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Ignacio Ramonet
14 de agosto de 2026 00:04
Lo primero que llamaba la atención en Fidel Castro no era su uniforme ni su estatura ni su barba, ni siquiera su elocuencia.
Era su curiosidad. Tras largas horas de conversaciones para nuestro libro Fidel Castro: biografía a dos voces, o Cien horas con Fidel, cuando todos los demás estábamos agotados, él seguía formulando preguntas, buscando aclaraciones, hurgando en detalles históricos o científicos con energía intacta. A menudo he pensado que ése era el secreto de su longevidad política: antes que un hombre de poder, Fidel era un hombre de conocimiento.
A lo largo de mi carrera periodística, he tenido la oportunidad de conocer a importantes jefes de Estado, dirigentes políticos, intelectuales y líderes que dejaron huella en su época. Pocos de ellos, sin embargo, me impresionaron tanto como Fidel Castro.
No me refiero aquí al mito, tan a menudo cultivado por sus admiradores como por sus adversarios. Hablo del hombre, del ser humano al que tuve el privilegio de conocer de cerca durante muchos años, de interrogar durante incontables horas y observar con detalle mientras razonaba en voz alta, reconstruía episodios históricos hasta el más mínimo detalle y articulaba hechos de apariencia insignificante con amplia perspectiva geopolítica.
Sus mecanismos cerebrales impresionaban. Poseía una memoria prodigiosa. Pero más notable aún era, insisto, su curiosidad intelectual, la cual se mantuvo intacta hasta el final de sus días. Nada de lo que concernía al mundo le era ajeno.
Estas conversaciones con él me enseñaron una lección esencial: para comprender a Fidel, había siempre que mirar más allá de su imagen pública, de su figura mediática. Su vida estuvo entrelazada con la historia de Cuba durante más de medio siglo, pero también reflejó las grandes convulsiones de la segunda mitad del siglo XX: la descolonización, la guerra fría, los movimientos de liberación nacional, la globalización neoliberal, la crisis climática y el consiguiente surgimiento de un mundo más diverso, más multipolar, en el que las antiguas potencias occidentales ya no ostentan el monopolio de la toma de decisiones.
Precisamente, porque Fidel Castro ocupa un lugar tan singular en la historia contemporánea, cualquier nuevo texto sobre él puede parecer, a primera vista, superfluo. ¿Qué más se puede decir sobre un hombre al que ya se le han dedicado tantísimos libros? La respuesta es sencilla: cada época plantea nuevas preguntas al pasado y cada generación reinterpreta a las grandes figuras históricas a la luz de sus propias inquietudes.
En un panorama mediático, en el que a menudo se reduce a Fidel Castro a la condición de ícono adorado o de ogro abominado, propongo optar por un camino más desafiante: captar la complejidad de una vida extraordinaria sin caer en la hagiografía ni en la condena ideológica. Cuando se cumplen, este 13 de agosto de 2026, 100 años del nacimiento de Fidel, este enfoque se ha vuelto esencial.
Durante décadas, la figura del líder de la revolución cubana quedó atrapada en una pugna de relatos. Para algunos, sigue siendo un símbolo de resistencia frente al imperialismo; para otros, encarna todos los excesos del socialismo de Estado. Estas visiones contrapuestas –por muy legítimos que sean los sentimientos que las sustentan– a menudo terminan oscureciendo una realidad histórica mucho más matizada.
La misión del historiador no es avivar pasiones, sino, ante todo, arrojar luz sobre los hechos. Por eso me gustaría aquí recordar que Cuba no puede entenderse al margen de la relación singular que ha mantenido durante más de un siglo con su poderoso vecino: Estados Unidos.
La revolución de 1959 nunca se desarrolló en un entorno normal. Desde el principio, se enfrentó a intentos de desestabilización, a una invasión armada, a un bloqueo económico destinado a prolongarse durante décadas y a una constante confrontación mediática y política. Ninguna evaluación seria de las decisiones del gobierno cubano puede pasar por alto esta realidad, lo cual no significa que todo pueda explicarse –y mucho menos justificarse– mediante presiones externas.
El propio Fidel Castro sabía que toda revolución genera sus propias contradicciones, errores y rigideces. A veces hablaba de esto con una franqueza y una fuerza autocrítica que sorprendía tanto a sus detractores como a sus admiradores. Su ambición no era construir una sociedad perfecta –él sabía que tal cosa no existía–, sino preservar la independencia nacional, requisito fundamental, según él, para cualquier política de justicia social.
Otro aspecto llamativo de su figura era la extraordinaria amplitud de sus horizontes. Su visión trascendía con creces las fronteras de Cuba. África ocupaba un lugar especial en su pensamiento. América Latina y el Caribe constituían su ecosistema geopolítico natural. Asia despertaba cada vez más su interés a medida que hacia allí se desplazaba el centro de gravedad del mundo. Mucho antes de que el término se generalizara, él ya había previsto la emergencia de un Sur global y el advenimiento de un orden internacional multipolar y multicéntrico.
Con la distancia, esa intuición resulta hoy singularmente lúcida. El mundo que se perfila ante nuestros ojos ya no es el que surgió tras el colapso y la implosión de la Unión Soviética. Nuevas potencias se consolidan, los países del Sur global reclaman mayor autonomía, el síncope climático amenaza a la humanidad, las tecnologías ligadas a la inteligencia artificial cambian todas las reglas del juego y el equilibrio de poder internacional atraviesa una profunda restructuración.
Revisitar la figura de Fidel Castro en este contexto no es un ejercicio de nostalgia; es una forma de comprender mejor ciertas dinámicas claves de nuestro presente.
No pretendo convencer al lector de que admire a Fidel Castro. En cambio, le propongo algo más valioso: entenderlo.
Comprender cómo un joven abogado de Santiago de Cuba se convirtió en una de las figuras políticas más influyentes del siglo pasado; comprender cómo una pequeña isla caribeña logró ejercer, a escala mundial, una influencia diplomática y moral muy superior a lo que cabría esperar por su tamaño, y, por último, comprender por qué –casi 10 años después de su fallecimiento– Fidel Castro sigue ocupando un lugar tan singular y tan especial en el imaginario político mundial.
Las grandes figuras históricas son objeto de constante reinterpretación. Las pasiones se aplacan, los archivos se abren y las perspectivas cambian. La historia va ocupando gradualmente el lugar de la controversia. Este proceso es esencial, nos aleja de las vanas polémicas y permite acercarnos a la verdad sin pretender jamás poseerla por completo.
Espero que los lectores recorran esta corta nota con esa misma apertura de espíritu, atentos tanto a los hechos como al contexto. Sobre todo, que piensen en un Fidel Castro profundamente humano: estratega y visionario, a veces obstinado, a menudo audaz e incluso temerario, pero siempre convencido de que los pueblos pueden escribir su propia historia.
Esta convicción, más que ninguna otra, explica probablemente por qué el nombre de Fidel Castro sigue siendo inseparable de los grandes debates sobre soberanía, justicia social e independencia de las naciones.
Al repensar hoy en el comandante de la revolución cubana, con ocasión de su centenario, el lector no se limita a meditar sobre la vida de un líder: se adentra en una época histórica convulsa, cuyos ecos palpitantes siguen moldeando nuestro mundo actual y su futuro.
Ignacio Ramonet
14 de agosto de 2026 00:04
Lo primero que llamaba la atención en Fidel Castro no era su uniforme ni su estatura ni su barba, ni siquiera su elocuencia.
Era su curiosidad. Tras largas horas de conversaciones para nuestro libro Fidel Castro: biografía a dos voces, o Cien horas con Fidel, cuando todos los demás estábamos agotados, él seguía formulando preguntas, buscando aclaraciones, hurgando en detalles históricos o científicos con energía intacta. A menudo he pensado que ése era el secreto de su longevidad política: antes que un hombre de poder, Fidel era un hombre de conocimiento.
A lo largo de mi carrera periodística, he tenido la oportunidad de conocer a importantes jefes de Estado, dirigentes políticos, intelectuales y líderes que dejaron huella en su época. Pocos de ellos, sin embargo, me impresionaron tanto como Fidel Castro.
No me refiero aquí al mito, tan a menudo cultivado por sus admiradores como por sus adversarios. Hablo del hombre, del ser humano al que tuve el privilegio de conocer de cerca durante muchos años, de interrogar durante incontables horas y observar con detalle mientras razonaba en voz alta, reconstruía episodios históricos hasta el más mínimo detalle y articulaba hechos de apariencia insignificante con amplia perspectiva geopolítica.
Sus mecanismos cerebrales impresionaban. Poseía una memoria prodigiosa. Pero más notable aún era, insisto, su curiosidad intelectual, la cual se mantuvo intacta hasta el final de sus días. Nada de lo que concernía al mundo le era ajeno.
Estas conversaciones con él me enseñaron una lección esencial: para comprender a Fidel, había siempre que mirar más allá de su imagen pública, de su figura mediática. Su vida estuvo entrelazada con la historia de Cuba durante más de medio siglo, pero también reflejó las grandes convulsiones de la segunda mitad del siglo XX: la descolonización, la guerra fría, los movimientos de liberación nacional, la globalización neoliberal, la crisis climática y el consiguiente surgimiento de un mundo más diverso, más multipolar, en el que las antiguas potencias occidentales ya no ostentan el monopolio de la toma de decisiones.
Precisamente, porque Fidel Castro ocupa un lugar tan singular en la historia contemporánea, cualquier nuevo texto sobre él puede parecer, a primera vista, superfluo. ¿Qué más se puede decir sobre un hombre al que ya se le han dedicado tantísimos libros? La respuesta es sencilla: cada época plantea nuevas preguntas al pasado y cada generación reinterpreta a las grandes figuras históricas a la luz de sus propias inquietudes.
En un panorama mediático, en el que a menudo se reduce a Fidel Castro a la condición de ícono adorado o de ogro abominado, propongo optar por un camino más desafiante: captar la complejidad de una vida extraordinaria sin caer en la hagiografía ni en la condena ideológica. Cuando se cumplen, este 13 de agosto de 2026, 100 años del nacimiento de Fidel, este enfoque se ha vuelto esencial.
Durante décadas, la figura del líder de la revolución cubana quedó atrapada en una pugna de relatos. Para algunos, sigue siendo un símbolo de resistencia frente al imperialismo; para otros, encarna todos los excesos del socialismo de Estado. Estas visiones contrapuestas –por muy legítimos que sean los sentimientos que las sustentan– a menudo terminan oscureciendo una realidad histórica mucho más matizada.
La misión del historiador no es avivar pasiones, sino, ante todo, arrojar luz sobre los hechos. Por eso me gustaría aquí recordar que Cuba no puede entenderse al margen de la relación singular que ha mantenido durante más de un siglo con su poderoso vecino: Estados Unidos.
La revolución de 1959 nunca se desarrolló en un entorno normal. Desde el principio, se enfrentó a intentos de desestabilización, a una invasión armada, a un bloqueo económico destinado a prolongarse durante décadas y a una constante confrontación mediática y política. Ninguna evaluación seria de las decisiones del gobierno cubano puede pasar por alto esta realidad, lo cual no significa que todo pueda explicarse –y mucho menos justificarse– mediante presiones externas.
El propio Fidel Castro sabía que toda revolución genera sus propias contradicciones, errores y rigideces. A veces hablaba de esto con una franqueza y una fuerza autocrítica que sorprendía tanto a sus detractores como a sus admiradores. Su ambición no era construir una sociedad perfecta –él sabía que tal cosa no existía–, sino preservar la independencia nacional, requisito fundamental, según él, para cualquier política de justicia social.
Otro aspecto llamativo de su figura era la extraordinaria amplitud de sus horizontes. Su visión trascendía con creces las fronteras de Cuba. África ocupaba un lugar especial en su pensamiento. América Latina y el Caribe constituían su ecosistema geopolítico natural. Asia despertaba cada vez más su interés a medida que hacia allí se desplazaba el centro de gravedad del mundo. Mucho antes de que el término se generalizara, él ya había previsto la emergencia de un Sur global y el advenimiento de un orden internacional multipolar y multicéntrico.
Con la distancia, esa intuición resulta hoy singularmente lúcida. El mundo que se perfila ante nuestros ojos ya no es el que surgió tras el colapso y la implosión de la Unión Soviética. Nuevas potencias se consolidan, los países del Sur global reclaman mayor autonomía, el síncope climático amenaza a la humanidad, las tecnologías ligadas a la inteligencia artificial cambian todas las reglas del juego y el equilibrio de poder internacional atraviesa una profunda restructuración.
Revisitar la figura de Fidel Castro en este contexto no es un ejercicio de nostalgia; es una forma de comprender mejor ciertas dinámicas claves de nuestro presente.
No pretendo convencer al lector de que admire a Fidel Castro. En cambio, le propongo algo más valioso: entenderlo.
Comprender cómo un joven abogado de Santiago de Cuba se convirtió en una de las figuras políticas más influyentes del siglo pasado; comprender cómo una pequeña isla caribeña logró ejercer, a escala mundial, una influencia diplomática y moral muy superior a lo que cabría esperar por su tamaño, y, por último, comprender por qué –casi 10 años después de su fallecimiento– Fidel Castro sigue ocupando un lugar tan singular y tan especial en el imaginario político mundial.
Las grandes figuras históricas son objeto de constante reinterpretación. Las pasiones se aplacan, los archivos se abren y las perspectivas cambian. La historia va ocupando gradualmente el lugar de la controversia. Este proceso es esencial, nos aleja de las vanas polémicas y permite acercarnos a la verdad sin pretender jamás poseerla por completo.
Espero que los lectores recorran esta corta nota con esa misma apertura de espíritu, atentos tanto a los hechos como al contexto. Sobre todo, que piensen en un Fidel Castro profundamente humano: estratega y visionario, a veces obstinado, a menudo audaz e incluso temerario, pero siempre convencido de que los pueblos pueden escribir su propia historia.
Esta convicción, más que ninguna otra, explica probablemente por qué el nombre de Fidel Castro sigue siendo inseparable de los grandes debates sobre soberanía, justicia social e independencia de las naciones.
Al repensar hoy en el comandante de la revolución cubana, con ocasión de su centenario, el lector no se limita a meditar sobre la vida de un líder: se adentra en una época histórica convulsa, cuyos ecos palpitantes siguen moldeando nuestro mundo actual y su futuro.
Fidel no es de Cuba, “es de todos los revolucionarios del mundo”
Recordar al comandante es definirnos como “permanentes luchadores” contra todas las injusticias, resalta Díaz-Canel // En medio de una calurosa ovación, reaparece Raúl Castro
▲ Más de 5 mil 500 personas se reunieron en el teatro Carlos Marx para conmemorar con un acto cultural el centenario del natalicio de Fidel Castro.Foto Afp
Luis Hernández Navarro Enviado
Periódico La Jornada Viernes 14 de agosto de 2026, p. 19
La Habana., En eso llegó Raúl, el general Raúl Castro Ruz. Y comenzó la diversión. Vilipendiado y atacado desde Miami de la manera más pedestre, con sus 95 años de edad sobre los hombros, se presentó a la celebración del centenario del nacimiento de su hermano Fidel, vestido de verde olivo y, de pie, recibió una calurosa y prolongada ovación.
Allí estaban también el presidente Miguel Díaz-Canel (único orador en un acto esencialmente cultural), el comandante del ejército rebelde José Ramón Machado, la vieja guardia personal de Fidel, la viuda del comandante, Dalia Soto del Valle, importantísimos generales y oficiales con sus uniformes y su marcialidad, y la dirigencia política vestida con guayaberas blancas.
Tantos mandos militares y políticos juntos en un mismo lugar hizo inevitable recordar las reflexiones de Fidel del 22 de diciembre de 1975, en la clausura del primer congreso del Partido Comunista Cubano justo en este mismo teatro. En aquella ocasión habló sobre lo que sucedería si los enemigos de la revolución bombardearan ese recinto. Insistió entonces en la enorme cantidad de dirigentes que el proceso tenía para garantizar la continuidad en caso de que algo así aconteciera. “Cualquiera que lee historias de la Agencia Central de Inteligencia (CIA, por sus siglas en inglés) sabe que no son exageraciones”, expresó entonces. “Pero hemos tomado todas las medidas porque era necesario proteger por todos los medios este congreso”.
En su mensaje, el mandatario isleño señaló: “Fidel no es sólo de Cuba. Es de todos los revolucionarios del mundo que admiran su obra y comparten sus ideas. Es de toda la humanidad”. Añadió: “ser fidelista no es profesar una fe ciega. Es una honorable actitud ante la vida. Es definirnos como permanentes luchadores antimperialistas y contra todas las injusticias del mundo”.
Una y otra vez, las 5 mil 500 almas congregadas en el teatro Carlos Marx para clausurar los trabajos del primer coloquio Fidel: legado y futuro, y celebrar un siglo del nacimiento del comandante Castro corearon: “¡yo soy Fidel!, ¡yo soy Fidel!, ¡yo soy Fidel!”
Así lo hicieron, reiteradamente, durante los últimos tres días. Fue, sin lugar a dudas, uno de los gritos más repetidos, seguido de: “¡petróleo para Cuba!”
La consigna “¡yo soy Fidel!” tiene una larga historia detrás. Cuando falleció el fundador de la Cuba socialista en noviembre de 2016 se repitió, con dolor y respeto, en calles y plazas públicas, escuelas y centros de trabajo, reafirmando la vigencia de su ideario y su conducta. A casi 10 años de esa fecha se sigue haciendo como homenaje.
Curiosa ironía que esto suceda en un país en el que hay una ley que prohíbe nombrar Fidel Castro a plazas, calles y lugares públicos, o levantar estatuas con su esfinge, como él mismo pidió que se hiciera. Y en el que, sin embargo, su nombre se aparece una y otra vez en conversaciones públicas, invocaciones de sus enemigos y hasta en ¡chistes! antigubernamentales.
En sus exequias en la ciudad de Santiago, donde sus cenizas fueron sepultadas, su hermano Raúl explicó a la multitud congregada para darle el último adiós: “el líder de la revolución rechazaba cualquier manifestación de culto a la personalidad y fue consecuente con esa actitud hasta las últimas horas de su vida”.
El Carlos Marx es el teatro más grande de la Antilla. Ayer no cabía allí nadie más. En sus orígenes se llamó primero Blanquita y luego Charles Chaplin. Desde diciembre de 1975 fue bautizado con el nombre del autor de El capital.
Inmediatamente después del discurso del presidente Díaz-Canel, en un acto que a algunos pareció demasiado heterodoxo, la compañía de teatro infantil Colmenita, acompañada de artistas, científicos, deportistas y los Cinco Héroes (que fueron apresados en Estados Unidos en septiembre de 1998 porque, para contrarrestar las acciones contra la isla, se infiltraron en las bandas terroristas que operaban desde Miami) montó un espectáculo muy conmovedor. Allí, alrededor de una historia sobre excursionismo, contaron y cantaron partes de la biografía de Fidel como la importancia de la cooperación, la ciencia y el liderazgo para construir otro mundo.
La compañía está integrada por un grupo de niños que han puesto en escena lo mismo Aura, de Carlos Fuentes, que obras de clásicos como Shakespeare y Tirso de Molina. Monta sus obras en barrios de la capital y otras provincias. Ha actuado en los cerros de Caracas y en El Salvador. Entre sus objetivos están el de “contribuir a fomentar valores humanos mediante la creación artística y vincular la actuación teatral en los escenarios con el trabajo comunitario en los lugares más diversos del país”. Sí, como decía José Martí: “la enseñanza debe ser sabrosa y útil”, el aprendizaje que se desprende de la puesta en escena de La Colmenita tiene para dar y recibir.
El tema del excursionismo no es anecdótico. Para una parte de la niñez y juventud cubana es esencial. Según cuentan la matemática María Teresa Grillo, del Movimiento Cubano de Excursiones, y la graduada de derecho Gabriela Newhall, “cuando la vida pesa, siempre sale la frase: ‘lo que nos hace falta es un montecito’”.
Una forma específica de ese movimiento que suspira por el montecito y busca conocer lugares donde prima la gestión colectiva, ha sido bautizada como “las guerrillas”.
Su principal motivación “no es sólo por tomar un descanso de la vida cotidiana –explican–. Allí dejamos el individualismo. Somos un colectivo donde el problema de uno se vuelve el de todos. Donde sólo se logra funcionar trabajando en colectivo. Todos llevamos el mismo módulo de comida y participamos en los grupos de cocina. La vanguardia marca el paso y va guiando. La retaguardia nunca deja que nadie vaya detrás de ella. Te permite sentir que haces cosas que parecen imposibles. Ya se tiene pensado que nos organicemos para lograr lo mismo en la vida que tenemos hoy”.
De manera que los mensajes que mandaron ayer los niños teatreros de La Colmenita, entre los que incluyeron las palabras de un viejo indígena chiapaneco: “cada cual es tan pequeño como el miedo que siente y tan grande como el enemigo que elige”... Cuba es tan pequeña como el poco miedo que siente... y es tan enorme como el gigantesco enemigo que ha elegido, en un acto de locura tropical que la humanidad entera debería agradecer”.
Los 100 años de Fidel se celebraron en medio de dos grandes zonas de turbulencia. Por un lado, de pequeños grandes cambios en la forma en la que la gente enfrenta, en el día al día, el estrechamiento del bloqueo. Porque la vida en Cuba es hoy muy diferente a cómo fue inmediatamente después de la orden ejecutiva del 29 de enero de 2026 que bloqueó el ingreso de combustibles. Seis meses más tarde, la gente de a pie se ha adaptado a los sufrimientos y penurias. Si alguien creía que bloqueando se produciría un cambio de régimen a partir del salvaje castigo infligido por Washington, puede seguir esperando. La capacidad de resiliencia popular es sorprendente.
Por el otro, están las 176 transformaciones económico-sociales, agrupadas en 23 ejes temáticos, que anticipan un cambio estructural. El debate sobre sus efectos dentro del campo revolucionario es rico e intenso. En la izquierda se reflexiona sobre si las reformas permitirán relanzar efectivamente la economía o si desnaturalizarán el modelo socialista, polarizando a la sociedad. En palabras de Díaz-Canel pronunciadas ayer: “¿cómo cambiar lo que deba ser cambiado sin darle comida al yanqui?”
Así pues, el siglo del comandante Castro está atravesado por esa discusión y, simultáneamente, ese debate impacta las consideraciones sobre el legado del organizador del asalto al Cuartel Moncada.
El coloquio que ayer culminó y su clausura en el teatro Carlos Marx dejan en claro el significado de la figura y el pensamiento de Fidel Castro para parte de la izquierda en el mundo. En un momento de ascenso de las ultraderechas, derrotas electorales y culturales del progresismo latinoamericano, desnaturalización y colapso de los movimientos anticoloniales en África, de los genocidios abiertos contra Palestina y en cámara lenta hacia la isla, hay izquierdas que ven en Fidel una herramienta central para organizar su lucha y otras que prefieren guardar silencio sobre ese legado.
Ayer, en Cuba, fue un día de fiesta. Así se demostró en el teatro Carlos Marx y en tantos lugares más. Como dice Nelson Valdés en su canción-homenaje Tus cien, interpretada para cerrar la ceremonia de clausura: “Abre la puerta y ven / Sube a la plaza, ven / a celebrar tus cien / Sube a la plaza, ven / a devolverte el cariño”. Ese cariño se desbordó el día de hoy.
Visita a México del cardenal Parolin: mensajes cifrados
El secretario de Estado del Vaticano, el cardenal Pietro Parolin, oficia una misa en la Basílica de Guadalupe durante su visita a la Ciudad de México el 5 de agosto de 2026.
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Simón Vargas Aguilar*
14 de agosto de 2026 00:01
La visita del principal colaborador del papa León XIV a México, el cardenal Pietro Parolin, secretario de Estado Vaticano, quien estuvo del 4 al 6 de agosto en nuestro país, formó parte de la conmemoración por el 34 aniversario del restablecimiento de las relaciones diplomáticas con la Santa Sede, pero además bajo el contexto actual también puede leerse como un recordatorio de que vivimos un momento complejo y que la capacidad para escuchar voces independientes y la profundidad de la crisis de violencia que atraviesa el país son variables que definirán futuros encuentros.
Parolin se reunió con la presidenta Claudia Sheinbaum Pardo, con la secretaria de Gobernación, Rosa Icela Rodríguez Velázquez, y con el canciller Roberto Velasco Álvarez; en esos encuentros institucionales se reiteró la invitación formal para que el papa León XIV visite México y aunque la insistencia presidencial es notoria, la respuesta diplomática es clara: la visita papal se ve cada vez más lejana.
Cualquier eventual viaje a territorio mexicano deberá esperar, al menos, a que pasen los procesos electorales intermedios de 2027 porque, aunque no hay una norma expresa que lo impida por parte del Vaticano, sí opera una no escrita de prudencia política; lo anterior, con la finalidad de prevenir cualquier interpretación de favoritismo o intromisión en el debate público del Estado anfitrión.
Entre los temas que se abordaron en la visita del cardenal estuvo la divulgación de la primera encíclica del papa León XIV, Magnifica Humanitas, donde se insiste en la custodia y preservación de la persona humana en la era de la inteligencia artificial y aunque hay un claro énfasis en el tema tecnológico, también podría leerse como una advertencia sobre el riesgo de “defender” la dignidad humana en el discurso, mientras la realidad ha mostrado un aumento en las desapariciones, las fosas clandestinas, secuestros, ejecuciones y violaciones.
Y es que conviene destacar que uno de los momentos de mayor sensibilidad fue la misa en la Basílica de Guadalupe; allí el cardenal Parolin ofreció un mensaje de solidaridad y aliento a las madres buscadoras; además hizo mención sobre el clima de violencia que marca y tiene en alto riesgo a tantas comunidades.
También habló de la necesidad de pacificación de los pueblos, de reconciliación entre hermanos y de que toda la sociedad necesita el mensaje del Evangelio; y es que en un país que registra más de 130 mil personas desaparecidas y no localizadas estas palabras son el reconocimiento, desde la Iglesia católica, del dolor de miles de familias que buscan a sus hijos mientras los diferentes niveles de gobierno responden con registros incompletos y una narrativa que continúa insistiendo en carpetas de investigación y acciones que no llegan a dar los resultados deseados.
Parolin también sostuvo una reunión con representantes del Diálogo Nacional por la Paz, espacio en el que participan líderes religiosos, académicos, empresarios, sociedad civil y, por supuesto, madres que buscan a sus hijos desaparecidos; lo anterior, aunado a la reunión con el Consejo de Presidencia de la Conferencia del Episcopado Mexicano, mostró la voluntad de la Santa Sede de escuchar y acompañar los esfuerzos de la Iglesia mexicana y de la sociedad civil por reconstruir el tejido social, pero además envió un mensaje claro: la paz se construye escuchando a quienes cargan con el costo real de la violencia y la impunidad.
Habrá que reconocer que desde hace años la Iglesia católica ha mantenido diferencias crecientes con el gobierno actual, lo que al inicio pudo parecer distancia institucional se ha convertido en una oposición que ha decidido levantar la voz. La Iglesia ha insistido en que la estrategia de seguridad ha fallado, que las desapariciones han aumentado, que los sacerdotes asesinados y las comunidades amedrentadas no pueden seguirse relativizando, y que el tejido social no se reconstruye con discursos, mientras el crimen organizado mantiene control territorial en amplias regiones del país.
Aunque estas diferencias no son nuevas, sí se han vuelto cada vez más evidentes, y podríamos advertir, que han quedado patentes en el Vaticano; basta con el hecho de que su secretario de Estado dedique tiempo y mensaje a las madres buscadoras y al Diálogo por la Paz, y no a celebrar logros gubernamentales.
La visita de Parolin deja muchas vertientes que analizar, entre ellas, por un lado, se mantiene la forma diplomática y se habla de coincidencias en inteligencia artificial y en la búsqueda de paz; por el otro, el contenido real de los mensajes y de las reuniones apunta hacia un diagnóstico que el gobierno prefiere no asumir plenamente: la violencia no es un problema residual ni un asunto de percepción, es una herida abierta que sigue produciendo nuevas víctimas, mientras se intenta controlar el relato.
La presencia del cardenal secretario de Estado pone en el centro del diálogo una esperanza que nos impulsa a continuar exigiendo una verdadera responsabilidad por parte de las instancias correspondientes.
*Consultor en temas de seguridad, inteligencia, educación, religión, justicia y política.
