jueves, 18 de junio de 2026

Fed inicia la era de Warsh dejando las tasas sin cambios, a entre 3.50 y 3.75%

El presidente de la Reserva Federal de EU, Kevin Warsh, durante una conferencia en Washington DC, el 17 de junio de 2026. Foto Afp   Foto autor
Afp y Reuters
17 de junio de 2026 12:30
Washington. La Reserva Federal de Estados Unidos mantuvo como se esperaba sus tasas de interés en la primera reunión de política monetaria presidida por Kevin Warsh, pero sugirió que una subida podría decidirse de aquí a fin de año.
Nueve de los 19 responsables a cargo de la política monetaria del banco central creen ahora que será necesario subir la tasa de interés oficial este año, según las previsiones publicadas este miércoles, cuando la Fed anunció su decisión de mantener las tasas en su rango actual entre 3.50 y 3.75 por ciento.
El banco central actualizó además sus previsiones económicas: ahora espera una inflación anual de 3.6 por ciento en lugar de 2.7 a fin de año, y un PIB en crecimiento de 2.2 por ciento frente al anterior 2.4 proyectado en marzo.
La decisión sobre los tipos de interés se tomó por unanimidad, según un comunicado, algo que no ocurría desde hacía un año.
Las nuevas previsiones trimestrales revelaron que nueve autoridades de la Fed prevén ahora un aumento de las tasas en 2026, y en el comunicado de política monetaria se eliminó la referencia que se había usado para señalar la probabilidad de nuevas reducciones de los costos del crédito en 2026.
De hecho, la declaración, en lo que supone un primer indicio de la influencia del nuevo presidente de la Fed, Kevin Warsh, eliminó por completo cualquier orientación sobre futuros movimientos, con un formato revisado que se limitó a exponer la decisión sobre tasas y reafirmó la intención de la entidad de mantener "reservas abundantes en el sistema bancario".
El documento, más conciso y que supone un retorno a un formato similar al usado por uno de sus predecesores, Alan Greenspan, fue aprobado por unanimidad, con 12 votos a favor y ninguno en contra.
El comunicado mostró otros indicios de la influencia inicial de Warsh en el debate, ahora que asume el cargo tras haber sido nombrado más temprano en el año por el presidente Donald Trump con la expectativa de que lleve a cabo los recortes de tasas que el mandatario ha exigido.
La descripción de la economía abordó cuestiones en las que Warsh ha hecho hincapié, mencionando que "el crecimiento de la productividad y la inversión de capital son sólidos".
Sin embargo, se reconoció que la inflación es "alta en relación con el objetivo de 2 por ciento del Comité", algo que se atribuyó en parte a "las perturbaciones de la oferta que han impulsado el aumento de los precios en determinados sectores, incluida la energía".
Las nuevas previsiones apuntan a una desaceleración pronunciada de la inflación el próximo año.
Warsh tiene previsto celebrar una rueda de prensa a las 18:30 GMT, como colofón a su primera reunión desde que tomó posesión del cargo en sustitución de Jerome Powell el 22 de mayo.
Solo 18 de los 19 responsables de política monetaria presentaron sus previsiones de tasas y, aunque no se puede identificar el "punto" que falta, es de suponer que lo omitió Warsh, quien lleva apenas unas tres semanas en el cargo y se ha mostrado crítico con el Resumen de las Proyecciones Económicas.

Trump defiende acuerdo con Irán en el G7; afirma que evitó catástrofe económica
El presidente estadunidense, Donald Trump, habla durante una conferencia de prensa en la cumbre del G7, el miércoles 17 de junio de 2026, en Evian-les-Bains, Francia. Foto: Ap Foto autor
Reuters
17 de junio de 2026 10:45
Evian. El ⁠presidente estadunidense, Donald Trump, defendió este miércoles el acuerdo de Estados Unidos con ⁠Irán ​en declaraciones ⁠al término de la cumbre del ‌G7 ‌celebrada en Francia, al argumentar que no quería ​una catástrofe ​económica.
"Lo único ​que no ‌quería ver era una catástrofe económica. Si se hubiera seguido por este camino, eso podría haber ‌ocurrido", declaró Trump a los ⁠periodistas.

El extraño origen de las nuevas potencias
Estados Unidos ha perdido una parte de su antiguo impulso económico, y su poder de disuasión militar es cada día más relativo –ni siquiera logró recuperar el estrecho de Ormuz–. 
Foto Ap.  Foto autor
Ilán Semo/ I
18 de junio de 2026 00:01
Afirmar que la actual estructura de poderes que define al equilibrio (o, mejor dicho, al conflictivo desequilibrio) internacional responde al tránsito de un orden unipolar –el solitario dominio que ejerció Estados Unidos después de la desintegración de la Unión Soviética– a una configuración multipolar –la emergencia de China, Rusia, India, entre otros– es, por lo pronto, una petición adelantada de principios. Por una parte, el debilitamiento de la hegemonía global de Washington ha sido un proceso visible y paulatino, si bien aún mantiene su estructura general de dominación. 
Por otra parte, el ascenso de China, Rusia e India es un fenómeno todavía en vías de consolidación. Lo que aquí llamamos “debilitamiento” es un actor que ya no cree en su propio guion; y lo que figuramos como “ascenso” es el ensayo de otros actores que apenas aprenden sus líneas. Y esta zona de indecisión, entre una potencia que está perdiendo su poder –y se niega a reconocerlo– y otras que están emergiendo, ha arrojado, entre otras muchas razones, a una parte sustancial del mundo a un estado de guerra. 
Desde las planicies de Ucrania hasta el estrecho de Ormuz, cientos de millones de habitantes viven hoy bajo la inclemencia de graves conflictos militares. No falta quien especule sobre la proximidad de una conflagración mundial. Al menos, Europa y Japón, cuyas historias están entrecruzadas por la memoria de la fragilidad de la paz, se están preparando para ello. Lo cierto es que nunca antes como hoy (a excepción acaso de la crisis de los misiles en Cuba en 1962) se había escuchado con tanta vehemencia, en el seno de las retóricas presidenciales, la posibilidad de un conflicto nuclear. 
Desde 2022, con el estallido de la guerra de Ucrania, Putin no deja de advertir a Occidente que Rusia haría frente a una amenaza a su régimen actual con dispositivos atómicos. Y, más recientemente, Trump, sin la menor contemplación, se encargó de rearmar su caja de amenazas a Irán con “desaparecer a una civilización entera”. Kubrick lo profetizó en el filme Dr. Strangelove (o cómo aprendí a dejar de preocuparme y amar a la bomba atómica). El temor que impera, desde los años 50, de que un delirio desaforado llegue a la Casa Blanca se hizo, aunque sólo de manera verbal, finalmente realidad. El dilema es que, al menos en esta esfera, el paso del dicho al hecho es temerariamente factible. 
Vista desde una perspectiva histórica, la escena multipolar ha sido la más inestable y explosiva de todas. En el siglo IV aC, lo que designamos como la Hélade estaba compuesta por una multitud de ciudades con aspiraciones imperiales. Nunca dejaron de combatirse las unas a las otras hasta que la antigua Grecia desapareció. Fue Tucidídes el que registró con mayor claridad este colapso. Le siguió Roma. Un poder unipolar que se prolongó durante más de cinco siglos. Debemos a Jesús la filosofía que absorbió y derribó al Imperio romano. Una religión que abolió la esclavitud. Siguió la Edad Media, que los historiadores modernos han pintado como oscura y violenta. En realidad, fue una época feliz, una era sin imperio alguno. A partir del siglo IX, los carolingios intentaron infructuosamente instaurar un imperio único. Los otomanos serían más exitosos. En el siglo XVI, dos imperios se disputarían la hegemonía europea, una situación bipolar: España y el Imperio otomano. Sería Inglaterra la que, hacia fines del siglo XVII, desplazaría a España y dominaría una parte sustancial del mundo hasta principios del siglo XX. La Primera Guerra Mundial, al igual que la Segunda, resultaron de conflictos producidos por un vértigo multipolar, en el que cada potencia tenía aspiraciones hegemónicas. Después, sobrevino la guerra fría: un equilibrio siempre al borde del acantilado entre Estados Unidos y la Unión Soviética. Hoy, después de lo que los historiadores estadunidenses han dado en llamar absurdamente la pax americana –que costó un millón de muertos si se suman sus víctimas en Irak, Siria y Afganistán–, hemos vuelto a una escena que está deviniendo multipolar. 
Estados Unidos ha perdido una parte de su antiguo impulso económico, y su poder de disuasión militar es cada día más relativo –ni siquiera logró recuperar el estrecho de Ormuz–. Además, atraviesa por una crisis política y moral –encarnada en el ascenso del movimiento MAGA– que está socavando seriamente su imagen como un arquetipo de sociedad paradigmática. Pero lo que asombra en realidad es, sin duda, el paradójico origen de las nuevas potencias en puerta. 
Hace tan sólo cuatro décadas, India y China eran países rurales, en los que una parte sustancial de la población sufría de miseria extrema y escasez. Su pasado reunía una herencia difícil de tramitar: una colonia inglesa y un país azotado por el opio, un narcoestado, la invasión japonesa –que cobró las vidas de más de 20 millones de chinos– y una guerra civil que culminó en una revolución. Rusia, por su parte, después de la desintegración soviética, enfrentaba prácticamente una crisis de orden existencial. 
¿Cómo es que cada una de estas tres naciones, siguiendo vías propias e irreductibles, lograron situarse con tal celeridad en la antesala de las grandes potencias?