del gobierno. Un caso llamó la atención: la presencia de un presidente de un partido del Centrao (gran centro), que responde por graves procesos por corrupción. Pero el gobierno corrigió el desliz: le sacó de la foto oficial, al estilo estalinista.
El cambio políticamente más importante fue la salida del exótico ahora ex ministro de Relaciones Exteriores Ernesto Araujo. Mientras el gobierno le busca un cargo –con la dificultad de que una embajada supondría el apoyo del Senado, él difícilmente obtendría–, se hizo un discurso que, en las palabras, por lo menos, representaría un importante cambio en la política exterior brasileña.
El nuevo canciller de Brasil, Carlos Alberto Franco França, nunca había dirigido una embajada, ha trabajado siempre en el sector ceremonial del Itamaraty –incluso en el gobierno de Dilma ­Rousseff–, estando recientemente en la embajada brasileña en Bolivia. Su lenguaje ha causado gran impacto, por las diferencias con el discurso terraplanista del ex canciller.
França identificó tres prioridades para su gestión: pandemia, economía y medio ambiente.
Ha definido su mandato como un compromiso con la diplomacia de la salud, para buscar vacunas disponibles. Se comprometió a que Brasil participará de la cooperación internacional, al contrario de Araujo, quien se enorgullecía del aislamiento de Brasil en el mundo, llegando a hacer la apología de su situación de paria internacional.
Brasil tendría que preocuparse de la urgencia climática, teniendo que estar a la vanguardia del desarrollo sostenible. Es esa línea de continuidad que nos cabe actualizar a cada generación, precisó sobre los cambios en la política exterior del país.
Reconoció la importancia de los foros internacionales: El consenso multilateral bien trabajado es expresión también de la soberanía nacional. Habló incluso de apostar por el diálogo como método diplomático.
Argentina fue el único país mencionado en el discurso de toma de posesión del nuevo canciller brasileño: Los acuerdos nucleares de Brasil con Argentina, por ejemplo, que ya tienen más de tres décadas, son símbolo del predominio de la cooperación sobre la rivalidad.
El discurso fue considerado una pieza muy hábil de diplomacia, muy cerca del estilo pragmático del Itamaraty y que responde a las presiones del gobierno de Joe Biden. A ver si los actos se corresponden con las palabras del nuevo canciller. En el gobierno debe tener conflictos con el ministro de Medio Ambiente, Ricardo Salles, de los pocos remanentes del ala considerada ideológica dentro del gobierno.
En caso de implementar realmente lo que está contenido en su discurso de asunción, sería el principal cambio en las políticas del gobierno Bolsonaro hasta aqui. Fue muy bien recibido en el Congreso, por lo empresarios y hasta en sectores de la oposición.

¿Nueva guerra fría?
Ángel Guerra Cabrera / II Y Final
El gobierno de Joe Biden está resultando por ahora una continuidad del de Trump en algunas cuestiones fundamentales de su política exterior. Durante la administración del magnate inmobiliario, las relaciones con China sufrieron gran deterioro a consecuencia de la guerra comercial desencadenada contra Pekín, bajo la tramposa denominación de sanciones. Sin embargo, en la retórica en relación con China y Rusia y, en algunas acciones concretas, vemos un endurecimiento del gobierno de Biden en comparación con el de Trump. Es cierto que el ex senador hizo que Estados Unidos (EU) regresara al Acuerdo de París sobre el clima, una promesa de campaña, y estuvo de acuerdo con la propuesta rusa de prorrogar el tratado New Start, dos pasos positivos. El primero, una contribución a la salud del planeta, cuya magnitud dependerá del grado de compromiso a que EU esté dispuesto a llegar en la reducción de gases de efecto invernadero, de los que es el máximo emisor mundial en relación con su población; el segundo, un indudable aporte a la paz mundial al regular los arsenales estratégicos de ambas grandes potencias nucleares y propiciar un aflojamiento de la (alta) tensión internacional.
La presidencia de Biden, es cierto, recién se inicia, y enfrenta gravísimos problemas económicos y políticos internos, como el secular racismo estructural, la sensible caída del nivel de vida de la población en las décadas neoliberales, el deterioro acumulado de la infraestructura, el saldo trágico de una pandemia pésimamente gestionada y la imparable crisis migratoria en la frontera con México. Este cúmulo de asuntos pendientes podría explicar que no haya abordado todavía algunos temas de política exterior y revertido medidas extremas tomadas por su antecesor, como el reforzamiento salvaje de los bloqueos a Venezuela, Cuba, Irán, Siria y Corea del Norte, que califican de crímenes de lesa humanidad y contribuyen a agravar la tensión internacional.
Pero arguyendo problemas internos no puede dilatar por mucho tiempo el abordaje de estos y otros temas internacionales si, como constantemente proclama, se propone continuar ejerciendo un liderazgo internacional. A menos que intente conseguirlo por la fuerza, y ya no puede hacerlo, como era su costumbre hasta no hace tanto, sin pagar un alto precio. Precisamente, el problema principal de EU es su crisis de hegemonía, y lo más recomendable sería que cambiara la fuerza por el diálogo como forma de evitar que la crisis se acelere y profundice rápidamente.
Pero no parece ser esa la dirección escogida, pues la administración de Biden ha hecho suyas algunas de las políticas agresivas de su antecesor. Ergo, el secretario de Estado Blinken está de acuerdo en la actitud más firme tomada por Trump hacia China, y aunque está en gran desacuerdo en cómo lo hizo en distintas áreas, cree que la base era la correcta. Hasta coincidió en una audiencia senatorial con la descocada calificación de genocidio de su antecesor Pompeo a la supuesta represión de China en la provincia de Xinjian. En algunos temas la administración de Biden parecería tender a exacerbar las políticas anteriores. Es el caso de Ucrania, donde el presidente de EU expresó recién a su homólogo ucranio el apoyo inquebrantable ante la agresión rusa; también la abierta injerencia en los asuntos internos de Moscú al adoptar sanciones contra funcionarios rusos por el llamado caso Navalny y contra países que adquieren sistemas antiaéreos rusos S-400. No se diga su entrometimiento en el gigante asiático, al recalentar más los conflictos por Hong Kong, Taiwán y el Tíbet, territorios sobre los que Washington dice y hace como si no fueran parte de China. EU, además, no tiene moral para erigirse en campeón de los derechos humanos cuando los vulnera constantemente en su territorio.
En una cuestión como el tratado nuclear con Irán, roto por Trump y que Biden se comprometió a restablecer, Washington se ha resistido a levantar el castigo económico a Teherán como paso previo a su reingreso. Más aún, pretende imponer medidas lesivas a la defensa de Irán como condición previa.
Es obvio que la Unión Europea y Reino Unido no defendieron en serio el tratado nuclear al retirarse EU, además de que comparten gran parte de sus políticas respecto a Rusia y China. Tampoco han sido enérgicos ante una brutal violación estadunidense del derecho internacional, como es el reconocimiento de Jerusalén como capital del Estado sionista, actitud que será mantenida por Biden, lo que se erigirá en serio obstáculo a cualquier posibilidad de alcanzar una solución política del conflicto palestino-israelí. En estas actitudes europeas y británicas también se configura un escenario semejante al de la guerra fría. Sobre este tema hay mucho más que argumentar. Lo haremos pronto, pero nuestra siguiente entrega ha de centrarse en las elecciones del próximo domingo en Ecuador y Perú.
Twitter: @aguerraguerra